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TRAIDORES

TRAIDORES Muerte al traidor (no hay otro destino posible) sus hazañas de callejero indómito terminan (mal) los recuerdos de ganador se marchitan. En los últimos segundos en los que la agonía marca el pulso intenta pedir perdón pero no hay clemencia para el que traiciona no hay ley para el desleal sólo un destino oscur

TRAIDORES

TRAIDORES

Muerte al traidor

(no hay otro destino posible) 

sus hazañas de callejero indómito terminan (mal)

los recuerdos de ganador se marchitan.

En los últimos segundos

en los que la agonía marca el pulso

intenta pedir perdón

pero no hay clemencia para el que traiciona

no hay ley para el desleal

sólo un destino oscuro

de noches y días de desencuentros

y una fría sensación

del acero hundido en el pecho. 

I

Piensa en traición. 

Mira el silencio.

Escucha la soledad.

Siente el recuerdo.

Traición. La palabra resuena, una y otra vez. Lo aturde. Lo agobia. Lo debilita. 

Sentado solo a la orilla del zanjón, seco de años sin agua, gris de vegetales calcinados por el sol, hediondo por los animales que allí quedaron, piensa en traición. 

Ese es el lugar al que recurre para estar solo y en calma. Para encontrarse con sí mismo y nadie más, para diseñar sus días. Allí, piensa en traición.

Este no es un buen  momento de su vida. Ha pasado por muy malos, es cierto, y tal vez éste es el peor de todos. La soledad ha llegado para quedarse. Ya no tiene amigos, ni siquiera aliados. Y, lo peor de todo, tiene muchos enemigos.

Como despertando de una siesta, saliendo de un largo letargo, un pericote aparece por debajo de un montón de hojas acumuladas por el paso del tiempo. Cruzan miradas, el animal no le teme, hace tiempo se adueñó del lugar, no hay nada que allí le importe, con rapidez gira su cuerpo y camina tranquilo hacia el otro lado. Tom lo sigue con la vista fija en el pelaje pardo y en el caminar altanero. 

Tom piensa en traición. 

Sabe que lo persiguen. Es presa. El cazador está cerca. Lo intuye. Atravesó el último límite, aquél que no debía atravesar, se metió donde no era bienvenido y ahora lo buscan. 

Aquí,  cree estar a salvo. Por el momento, al menos, puede pensar. No tardarán en dar con él. Ha dejado muchas huellas en estos últimos días. Se ha desconcentrado en su intento por escapar y ha acelerado su captura. Cuando lo encuentren no habrá piedad. Siempre ha sido así. Siempre será así. No hay piedad para el que traiciona. 

Ensimismado en sus pensamientos aprieta fuerte la mochila que cuelga de su hombro y camina en dirección contraria al zanjón, hacia la calle, sin saber su destino ni su final. Aunque lo sabe, está seguro, solamente hay un fin.

II

Esteban abrió la puerta de su auto y entró. Al sentarse y apoyar las manos sobre el volante se dio cuenta que iba a ser la última vez en mucho tiempo que manejaría su Toyota Corolla. Desde que le confirmaron que había sido elegido para ocupar el cargo en California pensó en la gran cantidad de cosas que no volvería  a hacer, al menos hasta dentro de algunos años. Los partidos de fútbol con sus amigos los sábados, las visitas a su madre los martes a la tarde donde ella lo esperaba con un budín de manzanas recién horneado y los encuentros con los compañeros de secundaria los primeros viernes de cada mes figuraban entre las nostalgias aseguradas en este desarraigo que estaba por emprender. Pero la importancia del puesto laboral al que había aspirado durante mucho tiempo y para el cual se preparó a conciencia destinando horas de descanso al estudio del idioma inglés y al perfeccionamiento de algunas áreas de la legislación impositiva del país del norte, justificaban abandonar su tierra por un lapso de tiempo indefinido, tal vez para siempre. Aquí su trabajo ya no le generaba inquietudes y el sueldo si bien era bueno sabía que no estaba lo suficientemente acorde a las labores que desarrollaba. Además siempre había querido vivir en EEUU y ésta era la mejor posibilidad. Por fin, luego de mucho tiempo de competir con otros colegas postulantes de distintos países de Sudamérica lo había logrado. La selección fue rigurosa e incluía una exhaustiva investigación sobre las personas que postulaban al puesto.  En otras oportunidades, a lo largo de veinte años de carrera en la empresa, había quedado en la puerta de dar el gran salto. Por eso, esta vez era “la última” ya que con sus casi cuarenta años de edad sabía que no iba a tener nuevas chances. Arrancó el motor y mientras se colocaba el cinturón de seguridad emprendió la marcha mirando el espejo retrovisor que enmarcaba a sus tres compañeros de trabajo con los que había cenado a modo de despedida. Los tres lo saludaban de pie con la mano en alto. Él sacó la suya por la ventanilla con el pulgar arriba. Se alejaron de su alcance y fijó la vista en la ruta. Nunca bebía demasiado, siempre lo hacía de una manera mesurada. No se excedía con nada y menos con el alcohol. Pero esa noche, el calor agobiante y los brindis por su despedida hicieron que se excediera. Bebió de más pero se sentía bien, capaz de manejar sin problemas. Eran cerca de las cuatro de la madrugada y no tenía sueño, las últimas dos copas de champaña lo habían despabilado. Recordó que a la tarde había hecho las valijas. Eso lo reconfortó. Nunca nada escapaba a su control, cada paso que daba había sido previamente medido. Al medio día un remis lo pasaría a buscar por su casa para llevarlo al aeropuerto y de ahí su viaje a las grandes ligas. A su edad no era fácil lograr un ascenso de esa naturaleza. Seguramente su soltería había sido un factor determinante para que lo eligieran y además su fidelidad a la empresa a la que había dado parte de la vida hizo que los grandes jefes estadounidenses se inclinaran por él. El  aire acondicionado del auto y pensar en el cambio que comenzaría en pocas horas le daba una sensación de bienestar que hacía mucho tiempo no sentía. Aceleró por la autopista que se encontraba vacía a esa hora y anduvo los casi quince kilómetros hasta el desvío que debía tomar sin ver ningún otro vehículo. La luz de la luna hacía que todo brillara. El cielo estaba despejado y seguramente seguiría así todo el día. El avión despegaría sin problemas y sin turbulencias. Él reclinaría su asiento y podría relajarse. Sonrió al pensar en esa imagen. Giró a la derecha y entró a la calle que comunicaba la autopista con la ruta provincial que lo llevaba a su casa. Era un trayecto más largo que el que realizaba habitualmente, en el que debía atravesar una zona rural, pero el otro, el más directo, hacía tiempo que se encontraba cerrado por reparaciones, las que como de costumbre, se demoraban más tiempo del previsto. La calle, angosta, de un asfalto con imperfecciones, solamente de un sentido de circulación, estaba bordeada de una frondosa arboleda. Añosos carolinos en línea, separados por muy poco espacio, enmarcaban el trayecto y oscurecían el cielo con sus ramas que se cruzaban al medio de la calle impidiendo filtrar la luz de la luna. No había iluminación artificial, solo algunos rayos de luna, que lograban escapar del enmarañado de ramas, marcaban el camino que Esteban tenía por delante. Hizo fuerza con los ojos para aguzar la mirada y concentrarse en manejar con menos luz que en la autopista, pero no redujo la velocidad, la soledad del lugar y el efecto desinhibitorio de la bebida le otorgaban una sensación de seguridad extra. Cuando restaban unos pocos kilómetros para ingresar a la ruta provincial, de la nada, o al menos eso pensó Esteban, en una milésima de segundo, algo o alguien cruzó por delante de su automóvil y él no pudo evitar el golpe. El ruido fue seco. Como de algo que se quebraba  y que no iba a volver a su estado anterior. Algo que ya no sería lo mismo. Frenó de golpe. Las ruedas derraparon unos cincuenta metros hasta que se detuvo por completo. Sintió que las manos le dolían, las tenía sujetas al volante con tanta fuerza que los dedos parecían hinchados a punto de explotar. Los brazos firmes y rectos. La mirada fija en la mancha roja que cubría el parabrisas. Cerró los ojos. Esto no podía estar sucediendo. Los abrió. Y arrancó el motor. Hizo funcionar el limpiaparabrisas, el chorro de agua alcanzó a limpiar levemente la sangre esparcida por el vidrio, al menos para poder ver hacia adelante. Puso primera y aceleró. El corazón latía con fuerza. Alguna vez había leído que la primera reacción de alguien que atropella a otro era escapar para luego volver al lugar del hecho. Pero él no sabía qué era lo que había atropellado, ni cómo había sucedido. Y tampoco volvería. No volvería se dijo. Pero frenó bruscamente. El silencio del lugar fue aún más fuerte. Sólo se escuchaban sus latidos. Y la respiración aceleraba casi sin descanso. Trató de calmarse. Respiró hondo. Varias veces inspiró y expiró aire en forma sucesiva. Varias veces hasta que logró calmarse un poco pensando en que solamente habría sido un animal al que habría atropellado. Iría a ver. Nada podría ser tan grave. Seguramente sería un perro o un zorro, animal común en esa zona. Bajaría del auto, recorrería los cien metros que lo separaban de la cosa y se encontraría con un pobre perro que había corrido una mala suerte, volvería al auto y llegaría a su casa a emprender el viaje a EEUU. Abrió la puerta del auto pero no descendió inmediatamente. Dejó que una oleada de aire caliente se introdujera en el habitáculo. Estaba muy transpirado, con la camisa pegada en el respaldo del asiento. Descendió. Las piernas le temblaban. Debió apoyarse en el auto para no caer. Pudo restablecerse. Dio los primeros pasos firmes. Comenzó a caminar rápidamente, para terminar lo antes posible. Avanzó. Estaba solo, ningún auto transitaba por esa calle, ni siquiera a lo lejos se podía  apreciar alguna luz que avanzara hacia él, tampoco a los costados podían verse señales de civilización. Solamente él y lo que encontraría al llegar. El zumbido de los insectos de campo lo envolvía. Se acercó cada vez más. Al llegar a unos pocos metros se detuvo. Vio algo en la mitad de la calle. Un bulto que se movía apenas. Como convulsionando en cámara lenta. No hizo ruido. Caminó unos pasos más y ya no había duda. Era una persona la que estaba tirada en el pavimento. Se detuvo. Miró a su alrededor. Nadie. Caminó hasta el lugar. Llegó. Esteban ya está parado sobre él. Es un varón. Tal vez una persona mayor. No puede precisarlo. El brazo derecho está doblado contra su posición natural, una fractura a la altura del codo lo hace ver así y le cruza por encima de la cara. De la boca brota un hilo de sangre y cae al piso haciendo un pequeño charco en el asfalto. Esteban se agacha y se acerca más. El hombre respira. Apenas respira. Y balbucea. – ¿Qué me hiciste? – dice. Los ojos se le cierran. Esteban no sabe qué contestar porque no sabe qué hizo. Sólo dice algunas palabras incomprensibles que salen de su boca pero no de su mente. Toma el teléfono móvil, lo desbloquea y la luz de la pantalla ilumina su rostro. Piensa que si pudiera verse bajo ese haz de luz vería a una persona desesperada. Marca el 911. Da señal de llamada. Suena una vez, dos veces y mira al que está en el suelo. Una voz femenina atiende del otro lado. Esteban cuelga. Guarda el teléfono en el bolsillo del pantalón. 

No podés llamar a la policía. Cómo le explicarías lo que pasó, sino sabés qué fue lo qué pasó. Pensá. 

Los gritos de dolor del otro, su víctima, lo sacan de la ensoñación. Mira hacia abajo y sigue ahí, tirado en el medio de la calle. Se retuerce contra el asfalto, gira sobre sí mismo con movimientos espasmódicos. Pero no mueve las piernas, mueve solo el torso, como esos muñecos que los niños desencajan y luego dejan tirados por un lado el torso y por otro las piernas. Esteban lo observa asombrado, nada de esto es real, debe ser una broma de mal gusto de sus compañeros de trabajo antes de su partida. El otro se agita bruscamente y salpica de sangre la cara y camisa de Esteban. No es un chiste ni es un sueño. Tampoco puede llamar a la policía, en pocas horas el vuelo que le cambiará la vida despegará y él tiene que estar ahí. Mira el reloj. Son las cuatro y media. En una hora más amanecerá. El otro grita cada vez más fuerte. No hay movimiento en la zona, ni autos ni camiones, pareciera que esa calle alternativa hubiera sido olvidada, quitada del mapa.  Pero no puede arriesgarse, en cualquier momento pasará algún vehículo, o un policía, y su sueño de vivir en EEUU se esfumará. Recuerda su auto. Estacionado allí, donde quedó, la puerta abierta, con las llaves puestas. Su escape. Su salida de este infierno. 

Andate, subite al auto y acelerá lo más que puedas y llegá a tu casa. 

Corre hacia él.  En un mismo acto entra y lo arranca. Acelera pero no por la calle, gira hacia la banquina, se introduce por una huella de tierra. El camino se transforma en lomas de barro. Detiene el motor.  Los oídos le zumban. Intenta abrir la puerta pero le cuesta, los matorrales que lo rodean lo impiden. Hace fuerza hasta que lo logra. Sale del auto, las ramas lo raspan, lo atrapan, no lo dejan andar. Con los brazos y la cara raspada, con pequeños hilos de sangre brotando de las líneas que han quedado como tatuajes rituales en su rostro, camina. Con fango hasta las rodillas, abre camino entre la maleza. A lo lejos, por el camino que él hizo hace un rato nada más, dos luces se acercan, no alcanza a divisar bien pero seguramente es un auto que ha girado desde la autopista principal, aunque iluminan más alto de lo normal, tal vez sea una camioneta. Podría ser un móvil policial. Las luces cada vez más cerca. No parecen venir muy rápido pero su marcha acelera los pensamientos de Esteban. 

Si lo dejas en el medio de la calle lo va a encontrar el del auto y llamará a la policía y vos escondido acá en el medio del campo cómo lo explicas. 

Comienza a correr entre los arbustos hacia la calle, el piso de fango hace que sus piernas  parezcan de cemento, mete el pie derecho en un pozo, un crujido emana de su tobillo, el dolor es fuego que sube por la pierna y muere en su sien como si miles de agujas lo atravesaran a la vez. Renqueando logra llegar al pavimento. Mira, las luces que están ahí. Vienen. Apenas puede hacerlo pero corre, lo más rápido que su cuerpo, falto de entrenamiento, se lo permite. Transpira y no piensa.  Tiene la vista nublada, mezcla de sudor y lágrimas. Llega donde está el hombre tirado. El auto se acerca un poco más, en cualquier momento amanecerá y él y su víctima serán presas de la luz. Se acerca, lo mira como quien ve algo desconocido, algo de lo que no se tenía noción hasta ese momento. El del piso se queja. Los gritos de dolor ahora son alaridos, retumban en su cabeza como si fueran ajenos a la realidad. Está mareado, pero se siente sobrio, la cena de despedida pertenece a otra vida, a algo que pasó hace años, o tal vez nunca existió. Tiene que sacar al otro de ahí. No puede dejarlo en el medio de la calle. Ya escucha el motor del auto que se acerca. Lo toma del brazo sano, el izquierdo y comienza a tirar para llevarlo hacia la banquina. Lo arrastra. Le cuesta, pesa más de lo que esperaba. Esteban nunca se caracterizó por ser deportista o poseer gran destreza o fuerza física. Sus virtudes estuvieron más ligadas a lo intelectual, a lo académico, por ello ahora le cuesta mucho tirar de ese cuerpo. Tiene que hacer un descanso porque está agitado. Lo suelta y el otro no cesa de gritar. Esteban arranca un trozo de remera ensangrentada y la usa para amordazarlo, le cubre la boca con el trapo y los gritos se acallan. El silencio vuelve al lugar. Logra dejarlo más allá de la banquina, escondido tras unos yuyos frondosos, en el piso de tierra apoyado en un álamo. Los ojos del otro son de miedo, lo mira aterrorizado. Esteban no lo ve, con la respiración entrecortada y la vista fija en la nada, con lágrimas que caen sin permiso,  de pie al costado del otro, las manos rojas de sangre colgando al costado del cuerpo, eclipsando con su figura el primer rayo de sol del día, ve pasar raudo el auto y decide su futuro.  

III

Las calles de Zampaya no son calles, son pequeñas huellas de tierra que, como una quebrada, separa las casas a ambos lados. Las viviendas hechas de barro, amorfas, bajas, dan cobijo a seres que viven en esas montañas cercanas al cielo. La altura, más de 4000 metros, hace que todo sea más lento. Cada paso es una ceremonia en la vida de los que allí están. No sólo es la sensación de que el tiempo se detuvo en ese lugar, sino en realidad no existen relojes, es el sol el que domina los momentos. Ubicado a unos cien kilómetros de la Ciudad de La Quiaca, hacia el Oeste, casi en la nada misma, el pueblo de Zampaya no existe para el resto del mundo, solamente es el refugio de cinco mil almas que desde hace siglos perduran en esas tierras. 

IV

Tom ha llegado a Villazón, Bolivia, en un colectivo desde La Paz. El viaje ha sido largo. Ahora, sentado en uno de los bares del Mercado Central toma una cerveza Paceña y come una mezcla de papa, arroz y maíz de la cual ya olvidó el nombre. Siente una puntada en la nuca, producto de la altura, seguramente y del calor que lo agobia. La sequedad de la boca no se calma ni con los tragos largos de cerveza helada. El Mercado Central es un tinglado gigante que aglutina cientos de pequeños negocios de venta de verduras, frutas, carnes, flores, especias y comidas preparadas. Una conjunción aturdidora de olores y colores y también de gente que transita. Tom está solo. No habla con nadie. Fija la vista en su botella. Intenta no llamar la atención, aunque no le resulta fácil camuflar su piel clara y cabello rubio entre la población del lugar. Viste jeans negros, borceguíes y remera también negra. Tiene en su regazo el único equipaje que lo acompaña, una mochila oscura aferrada por su mano izquierda de manera permanente. Las personas pasan por decenas a sus costados sin siquiera mirarlo. Lo rozan con las bolsas cargadas de mercaderías y siguen de largo. Sólo una se detiene. Es un hombre de estatura baja, de tez oscura y piel curtida. No dice nada, se aproxima a la mesa, casi hasta tocarla, y deja allí una llave y un sobre de papel madera. Luego, desaparece. Tom toma el sobre y, sin abrirlo,  lo guarda dentro de la mochila. Se levanta y con la llave en la mano sale del Mercado. 

V

El vuelo proveniente de Jujuy aterrizó a horario en el Aeropuerto de Mendoza. 

Cuando las ruedas traseras hicieron contacto con la pista el pasajero del asiento 12 A desajustó el cinturón y de manera instintiva introdujo la mano derecha en el bolsillo interno de la chaqueta de cuero. Sacó un paquete de Marlboro arrugado y casi vacío. Tomó un cigarrillo y lo llevó a la boca, lo sostuvo en la comisura de los labios mientras del bolsillo del jean extraía un zipo. 

No lo encendió. Jugueteó con él mientras descendía de la nave y hasta que  traspasó la puerta de egreso del edificio. Solamente llevaba equipaje de mano, por lo cual la salida fue rápida.  Ahí, al ver la luz del sol que le hacía achinar los ojos y mientras varios taxistas le ofrecían sus servicios, sin hacerles caso, encendió el cigarrillo, inhaló profundamente una bocanada, exhaló el humo apuntando a la montaña que a lo lejos se divisaba mientras con su mano derecha extraía del bolsillo del pantalón el teléfono móvil y apretaba el botón del último número marcado.  

VI

La luz del sol invade el paisaje transformando lo que parecía un mal sueño en una realidad angustiante. Cada cosa toma su color, el día ilumina dando certezas, mostrándole a Esteban, como si se tratara de una proyección en 3D, en una pantalla envolvente, que se encuentra a la vera del camino que lo lleva a su casa, en un descampado rodeado de arbustos silvestres, transpirado, con la camisa manchada de sangre y los pantalones sucios y hechos girones, con los zapatos con barro y a sus pies un hombre moribundo que abraza una mochila y lo mira tratando de explicarle algo. 

Y Esteban, con la vista fija en la ruta, ve como su futuro se aleja. El ascenso en el trabajo, el viaje a EEUU y su nueva vida, han pasado a ser imágenes de otra película, de una en blanco y negro, de una que será difícil volver a ver.

VII

Sale, los ojos, acostumbrados a la penumbra del Mercado Central de Villazón, piden clemencia ante ese sol tan cercano. Tom se calza las gafas oscuras pero éstas apenas lo protegen. Intenta dar pasos ágiles y veloces pero la sensación es como si una mole de cemento lo aprisionara. La ansiedad lo impulsa a caminar rápido y a medida que acelera la puntada en la nuca aumenta. Las calles de Villazón son estrechas y en pendiente, y siempre pareciera que esa pendiente es en subida, porque la lentitud de los pasos acentúa la dificultad de caminarlas. Los negocios de electrodomésticos, calzados, ropa. Miles. Despliegan sus productos desde las vidrieras invadiendo las veredas.  Y en las esquinas cholitas que exprimen naranjas y venden el jugo y paquetes de hojas de coca. Tom compra de los dos. Bebe de un sorbo el vaso que reconforta la garganta agrietada por la aridez del entorno e introduce en la boca un puñado de coca. Masca. El sabor amargo lo impregna. Salvación milenaria para el mal de altura. Encuentro de la madre tierra en la tierra sembrada de sangre, piensa Tom. 

Cruza la calle hasta llegar a la camioneta estacionada en el otro lado. Una Toyota Hilux 4×4 automática. Con la llave abre la puerta, entra y se acomoda en el asiento del conductor. De la mochila, que ha puesto entre las piernas, saca el sobre y lo abre, extrae una foto y un mapa hecho a mano con dos cruces marcadas, una al principio y otra al final del camino. Lo vuelve a guardar. Estira el brazo hasta la gaveta y extrae una ametralladora, una FMK 3 9 mm, corrobora que esté cargada y la deja en el asiento del acompañante. Arranca el motor.

VIII

El ruido lo sobresaltó. Porque no lo esperaba, Esteban no se había dado cuenta que el que estaba tirado en el piso tenía una mochila que no soltó  ni por la violencia del impacto con el auto. La apretaba tan fuerte con un solo brazo (el que le quedaba sano) que parecía como si en ello se le fuera la vida. De la mochila salía el ruido que lo había asustado. Era un ringstone de un teléfono celular. Una melodía de una canción conocida, pero que no lograba reconocer. Lo escuchaba lejano, como si viniera de otro mundo, algo extraño, casi como en un sueño. Cesó. Esteban se preguntó si realmente lo había escuchado. Si había sucedido. Volvió a sonar. Insistente llamaba. Esteban se agachó y del bolsillo externo de la mochila extrajo el teléfono móvil que no paraba de sonar. Miró la pantalla, que se encontraba triZada, tal vez por el golpe que él le diera con su auto, que intermitentemente avisaba: “llamada entrante Marco Antonio Alcázar”.

Dudó en atender. No sabía que decir. Estiró el brazo como para que la distancia le diera tiempo a pensar. Seguía sonando la llamada. Miró hacia abajo, el otro balbuceaba algo, inentendibles palabras salían de su boca dañada por el accidente. Seguramente un par de dientes menos. Por fin se decidió. Deslizó el dedo por la pantalla y llevó el auricular a su oído sin decir nada. Del otro lado una voz gruesa, seca, con un tono típico de las provincias del noroeste o de Bolivia o Perú dijo:

– Te voy a encontrar

Esteban no contesta.    

Silencio.

Del otro lado vuelve a resonar la voz:

  • Te voy a encontrar.

Fin de la llamada. 

Esteban tarda unos segundos en darse cuenta que la comunicación ha finalizado. Con el teléfono aún en la oreja mira al que está en el piso que le devuelve una mirada aterrada.

IX

Aprieta el botón rojo del mando a distancia. Se encuentra a unos cien metros del objetivo, aquélla casa en la que ha estado infinidad de veces, que conoce de memoria. El primer explosivo detona. Las llamas iluminan el cielo grisáceo del invierno. El segundo y el tercero explotan casi en simultáneo. El fuego es total. El edificio arde por completo. El cuarto, ya casi sin sentido, termina de derrumbar e incendiar lo poco que quedaba en pie. Alcázar, guarda el control remoto en el bolsillo de su campera y camina lentamente en dirección contraria a las llamas mientras siente miles de sirenas que se acercan.

X

Tom es Tomás Andrada, nació en el Barrio Santa Evita, en los suburbios de Mendoza. Literalmente nació allí porque su madre no llegó, tal vez nunca pensó en llegar, a un hospital. 

Hijo de una generación desclasada, su infancia fue similar a los demás niños de esa barriada: poca comida, mucha calle poca escuela. Es de estatura mediada y delgado, aunque sus brazos son fibrosos y fuertes. A mediados de la década del noventa Tomás cumple dieciocho años.

El Potrillo tiene dos años menos que Tomás y nunca nadie conoció su verdadero nombre. Fue amigo y protegido de Tom desde la infancia. Después de sufrir una enfermedad que le dejó serias secuelas en el caminar y en el habla,  sus padres lo abandonaron y vivió gran parte de su niñez y adolescencia en la casa de Tomás quien lo cobijó como a un hermano, le dio asilo en su hogar y se hicieron inseparables amigos. 

En los albores de su adolescencia comenzaron una red de distribución y venta de marihuana y cocaína. Al principio fue algo a muy baja escala, solamente le vendían a los pibes del barrio, todos conocidos y casi sin peligro alguno. Hasta que conocieron a la persona que les cambiaría la vida. 

Marco Antonio Alcázar es boliviano. Nacido y criado en un pueblo del interior de Bolivia. Desde los diez años trabajó la tierra junto a sus padres y hermanos. A los quince decidió que esa vida no era para él y abandonó el hogar. Deambuló por varios lugares haciendo diferentes tareas pero ninguna le gustaba. Sentía que el trabajo duro no era bien remunerado y que había formas de ganar dinero de manera más rápida. Había decidido que no iba a quedarse a trabajar toda la vida ganando lo justo para comer. Realizó distintas labores hasta que al cumplir los 18 consiguió trabajo como chofer de una camioneta de reparto de mercadería. Sus obligaciones  consistían en llevar cargas de Bolivia a Argentina. Allí descubrió que el paso fronterizo desde Villazón hacia La Quiaca no tenía ningún tipo de control y que podía cruzar sin ser revisado por los policías y gendarmes. Pasó de ida y vuelta en la camioneta varias veces, cargada con distinto tipo de productos y jamás lo revisaron más allá de un simple vistazo general a la carga. No tardó en comenzar a pasar electrodomésticos sin declarar a los que le hacía el doble de ganancia al otro lado de la frontera. Pero no era ese margen el que lo animaba a seguir, sino el conocimiento que iba tomando de la zona y de sus costumbres. Casi naturalmente comenzó a pasar cocaína. Ya tenía  los contactos para conseguirla en Bolivia y para llevarla a Argentina. Solamente faltaba encontrar a quien la distribuyera en este país.

XI

Una de la tarde y la campana  sonó como todos los días. Con firmeza y repetidas veces la directora de la escuela de Yavi la hizo sonar. Los niños, ordenados en fila, salieron sin apurarse del edificio. La mayoría, se dirigió a sus casas caminando o en bicicleta, algunos vivían cerca, en el mismo pueblo, y los demás en otros más alejados. Yavi se adentra en la montaña jujeña en el medio del camino entre La Quiaca y Zampaya y su escuela nuclea a los estudiantes de varios kilómetros a la redonda. Como todas las construcciones del lugar es baja de adobe y paja. Sus calles son  de tierra y también el tiempo se ha detenido y no tiene la menor importancia a no ser para la directora de la escuela que todos los días marca con su campana la una en punto.

Uno de los últimos niños en salir se subió al asiento trasero del único vehículo estacionado en la angosta calle, una camioneta Toyota SW4. Cerró la puerta y el conductor arrancó raudo. Todos los días Marco Antonio Alcázar buscaba en la escuela de Yavi a su único hijo, Edwin de cinco años, y lo llevaba a la casa en Zampaya a más de 50 kilómetros de distancia.

XII

En los años noventa, la paridad del peso argentino con el dólar estadounidense, forzada a través de la ley de convertibilidad, hizo que personas de los países limítrofes migraran hacia Argentina en busca de la moneda gringa para luego hacerla valer en sus países de origen. Así, vivían en Argentina trabajando en cualquier actividad que consiguieran y lo ganado lo giraban en dólares  a las familias que habían quedado en sus hogares. Los padres de Marco Antonio, sufriendo la inestabilidad económica de Bolivia, decidieron partir hacia Argentina a probar suerte. Al igual que otros de sus compatriotas se instalaron en Mendoza a donde llegaron como obreros golondrinas para las cosechas de época. Marco Antonio se había quedado en Bolivia y hacía mucho tiempo que no veía a su familia. Decidió hacerlo y viajó a Mendoza. Allí llegó, con poco más de veinte años de edad. Los padres junto a los tres hermanos menores de Marco Antonio habían arrendado una pequeña casa en el Barrio Santa Evita. En la cochera, abrieron una verdulería que era atendida por Rosa, la madre de Marco Antonio, mientras César, el padre, trabajaba en la construcción. 

Una tarde de mucho calor, Tomás y el Potrillo, en su barrio, tomaban una cerveza, sentados en la vereda apoyando la espalda en la pared del kiosco donde la había comprado. Así pasaban días enteros, en largos silencio por momentos, aletargados sorbos de cerveza tras cerveza, esperando a sus clientes-vecinos.  Vendían pequeñas cantidades, con lo que les alcanzaba para consumir y vivir tranquilos. No necesitaban más. Miraban a su alrededor y todos empobrecían cada día. La pobreza era palpable. El deterioro de la sociedad se evidenciaba con la luz del sol que brillaba en los carros de los cartoneros, ganado trashumante en aquella guerra contra el hambre. Por el contrario, el negocio de Tom y su amigo era cada vez más próspero. La cocaína se adueñaba del mercado y su venta crecía sola, sin necesidad de propaganda ni grandes esfuerzos. Hasta esa esquina llegó Marco Antonio, a paso lento, como acostumbraba en sus tierras altas. Su impronta imponía respeto.   No muy alto pero fornido, con un tatuaje de una serpiente que le cruzaba la cara. Vestido con jeans gastado, zapatillas altas que llamaban la atención por el color fluorescente y remera Nike. El andar se escuchaba a lo lejos, como si cada paso fuera un golpe. Pidió una cerveza en el kiosco y se quedó parado bebiéndola mientras fumaba un cigarrillo. Tomás y el Potrillo lo miraban de reojo, era la primera vez que lo veían, para ellos, que habían nacido allí, era un desconocido en el barrio. Tensaron sus músculos y pusieron en alerta el instinto callejero. Cabía la posibilidad que ese extraño fuera un policía de civil mandado a involucrarse mimetizado como uno más del lugar. Viejas estrategias policiales harto conocidas pero que, increíblemente, terminaban dando resultados. Preparados para descartar cualquier evidencia que los comprometiera mantuvieron la escena con normalidad, la de dos amigos compartiendo un rato en la esquina del barrio. Pero, ya no se sentían cómodos sentados, quedaban en inferioridad física. Se levantaron y apuraron la cerveza. Aunque lo intentaron, no pudieron hablar. La invasión de ese forastero los preocupaba. Tomás se dirigió hacia el comercio con el envase vacío en la mano. Marco Antonio se interpuso en el camino y extendió su botella, llena hasta la mitad, en gesto de convidarle. Una de las primeras reglas que se aprenden en la calle, pensó Tom, es que no se rechaza una invitación a beber. Bebió un trago, la cerveza estaba fría, amarga y con gas. Giró y se la pasó a el Potrillo que absorto miraba la escena. También bebió. Los tres se miraron. Acababa de empezar una relación que duraría 20 años. 

XIII

Desde el Mercado Central de Villazón hasta la frontera con Argentina hay poco menos de un kilómetro. Tom lo recorre en la Toyota Hilux a muy baja velocidad. Las calles están atestadas de personas, peatones, con bolsos y carros que transitan de un lado a otro, pero todos con una idéntica dirección final: el paso fronterizo.  Tom marcha lento. Son las dos de la tarde y el sol apaga el aire acondicionado de la camioneta. Toma la FMK 3 9 mm del asiento del acompañante y la esconde bajo el suyo.

Llega al límite, al que divide formalmente los dos países. Unas pocas cabinas para realizar el trámite migratorio para los que cruzan en vehículo y otras al costado para los que lo hacen caminando. Estos últimos son mayoría. Como hormigas, en fila, cargando mucho más peso que el propio, pasan varias veces al día, de ida con los carros llenos y de regreso vacíos. Tom ha detenido la camioneta para presentar la documentación y los mira pensativo. Un golpe en la ventanilla lo sobresalta. Un policía boliviano le hace señas para que baje el vidrio. El papeleo es muy simple. Solo el documento de identidad basta para cruzar. El cruce es un puente que pasa sobre un río seco, el desierto desangelado en las entrañas mismas del infierno. Lo cruza. Al otro lado la Quiaca lo recibe con su fisonomía de pueblo chico. Está separado de Villazón apenas por un puente pero hay algo en el ambiente que los hace diferente. Tom no alcanza a darse cuenta qué es. Bordea el pequeño centro y gira hacia el Oeste internándose en la montaña donde la ruta es de tierra y a los costados van desapareciendo de a poco las casas de pueblo. A medida que avanza por el camino la desolación  es mayor. Está solo en la nada misma. En el fin de la tierra o en el principio del cielo. Piensa que si estira las manos puede tocar el sol que lo quema. Y a ambos lados la aridez gris de la sed.

Los kilómetros se alargan, la ruta se angosta y las muestras de civilización cada vez son menos. Mira el mapa, una y otra vez y entre la ciudad desde la que partió hasta Zampaya, su destino, solo hay una línea recta entre montañas. Solamente se corta por algo que parece una población, con el nombre de Yavi. Al fin llega.  Yavi es un poblado de pocas casas, dos pequeños almacenes y una escuela. Frena la camioneta frente a uno de los negocios. El polvo se levanta hasta cubrir su visión. Debe esperar un minuto para que se aplaque y poder descender. Desciende. Entra al almacén, sin ventanas, semi oscuro, un mestizo de edad imposible de calcular está detrás del mostrador. No se saludan. Sólo cruzan miradas. Una heladera vitrina es el único artefacto eléctrico del lugar. Tom mira dentro, está casi vacía, solamente algunas cervezas y unas bebidas gaseosas. Saca una cerveza, la destapa y la bebe de un trago. Paga al hombre que lo mira y que sigue sin hablar, inalterable, imperturbable, eterno.

Sale. Los ojos, acostumbrados a la penumbra del lugar, se cierran para poder ver. El sol lo vuelve a herir. Sube a la camioneta y arranca. Yavi queda atrás, otra vez el paisaje de la nada. Solo montañas áridas, desiertas y algunos animales errantes. Sin dejar de conducir toma la ametralladora de abajo del asiento y la posa con cuidado en su regazo.

Un cartel corroído por el paso del tiempo y el clima avisa que queda un kilómetro para llegar a Zampaya. Reduce la velocidad casi a paso de hombre. El sudor frío baja por la frente. Está a pocos minutos del momento más esperado. De la venganza. La traición solo se cobra con sangre. Y él está dispuesto a cobrarse hasta la última gota.  

XIV

Después de esa primera cerveza compartida en una vereda del Barrio Santa Evita vinieron muchas más y los tres empezaron un negocio millonario. Marco Antonio pasaba la droga desde Bolivia y Tomás junto al Potrillo la distribuían. Primero solamente en Mendoza y luego extendieron su alcance al resto del país. De traficar a baja escala pasaron rápidamente a hacerlo por cientos de kilogramos. Fueron cinco años de un crecimiento abrupto e ininterrumpido y de una relación basada en la confianza mutua. Los jefes de la organización eran claramente Alcázar y Andrada. El Potrillo si bien fue parte protagónica del cónclave inicial siempre se mantuvo debajo del ala de Tomás. Éste y Alcázar, apenas se dieron cuenta de la magnitud del negocio que tenían entre manos, dejaron de consumir para tener la cabeza fría y sana al momento de tomar decisiones. Pero el Potrillo no hizo lo mismo, todo lo contrario, cada día tomaba más droga y alardeaba de sus ganancias. Era muy común verlo cambiar de auto, cada vez uno más caro y lujoso, llegando al barrio que lo vio nacer, contrariando todas las recomendaciones de los otros dos socios. Pero Tomás lo quería como a un hermano, la infancia compartida, la enfermedad y sus secuelas, el abandono de sus padres, la adolescencia y los kilómetros recorridos juntos en las calles, los amaneceres, las noches de descontrol, las mujeres, el fútbol, todo eso los unía. Alcázar no dejaba de ser un extraño entre los dos originarios del barrio Santa Evita. Durante años manejaron el negocio con pulcritud. Lavaron el dinero invirtiendo las ganancias en empresas legales contribuyendo con el gobierno pagando todos los impuestos. 

Pero el Potrillo no cesaba en sus ostentaciones y en el consumo diario. Tenía el destino grabado a fuego. Así nada podía terminar bien.  Desoyó las innumerables advertencias de los socios y siguió contrariando las reglas y así fue como empezó a ser seguido por la policía (que ya no podía hacer la vista gorda, pese a la gran cantidad de sobornos recibidos) y fue detenido. Llevado a la prisión. No tardaron en dar con los otros dos. 

Así fue como Alcázar y Andrada fueron a parar a la cárcel. El procedimiento fue simple, allanaron las casas de cada uno y los sacaron esposados para la foto. Como un trofeo de caza el fiscal que había ordenado el allanamiento la exhibía orgulloso. La condena fue a 15 años de prisión para los dos y a 6 años para el Potrillo. Les incautaron gran cantidad de dinero en efectivo que tenía guardado y perdieron propiedades y vehículos. Con el pago de abogados y jueces disminuyó notablemente su riqueza. 

Tomás y el Potrillo hicieron un arreglo con el juzgado en el cual sindicaron a Alcázar como jefe de la organización y ellos como simples empleados que recibían órdenes, así lograron salir al cumplir un tercio de la condena. Marco Antonio debió quedarse hasta el último día. Exactos 15 años tuvo que esperar para salir. 

Al hacerlo juró venganza. Venganza eterna. No cesaría hasta vengar esa traición. Lo juró en la puerta de la prisión.

XV

Marco Antonio al salir de la cárcel  mantuvo el perfil sumamente bajo. Reunió el dinero que había alcanzado a ocultar de los secuestros y allanamientos y construyó una casa sin lujos en Zampaya, un pueblo de Jujuy cercano a la frontera con Bolivia. Ahí fue que conoció a Carmen, una joven con quien inmediatamente se casó y tuvo un hijo al que llamaron Edwin. Allí su vida era tranquila, dedicada a la familia, y alejado de cualquier sospecha. En el pueblo era uno más, lo único que lo diferenciaba era que tenía una camioneta que seguramente valía más que todo el pueblo junto, pero él no lo hacía notar. Se movía calmo y solidario con el resto. Nadie lo interrogaba por su buen pasar. Y con el transcurso del tiempo se camufló en el resto. Pasaba desapercibido. Desde allí reorganizó las transacciones y el negocio. Pocas veces salía del pueblo y pocas veces recibía a alguien en su casa.

En Zampaya había encontrado la paz después de tantos años de adrenalina. En ese lugar tenía todo bajo control, nadie podía molestarlo ni a él ni a su familia. Allí podía pensar en la venganza.

 XVI

El partido de fútbol terminó con resultado incierto. Tal vez 23 a 22 ganó un equipo o el otro. Ninguno de los jugadores lo sabía con certeza. La cancha, única en Zampaya, estaba ubicada en lo más alto de la montaña que enmarcaba el pueblo, en la planicie desde la que se podían ver las casas. A Edwin le gustaba quedarse allí, después de jugar con sus amigos, a contemplar  el paisaje que se le antojaba eterno. Era una montaña tras otra y con sus cinco años de edad no conocía otra geografía. Su padre, Marco Antonio Alcázar, no lo había sacado de Zampaya. Su único viaje era el diario hacia la escuela en Yavi. Esa era la realidad de Edwin. Marco Antonio no quería exponerlo. Cuando fuera grande podría decidir su futuro. Ahora, él debía cuidar de la seguridad de su hijo y por eso la mejor manera de protegerlo era mantenerlo en el pueblo. Edwin, sentado sobre una piedra, al costado de uno de los arcos de la cancha ve alejarse a sus amigos que descienden al pueblo en busca del almuerzo. Él se queda un rato más, en silencio, pensando en lo infinito del paisaje y en el sol que casi puede tocar con las manos.

XVII

Cuando Tomás llegó a la casa el fuego había consumido casi todo, incluido a su mejor amigo y socio Potrillo. La policía había vallado la zona y no dejaba acercarse a nadie. No sólo había encontrado el cadáver calcinado del Potrillo sino también evidencia de elementos para procesar y comercializar droga, lo que hizo que le dieran intervención a la justicia federal. Por lo que Tom al llegar hasta allí, con paso acelerado en un primer momento, calmó su andar y se camufló entre los curiosos a fin de lograr obtener alguna información. Lo que se decía era que allí operaba una banda de narcotraficantes y que se habían escuchado cuatro detonaciones. No le quedaban dudas a Tomás de dónde había provenido el ataque. Dio media vuelta y caminó en dirección contraria pero sin rumbo. Necesitaba pensar.

XVIII

Las primeras casas de Zampaya asoman ante la atenta mirada de Tomás que conduce raudo. Sabe que debe actuar con rapidez y precisión. Ya no mira el mapa. Lo ha hecho un bollo y lo ha tirado al suelo. Se detiene unos segundos. Del sobre saca la foto, un niño sonríe en ella. Graba en su retina esa cara. Arranca. Acelera. La mano izquierda sostiene firme el volante y la derecha el arma. Recorre la calle paralela a la de la entrada, la que lo dirige directo a la cancha de fútbol. Una curva ascendente lo deja en la parte más alta de la montaña. Se detiene frente a la cancha. En el mirador del pueblo. Todo es sol y tierra. Calor y sudor. No le quedan dudas, el niño sentado en la piedra es el que busca. Es el de la foto. Baja la ventanilla. Edwin cruza una mirada con Tom y recibe las 30 balas que éste le dispara en un segundo.

XIX

Las poleas emiten un chillido que hace dar escalofríos. En círculos mueven lentamente unas sogas sucias que descienden el pequeño cajón blanco cubierto de flores de colores que lleva en su interior al hijo de Alcázar. Al llegar al fondo da un golpe tenue contra el suelo y la tierra lo abraza como acomodándolo para la eternidad. Arriba, alrededor de la tumba, son sólo dos los que miran para abajo. Son sólo dos los que han ido al cementerio del pueblo adornado por miles de colores en uno de los días más grises de la historia de Zampaya, al Norte del Norte de Jujuy, cercana a la frontera con Bolivia. La mayoría de las personas no se ha atrevido a ir. Temen que algo suceda. Temen que la ira desatada contra el pequeño se les vuelva en su contra. Solos, alrededor del pozo, mirando hacia abajo, formando un círculo imperfecto, Alcázar y su mujer. Ésta no puede ni quiere detener su llanto mezclado con alaridos que retumban en las paredes de adobe del cementerio. Los ojos del hombre miran como el cajón que se lleva a su hijo se cubre de tierra. Ahora los cierra para no ver. Aprieta fuerte los puños. Se queda unos instantes así. Las venas se marcan en su tez mestiza, resaltando el tatuaje que cruza la cara, abre los ojos y mira otra vez hacia abajo, ya no ve el cajón ni las flores, solo ve la cara de Tom.

XX

Marco Antonio Alcázar alquila un auto en el Aeropuerto de Mendoza. No le importa cuál, solo pide el más grande que tengan y pasa su tarjeta de crédito sin preguntar el precio. Sube y arranca. La última llamada lo ha dejado pensando. La voz que le contestó no era la de Andrada. Lo hubiera reconocido de inmediato. Enciende un cigarrillo y deja caer la ceniza en el asiento. Desde el asesinato de su hijo no ha cesado de buscar a Tomás y ahora está a punto de dar con él. Tiene la certeza que se esconde en Mendoza y él, más que nadie, sabe los lugares por donde puede encontrarlo. Alcázar ya es un cazador con experiencia y conoce que toda presa en algún punto se rinde ante su verdugo, deja de huir para petrificarse frente a la cegadora luz de la muerte.

XXI

Esteban se arrodilla y busca explicaciones en la mirada del que está en el suelo. Se encuentra un poco más repuesto. La primera imagen de un hombre semimuerto da paso a alguien que sobrevivirá con algunas secuelas. Comienza a mover las piernas, de a poco, como saliendo de una parálisis. Lo único dañado seriamente es el brazo derecho que está roto. Flexiona las piernas lentamente y nota que tiene movilidad. Abre y cierra la boca para comprobar que ningún hueso de la mandíbula está quebrado. Solamente ha perdido dos dientes. Esteban lo interroga, le pregunta cómo se llama. Tomás, responde. Tomás Andrada. Luego ya un poco más resuelto agrega: tengo que salir de acá, me están buscando, me quieren matar.

Esteban, aún con el celular de Tomás en la mano, acuclillado a su lado, no sabe que decir. 

Tomás repite: me van a matar, sácame de acá! Hay miedo en su tono imperativo pero también Esteban reconoce en la voz de Tomás una energía que nunca antes había sentido, una forma de ser muy distinta a la que él está acostumbrado. Nadie  en su trabajo ni en sus vínculos sociales habla de esa manera. Esteban siente como cada palabra que el otro pronuncia es un estallido de violencia, un desgarro, una punción de odio que lo estremece.

Tiembla. Tiene miedo. Alarmado y ya cada vez más lejos de EEUU decide llamar a la policía. Deja el celular de Tomás en el suelo y toma el suyo. Mientras lo desbloquea le dice a Tom lo que va a hacer, que lo mejor es llamar a la policía y a una ambulancia. Tom, de un violento zarpazo, con su mano sana, le arrebata el móvil que va a estrellarse contra el tronco de un árbol cercano. Y sin dudarlo, en cuestión de segundos, saca de su mochila la ametralladora FMK 3 9 milímetros y apunta desde el piso a Esteban, directo a su cara.

XXII

Sin dejar de apuntarlo, de un salto, se pone de pie. Trastabilla, hace equilibrio con el brazo firme que sostiene el arma y el otro, roto, pegado al cuerpo. Tarda un momento en estabilizarse. Siente fuertes dolores. Cierra con fuerza los ojos para mitigar el sufrimiento. Repasa mentalmente las lesiones. Ninguna es gravísima. Sólo el brazo le preocupa. Abre los ojos.  Se siente un poco mejor. Mira al frente, al final del caño de su arma la mirada llorosa de Esteban sumido en un letargo de angustia.

XXIII

Alcázar conoce la Ciudad muy bien. De la última vez que estuvo no ha habido grandes cambios.  El más llamativo es que a los costados de la ruta que lo lleva desde el aeropuerto, haciendo las veces de telones, crecen frondosas plantas verdes que tapan las villas  que se erigen a la vera del camino. Con vegetación el Estado ha escondido la pobreza. Ahora los turistas que llegan no pueden ver más allá de un decorado perfectamente ubicado para camuflar la realidad.

Alcázar conduce con ambas manos en el volante. La vista fija en el tránsito y la mente mucho más allá. En un universo paralelo a esa muchedumbre que lo rodea. Piensa en que está cerca de terminar con Tomás Andrada y con ello lograr que su sufrimiento, aunque perpetuo, logre algo de descanso. 

Se desvía por la calle que transitó miles de veces, la que lo lleva directo al Barrio Santa Evita. Allí sus padres ya no viven. Cuando logró un crecimiento económico los sacó de esa barriada y los llevó a vivir nuevamente a Bolivia. Pero en ese barrio todavía queda mucha gente que lo conoce y que sobre todo daría cualquier cosa por ver a Tomás Andrada muerto. Tomás y el Potrillo, para salir de la cárcel hicieron un pacto con el Juzgado en el que no sólo entregaron a Alcázar sino también a gran parte de los dealers de la zona. Con ello lograron una reducción importante de la pena y salir en libertad. Y así fue como muchos de quienes eran sus segundos en las transacciones terminaron encarcelados y jurando venganza eterna para los traidores. Algunos de ellos, habiendo cumplido sus condenas regresaron al Barrio para retomar, de a poco, sus operaciones. Después de la muerte del Potrillo, Andrada había enloquecido buscando responsables. Si bien sabía que Alcázar era el que tenía todas las posibilidades de ser quien ejecutó las explosiones, se dirigió al Barrio Santa Evita y, con la ayuda de algunos hombres leales, interrogó a varios de los que habían participado en sus negocios. Andrada en su fuero íntimo sabía que el que había hecho estallar la casa con el Potrillo dentro era Alcázar, pero en el fondo tenía alguna esperanza que esto no fuera así y que hubiera sido alguno de los delincuentes de poca monta del barrio. Tomás no le temía a nada ni a nadie, solamente a Alcázar le tenía un miedo paralizante porque lo conocía, y sabía que cuando una persona no tiene alma es capaz de cualquier cosa. Y Alcázar no tenía alma. Interrogó uno por uno a los cabecillas del barrio. No le resultó difícil encontrarlos. Sabía todos los movimientos de gente que no cambia sus rutinas. Paraban en la misma esquina del mismo barrio durante toda su vida. Un día llegó con 10 de sus soldados en 5 camionetas y a la fuerza los subió de a uno y los llevó al desierto de Lavalle. Anduvieron más de 40 kilómetros por dunas de arena alejándose de la civilización y acercándose al calor impiadoso de la aridez. Y allí ninguno confesó haber sido el culpable y todos lo sindicaron a Marco Antonio como el responsable. Entonces los torturó hasta matarlos o dejarlos inconscientes para ser comidos por los animales carroñeros que abundan en la zona. Por eso cuando Alcázar llegó al Barrio esa mañana, los que no habían sido asesinados por Andrada y los amigos de los muertos, lo estaban esperando con los brazos abiertos. Más fuerte que un deseo de venganza son varios deseos de venganza juntos. Desde la matanza del desierto los del barrio habían jurado no descansar hasta terminar con Andrada pero no lo lograron encontrar. Sabían que había viajado al Norte, pasando por Zampaya matando al hijo de Alcázar y algunos informantes les habían dado datos precisos de que se encontraba nuevamente en Mendoza, escondido en una casa en las afueras. Alcázar recibió toda la información y rechazó ser acompañado por alguno de ellos. Él debía vengar la muerte de su hijo y lo haría solo. Salió del barrio manejando el auto con la certeza de que encontraría a su presa y con dos pistolas 9 milímetros y cientos de balas que le proveyeron los aliados del barrio.

XXIV

Sacá un pañuelo y atámelo para poder colgar el brazo roto, le dice Tomás a Esteban mientras le alcanza la mochila con la misma mano que empuña la ametralladora sin dejar de apuntarlo. Esteban obedece. Aún temblando logra sacar del bolso un pañuelo que cruza por la nuca de Tom pasándolo por debajo del brazo sano haciendo un nudo en la espalda y con ello una especie de cabestrillo para que pueda descansar el herido. Al hacerlo roza con su cara el caño de la ametralladora. El frío del acero contrasta con el calor agobiante de la mañana.

Ahora vamos a buscar tu auto, ordena Andrada mientras con el arma empuja a Esteban para que comience a caminar. La clara luz de la mañana los encuentra avanzando a través de la maleza, Esteban medio metro más adelante que Tomás quien lo secunda sin dejar de apuntar.  El andar de ambos es lento. Con todo lo sucedido, Esteban había olvidado la torcedura de tobillo que sufrió. Un dolor punzante que sube por la pierna ahora se lo recuerda. Tomás también renquea. El fuerte golpe recibido al ser atropellado ha dejado secuelas.

Intentan evitar la calle, para no ser vistos, entre yuyos, surcos y ramas marchan con pasos firmes, pensando cada avance. Esteban no se detiene, encabeza la marcha como un soldado, obligado por el arma que lo apunta busca su auto. Recorre con la mente estas últimas horas, el accidente, el intento de huída, el regreso al lugar, el tobillo roto, Tomás al que creía casi muerto que ahora lo apunta con una ametralladora. El tiempo ha pasado rápido, aunque no sabe con certeza qué hora es. Sabe que perdió el vuelo, y con él su oportunidad laboral. Tiene la garganta seca, no ha bebido nada desde la última copa de champaña en la cena con sus compañeros de trabajo hace tal vez más de siete horas.  Está transpirado pero tiene frío, está sucio, manchada la ropa con sangre, el pantalón ajado, una lágrima desciende por su mejilla, dando paso a otras que la siguen persistentes hasta perderse en el suelo arenoso. Su vida ha cambiado para siempre, piensa.

Encuentran el auto. Está con la puerta abierta y las ruedas enterradas en el fango. Esteban se detiene y lo mira con atención, como si no lo reconociera. Tomás lo saca de la ensoñación con un  fuerte golpe en la espada con el arma y al mismo tiempo que lo empuja a entrar. Se sienta en el asiento del conductor mientras que Tomás se sube al del acompañante. Ha sido invadido por mosquitos que se han posado en el interior. Al sentir la presencia invasora de los dos sujetos que con aspavientos intentan desalojarlos, comienzan un revoloteo ensordecedor hasta que desaparecen. Las llaves han quedado puestas. Manejá, ordena Tomás clavándole el caño de la ametralladora debajo de las costillas. Esteban siente el puntazo. Aprieta firme las manos sobre el volante y arranca. Tiene que acelerar a fondo para avanzar, el piso es blando en esa parte y el auto se hunde. Tomás se pone nervioso y aprieta con más fuerza el caño contra el abdomen de Esteban. El auto gira sobre sí mismo dejando una estela de barro a su paso. Por la velocidad que toma, Esteban pierde un momento el control y están a punto de impactar contra un árbol. Sus cuerpos bambolean chocando entre si y el dedo de Tomás aprieta el gatillo sin querer y una ráfaga de balas da contra el techo. Justo a tiempo logra esquivar el árbol y salir a la ruta. Detiene por completo el auto y se da cuenta que se ha orinado encima. Como si nada hubiera pasado, Tomás vuelve a apuntar y con un gesto ordena que reanude la marcha.

Pero no lo hace. Queda estático. Las detonaciones han dejado a Esteban con un zumbido en los oídos que le dificulta escuchar lo que pasa alrededor. Tomás le habla pero no logra escuchar. Ve como el otro abre y cierra la boca con énfasis, diciendo palabras que no oye, mientras que con la ametralladora hace el gesto de avanzar. Pone primera, y aún sordo, se dirige en dirección contraria a su casa.

XXV

La dirección que le han dado Alcázar, donde supuestamente Tomás está oculto se encuentra alejada de la ciudad, a unos 40 kilómetros y es una zona donde Andrada recurría cuando tenía que esconderse de algo o de alguien. Donde nadie lo buscaba y podía estar en calma. Siempre iba sólo. Nadie conocía ni siquiera cercano a qué quedaba. Ni Marco Antonio había ido alguna vez. Era el mayor secreto que Tom guardaba celosamente. Siempre que Tomás iba hacia allí lo hacía en soledad y sin dar explicaciones de su paradero. Con el tiempo y los años de amistad, Alcázar logró conocer aproximadamente el lugar, pero nunca con precisión. También supo que había construido una casa pero nada más. Los trabajos de inteligencia realizados por los secuaces de Alcázar habían dado resultados obteniendo la ubicación exacta de la guarida. Ahora siente que está más cerca. La información que ha obtenido lo lleva por un camino de Autopista por varios kilómetros hasta doblar en una calle secundaria, más angosta y con frondosos árboles a los costados enmarcándola para dar paso luego a campo fangoso, a un humedal que termina en un zanjón seco. Según las indicaciones recibidas para llegar a destino debe girar a la izquierda por una calle de tierra. Así lo hace. Es angosta y difícil de transitar por la cantidad de irregularidades del piso. Muchas piedras y pozos dominan el camino. Disminuye la velocidad. Transita casi a paso de hombre. La soledad del lugar y a la vez lo poco amigable de la zona lo hace pensar en que sólo un loco como Tomás puede haber construido una casa allí. Fue su amigo, llegó a conocerlo como pocos, lo admiró y juntos hicieron un gran imperio del que quedan solo cenizas mezcladas con sangre. Ya nada queda de aquéllos días en los que eran inseparables socios, los tres, junto a el Potrillo. Luchaban espalda con espalda contra todo el que se les opusiera, ya fuera policía, transa, político o cualquiera que osara atacar su fortaleza. Hoy el Potrillo está muerto, sus riquezas menguaron y Marco Antonio Alcázar busca desesperadamente a Tomás Andrada para matarlo, para vengarse, para saciar algo de su ira. El cazador detrás de su presa. Cada vez más cerca.

XXVI

Esteban conduce lentamente su Toyota Corolla que con cada pozo o piedra por el que pasa se zarandea. No puede ir más rápido por la irregularidad del terreno. Ese auto no es apropiado para ir por ese lugar al que se accedería más fácilmente en camioneta. Pero no hay vuelta atrás. Debe conducir porque Tomás lo apunta, le dice que falta poco. Que donde la calle se termina ahí llegan a destino. A los pocos metros se hace intransitable. Esteban detiene el auto. Mira hacia adelante y lo único que puede ver es más vegetación desordenada, virgen, como si nunca un humano hubiera pasado por allí. Tomás rompe el silencio, bajá, le dice, mientras él desciende por su puerta. Al hacerlo y erguirse siente los dolores de los golpes recibidos. Esteban baja. Al pisar el suelo el tobillo roto le hace dar un pequeño grito de dolor. 

Caminá para allá, atrás de esos sauces está mi casa. Dice Tomás y comienza a caminar delante de Esteban que lo sigue muy de cerca. Caminan por un sendero que a simple vista no se veía. El calor,  la humedad y los mosquitos que sale de la vegetación se vuelve intolerable. Cada paso es un sufrimiento. Llegan a los sauces que Tom había señalado con la punta de la ametralladora. Atrás de estos árboles se erige una casa de un piso, chica, pero evidentemente muy bien construida. Es como una rectángulo. Chata. Una ventana a cada lado de la puerta de entrada y con rejas que cubren cada abertura. No está pintada. El color es el del cemento. Rodeada de yuyos salvajes que evidentemente no han sido cortados jamás. A un costado hay una camioneta estacionada. No parece que hubiera nadie más. Dos perros  de gran tamaño, rodwailer tal vez, salen de la maleza y se les acercan ladrando furiosos y mostrando los dientes. Basta que Tomás haga un gesto con la mano para que se calmen y comiencen a olfatear a Esteban. Andrada abre la puerta y entra. Los perros lo siguen. Esteban queda solo, parado en el medio de ese gran jardín selvático.

Tomás, asomado por una de las ventanas le dice que entre. Entra. El interior está desprovisto de cualquier comodidad. Una mesa con dos sillas y un ventilador de techo que gira sin parar. Una heladera. Una cocina con mesada y nada más. No parece que allí se reciba a mucha gente. Al final de ese espacio, una puerta que lleva a otra habitación. Tomás está de pie, con un blíster de medicamentos en la mano, Toma tres pastillas juntas empujándolas con un trago de cerveza que bebe directamente de la botella. Saca de la heladera otra y se la da a Esteban mientras le dice que se siente en una de las sillas. Esteban la bebe sin parar. 

XXVII

Detiene el auto a unos metros del de Esteban. Baja en silencio. Camina. Cada paso es dado con calma, pisa lento, apoya el pie suavemente para no llamar la atención. Se acerca al Corolla que ha quedado con la puerta del acompañante abierta. Al menos dos personas, piensa mientras posa la mano sobre el capot y lo siente caliente. Seguramente han llegado muy poco tiempo antes que él. 

Avanza en dirección a los sauces. Según las indicaciones recibidas ese es el lugar del escondite de Andrada. El pulso de las sienes se acelera. Una pistola en cada mano. Se detiene y saca el seguro de ambas. Lleva el dedo índice al gatillo y lo acaricia para ver la sensibilidad. Pareciera que las dos están en buen estado. Retoma el andar. Recorre con cautela los siguientes metros hasta llegar al sendero que se inicia un poco más adelante. Entre yuyos altos que le llegan casi a los hombros, llega al fin de esa pequeña huella. En frente los sauces que rodean la casa. Se detiene por completo. Las manos, empuñando las armas, al costado del cuerpo. La vista fija en la casa. A unos cien metros. No ve ningún movimiento. Agudiza los oídos pero solo el sonido de los pájaros le llama la atención. De la nada, intempestivamente, como por arte de magia, los dos perros le saltan encima y lo atacan ferozmente. No los vio llegar, no sabe por dónde aparecieron, no los escuchó y ahora uno de ellos muerde su brazo izquierdo obligándole a soltar el revólver que cae al piso y el otro hace lo propio con la pierna derecha. Mira su mano libre que empuña el arma, no duda, apunta y dispara dos veces. El perro que mordía el brazo cae de bruces y se retuerce unos segundos hasta quedar inerte. El otro, absorto por las explosiones, deja de morder y levanta la cabeza mirando a Alcázar que gatilla dos veces más dándole entre los ojos. 

Las mordeduras han sido profundas, llegaron a traspasar la carne. De su brazo y pierna chorrea sangre. Caen pesadas las gotas rojas sobre los cadáveres de los perros que yacen a sus pies.

XXVIII

Esteban siente los dos primeros disparos y suelta la botella de cerveza que cae al piso y se hace añicos. A las segundas detonaciones queda tieso mirando a Tomás que se acuclilla para quedar bajo la ventana y poder ver hacia afuera y a la vez cubrir su cuerpo de posibles disparos. Con la ametralladora en la mano sana rompe el vidrio de la ventana y apunta a ningún lado. Ha sido sorprendido en su lugar. Sabía que Alcázar lo buscaba y que, tarde o temprano, daría con él. En cierta forma esperaba ese momento. Su deseo de terminar con todo de una buena vez, tal vez fue el que hizo que se expusiera volviendo a Mendoza y mostrarse en algunos lugares para que Marco Antonio lo encontrara. Quería que esto acabase. La única manera de empezar de nuevo era con Alcázar muerto. No había otra salida. Mientras los dos estuvieran vivos no había lugar para ambos. Sabía que matar al hijo del boliviano había sido un error. Quiso vengar la muerte de su amigo Potrillo pero equivocó la fórmula. Haciéndolo firmó su sentencia de muerte. Alcázar estaba enceguecido y no se detendría hasta verlo muerto. Aunque esto podía jugar a su favor. Marco Antonio no pensaba las consecuencias de sus acciones. Lo único que quería era acabar con Tomás y así avanzaba sin dudar los pasos que daba. Así, ahora está parado a cien metros de la casa de Tom, con un brazo y una pierna ensangrentados, en una mano una pistola, a sus pies dos perros muertos y Tomás que le apunta desde la ventana.

XXIX

Tomás se apoya con el brazo lesionado contra la pared para apuntar por la ventana. Cada vez duele más y le cuesta mantener erguida el arma. Apunta directo a Alcázar. Si bien la distancia no es mucha se encuentra incómodo. Trata de sostener con firmeza la ametralladora pero el cuerpo le tiembla. No duda. Aprieta el gatillo  y la fuerza de las detonaciones lo tira hacia atrás. Cientos de pájaros abandonan los árboles. Vuelan temerosos sin rumbo para escapar de los ruidos que invaden su habitad. Las balas pasan cerca de Alcázar que reacciona tirándose al suelo. Acostado en el piso, se cubre tras los cadáveres de los perros, usándolos de escudo. 

XXX

Esteban en el medio de la habitación, de pie, mira a Tomás que ha caído al suelo por el culatazo del disparo. Piensa en todo lo que ha vivido en las últimas horas. Cree que no es capaz de unir los hechos que se le aparecen en su mente como fotos lejanas, como recuerdos de momentos que no está seguro si los vivió o son parte de una pesadilla. Quiere escapar. Este podría ser el momento. Tomás está tirado, ha soltado el arma que ha ido a parar a un  metro de distancia. Pero Esteban no sabe qué es lo que le espera afuera. Si abre esa puerta y echa a correr, ¿con qué se encontrará del otro lado?. Duda unos instantes. Tomás lo mira como sospechando lo que piensa. Estira la mano para agarrar la ametralladora pero en ese instante Esteban toma una de las sillas, la levanta y la parte en la cabeza de Tom que empieza a sangrar profusamente y pierde el conocimiento. 

Esteban toma el arma del suelo. Es la primera vez en su vida que tiene una en sus manos. Piensa que cualquiera que pudiera verlo se daría cuenta de ello. Intenta pensar en cómo la usaba Tomás para imitarlo. Con la mano izquierda toma el caño y con la derecha la culata, apoyando el dedo índice en el gatillo. Quiere escapar. Todavía puede volver a intentar el viaje a EEUU. Si logra salir rápidamente sólo tiene que subir al auto y llegar a su casa. Tal vez pierda el vuelo pero podría reprogramarlo para el siguiente. Pero, ¿qué o quién está afuera?. ¿Habrá Tomás dado en el blanco y ya no habrá peligro?. Mira al suelo, Tomás comienza a volver en sí. De a poco abre los ojos, aturdido. Mira hacia arriba y ve a Esteban que lo apunta con su arma. Intenta decirle algo pero éste lo golpea con ella. Tom vuelve a caer semi inconsciente. Esteban se asoma cauto por la ventana, no ve ningún movimiento. Abre la puerta y sale. Con las dos manos sostiene la FMK 3, le pesa sobremanera pero la afirma contra su hombro con fuerza. Camina lento en dirección a su auto. El dedo en el gatillo. La mente nublada. El sol de media mañana en los ojos.

XXXI

A Marco Antonio le zumban los oídos. Las balas pasaron cerca. El silencio se apoderó del lugar. Ya no escucha el cantar de  los pájaros y mucho menos el ladrido de los perros. Solo oye el silbido que viene de dentro suyo. Está acostado en el suelo pantanoso, todavía tiene los cuerpos de los perros encima a modo de escudo. Se los saca de un empujón y se pone de pie. El sol da fuerte en la nuca. El brazo y la pierna sangrantes se han cubierto de lodo podrido al igual que su ropa. Mira al frente, caminando hacia él, un tipo que renquea de una pierna, con la camisa y el pantalón ajados y ensangrentados, en zigzag, se tambalea como borracho, porta una ametralladora automática que mueve elípticamente de un lado a otro como queriendo hacer puntería a mil blancos a la vez. Marco Antonio duda. No sabe quién es esa persona  y no entiende por qué aún no le ha disparado ya que está desarmado y parado en el medio del descampado. Recoge rápidamente las pistolas que habían caído al suelo y apunta directo a la cabeza de Esteban.

XXXII

Tomás vuelve en sí. Se recupera del golpe. La cabeza le duele demasiado para pensar y el brazo quebrado le irradia un dolor que se asemeja a un shock eléctrico que recorre todo el cuerpo hasta los pies. Con dificultad se pone de pie. No sabe qué ha pasado ni por qué aún está vivo. Pero se alegra de estarlo. Mientras busca la ametralladora recuerda que la última imagen que tiene es la de Esteban empuñándola. Llega al mueble de la cocina y abre una de las puertas, allí tiene guardado un revólver. Lo saca, lo carga y empuña. Por unos segundos se detiene y observa la escena. Como si el tiempo se hubiera detenido para que él pudiera fotografiarla. Mira por la ventana y ve a Marco Antonio apuntando con una pistola en cada mano hacia su dirección. Pero en el medio se interpone Esteban que camina alocadamente hacia Alcázar con la ametralladora que le ha quitado momentos antes. La imagen es grotesca. Marco Antonio sangra por su brazo y pierna y tiene todo el cuerpo embarrado como si se hubiera camuflado para adentrase en la selva. Esteban por su parte se asemeja a un linyera vestido con andrajos, sangre seca y la mirada perdida. Y él, Tomás, dentro de la casa, concluye la imagen con un brazo roto sostenido por un arnés improvisado, golpeado en todo el cuerpo y en la mano sana un revólver calibre 38 que mira y le saca el seguro y gira el tambor para corroborar que esté cargado. Un fuerte estallido lo saca de sus pensamientos. Esteban está disparando ráfagas de cien balas por segundo con la ametralladora automática a cualquier lugar de un costado a otro moviendo sin control el arma. No apunta a nada en especial y apunta a todo a la vez. Alcázar de un salto hace cuerpo a tierra y vuelve a cubrirse con los cadáveres de los perros. Varios cartuchos impactan en los canes perforando la carne que lo protege. Tomás debe decidir qué hacer. Piensa que lo peor es quedarse encerrado en la casa. Sería presa segura de Alcázar o de Esteban que en este momento se ha vuelto un arma letal. Con el revólver que tiene no podría aguantar mucho tiempo defendiéndose. Ha quedado desprotegido en su propio lugar. Mira hacia el costado de la casa y ve la camioneta. Sale y corre hacia ellas. Esteban ha comenzado a girar sobre si mismo mientras sigue disparando. Una bala impacta en la parte trasera de la pierna derecha de Tomás que cae al suelo. Esteban parece darse cuenta de lo sucedido y detiene su alocada acción bélica. Tomás, en el suelo, mira su pierna sangrar y constata que la bala entró y salió sin afectar el hueso. Dolerá pero no será grave, piensa. Apunta con el revólver a Esteban y dispara una vez. La bala da en el hombro. Parece haberlo rozado solamente. Esteban vuelve a disparar pero ahora lo hace con un único destinatario: Tomás. Tomás se levanta raudamente y semi agachado corre renqueando hacia la camioneta. En el momento que está llegando a destino siente el impacto de una bala en la espalda. Vuelve a caer. El dolor es punzante y permanente. Duele como nunca. Trata de serenarse y pensar. Intenta mover su cuerpo como chequeando si cada uno de sus miembros funciona o si alguno está averiado gravemente.  Decide que puede seguir. El dolor en la espalda cada vez es más fuerte pero no logra inmovilizarlo. Llega a la camioneta y sube. Marco Antonio, aún tirado en el suelo cubierto por los perros muertos, aprovecha que Esteban ha fijado su atención en Tomás, y se repone. Con una pistola dispara apuntando a Esteban y con la otra a Tomás que desesperado sube a la camioneta. Una bala impacta en el parabrisas y lo destruye en mil pedazos. Varios de los vidrios dan en el rostro de Tom y se incrustan en él. Uno de ellos ha dado en el ojo derecho perdiendo la visión. Debe forzar la vista con el otro para mirar hacia adelante. Ve que Esteban cae al piso, seguramente ha recibido un balazo de Marco Antonio. Ciego de un ojo, con un tiro en el espalda y otro en la rodilla, arranca la camioneta y acelera al máximo. Llega al lugar donde yace dolorido Esteban, en el suelo, en posición fetal. Tomás no duda. No frena. Pisa al máximo el acelerador y pasa por encima de la cabeza de Esteban que cruje como un árbol seco al caer. Pierde el dominio de la camioneta y desviándose hacia los sauces que delimitan la casa y se estrella contra uno de ellos. Su cuerpo sale despedido por la ventanilla delantera golpeando primero contra el árbol y luego cayendo al suelo. Pierde el conocimiento. Marco Antonio cada vez sangra más de la pierna mordida por el perro. Pero puede caminar lentamente. Se acerca a Esteban, solo queda un cuerpo con un charco de sangre en el lugar que antes había una cabeza. Sigue, llega hasta donde está Tomás y se detiene justo sobre él. Parado encima, un pie a cada lado del cuerpo de Tom. En ese momento Tom recobra el conocimiento, abre el ojo sano y ve como Marco Antonio desde ariba apunta con dos pistolas 9 milímetros a las que el sol de media mañana de ese día luminoso hace brillar. El brillo de las pistolas lo encandila, le molesta, tiene que cerrar el ojo porque lo enceguece, al igual que los doce tiros seguidos que Marco Antonio dispara, uno detrás del otro, todos dando de lleno en Tomás Andrada que ya no abrirá los ojos nunca más. 

XXXIII

El sauce debe tener más de treinta años de vida. Sus ramas son fuertes y anchas. La savia recorre cada una de sus raíces para darle firmeza a un árbol que destila buena salud. Marco Antonio Alcázar desata el pañuelo que Tomás ha usado para sostener el brazo herido y sube al capot de la camioneta. Ata el pañuelo a una de las ramas haciendo un ojal donde entra justa su cabeza para lo que tiene que ponerse en puntas de pie haciendo equilibrio para no caerse. Mira abajo, el cuerpo muerto de su amigo Tomás y más allá el de Esteban, ese extraño que nunca supo qué hacía allí. Y los perros. Se cerciora que el cuello calzó justo, da una última mirada, y por fin, salta.

 Su cuerpo cuelga en silencio. 

Solamente se escucha el sonido del cuello que se rompe.