El Señor dirá de mí: “Estás hecho un turro… Un vago vergonzoso, y eso que fuiste a la universidad.
Te jugaste a los burros y enfangaste en orgías el alma inmortal que yo te di, y arrastraste a tu ángel guardián por los lupanares y Él lloraba tras tuyo, mientras tu bocaza carnicera se llenaba de abominaciones…”
Y lo peor de todo es que yo no se lo voy a poder negar.
LOS SIETE LOCOS. ROBERTO ARLT
PRIMERO
NO LO SOÑÉ
La pérdida de la inocencia traerá belleza a tus ojos. Recién ahora podrás mirar la naturaleza con melancolía.
Del prólogo de Lobo Suelto, Cordero Atado.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
En la ciudad, el calor de esa siesta de noviembre era agobiante. La calle Coló, un desierto en el cual solamente algunos pocos animales vagabundos se atrevían a transitar. Ratas del tamaño de una pelota de fútbol y perros sarnosos daban color a la fauna local. Los negocios cerrados con sus implacables persianas de metal que refractaban el fuego que el sol, sin ninguna consideración, disparaba desde su lugar. Los rayos rebotaban impiadosos en el cartel de publicidad de una cerveza local y morían en los lentes oscuros de Lupus que miraba a través de ellos hacia el otro lado de la calle. Sentado en el cordón de la vereda, sólo, con las piernas colgando hacia la acequia, y en su mano derecha sostenía una cerveza de un litro, la misma marca local que el cartel publicitaba, y que hasta unos minutos antes estuvo fría y ahora su temperatura ya casi se mezclaba con el calor del aire.
Esto parecía no importarle. La mirada fija en la vereda de enfrente, más precisamente en la puerta del edificio de departamentos que se ubicaba justo en línea recta al kiosco en el que tomaba la cerveza mientras fumaba un cigarrillo tras otro. Vestía bermudas negras que le llegaban un poco más abajo de las rodillas, una musculosa del mismo color con un león de Zion con la melena de color rojo-amarillo-verde estampado en la espalda. El pelo rubio rapado a cero y usaba una barba de varios días. No llevaba ojotas. Jamás llevaba ojotas porque, estaba seguro, que siempre cabía la posibilidad de tener que salir corriendo, de tener que verse en la necesidad de escapar, y en ojotas resultaría sumamente complicado. Por eso calzaba zapatillas Topper tenis negras sin medias, como decía Blades “por si hay problemas salir volao….”.
El edificio en el que había posado su mirada databa de ya varios años, tal vez más de cincuenta. Siete u ocho pisos y en cada uno de ellos había al menos diez departamentos. Los pasillos eran estrechos y oscuros y denotaban una evidente ausencia de mantenimiento. No solo las paredes estaban corroídas por el paso del tiempo sino que también, al igual que el piso y el techo, se encontraban sucias por el smog y por los ocasionales habitantes del lugar que habían ido dejando su marca. El olor que circulaba por los lugares comunes era una mezcla a frito, mugre y humos varios.
La mayoría de los departamentos escondía algo. Algo que no se podía contar o que no podía saberse. Algo que estaba muy lejano a cumplir con la ley. Algo de lo que era mejor no enterarse.
Lupus, abstraído, pensaba en la cantidad de momentos que había pasado dentro de ese lugar. A veces buscando sexo pago, a veces comprando marihuana para después revenderla a otros chicos de su misma edad que estaban iniciándose en el tema drogas y no sabían dónde acudir sin peligro y preferían depositar su confianza en él, que, obviamente, gracias a esa diferencia entre lo que compraba y lo que vendía, fumaba gratis. Y algunas otras veces haciendo de intermediario para la compra-venta de algún pasacasete robado.
Los pensamientos de Lupus fueron súbitamente interrumpidos por la aparición de la persona que estaba esperando y en ese momento salía por la puerta principal del edificio. Su nombre era Armando, conocido en el ambiente como el Gato. Habían quedado en juntarse en el kiosco de enfrente a las 3 y media de la tarde.
Eran las 4 y cuarto. El Gato estaba cuarenta y cinco minutos atrasado, pero Lupus sabía que no era buena idea hacerle un reproche por esta tardanza. Es más, ni siquiera había que mencionarle el tema.
El Gato no estaba pasando por sus mejores días. Acababa de salir de la cárcel después de cumplir una condena de doce años por homicidio y algún otro delito más que Lupus no conocía ni le interesaba conocer. Los días siguientes al inicio de la libertad no son fáciles. Retornar a una ciudad olvidada, llena de gente sin rostros o con recuerdos de rostros difusos y con la permanente idea de que la policía está por todos lados acechando para volverte a meter a esa celda apestosa con otros parias iguales que vos. Esos pensamientos rondaban en la cabeza del Gato, por lo cual, Lupus, al verlo, inmediatamente hizo un gesto con la cabeza señalándole su Fiat 147 que estaba estacionado a pocos metros y se levantó del cordón de la vereda y en un mismo movimiento extendió el envase de cerveza vacío y lo dejó en el mostrador del negocio.
Ambos subieron al auto y casi en simultáneo a cerrar las puertas, Lupus había arrancado el motor y comenzado a avanzar por calle Colón. El Gato no cesaba de moverse en la butaca del acompañante. Miraba hacia un lado y a otro y cada tanto hacia atrás, los fantasmas del regreso al penal no lo dejaban de perseguir y evidentemente el encierro en un vehículo no le resultaba cómodo. Era un tipo de unos treinta años, diez más de los que Lupus tenía. Con una altura superior al metro ochenta y lucía en los brazos los característicos tatuajes (mal) hechos en la cárcel, con tinta de birome, casi inentendibles. En el brazo derecho se podía leer la palabra “madre” y en el izquierdo borroneado, tal vez a propósito, se leía, a medias, el nombre de una mujer, algo así como Silvia o Silvana.
Vamos al Barrio Santa Evita –dijo el Gato manteniendo la mirada fija al frente. Lupus giró hacia la derecha por calle Chile hasta llegar a San Lorenzo y ahí tomó hacia el Este. Conducía con precaución, sabía que cualquier infracción de tránsito, aunque fuera menor, podía desatar un encuentro con la policía y eso podría terminar en una requisa del automóvil, averiguación de antecedentes y demás circo policial. La sola idea de ser detenido por la autoridad, por más que supiera que no llevaba nada encima, le aterraba. Eran tiempos difíciles donde mucha gente se estaba quedando sin trabajo, donde desde el gobierno, en nombre de un liberalismo caudillezco, se fomentaba el individualismo. Surgían desde la misma clase media los cartoneros y a las clases más relegadas ya no llegaba ningún tipo de ayuda, relegándolas cada vez más a la peor miseria, y con ello creando una generación entera de subalimentados sin educación y con la imposibilidad de entrar en el sistema. Una generación entera de outsiders.
Lupus manejaba casi sin pensar, conocía a la perfección el camino hacia el Barrio Santa Evita. Luego de llegar hacia el Acceso Este debía seguir por el Acceso Sur, hasta la intersección que lo llevaba directo a esa barriada. Su acompañante no hablaba ni una palabra. Aunque ahora parecía un poco más tranquilo. Seguramente la velocidad que el auto tomaba en la ruta lo hacía sentir más seguro, más libre. Lupus encendió el stereo y desde la más infernal siesta, como un escalpelo que de a poco se va introduciendo en la piel para luego atravesar la carne hasta hacer sangrar, sonó la voz del Indio: “Venía rápido, muy rápido y se le soltó un patín, a él que era rey de esta jungla, se le soltó un patín…”.
Doblaron por la calle principal del barrio. A los costados, un conjunto de casas bajas, pequeñas, pobres, sin pintar, de color cemento. Grises. El único color se lo daba algún grafiti o escudo de un equipo de fútbol pintado torpemente. Siguieron avanzando hasta los monoblocks. Un conjunto de edificios separados uno de otro por un angosto pasillo. Grises, chicos y pobres, igual que las casas, pero más miserables porque se amontonaban casi promiscuamente.
Frená en esa esquina- dijo el Gato señalando una casa en la que se había adaptado una habitación para que funcionara como kiosco y la ventana que daba a la calle era por donde se atendía a los clientes.
Lupus estacionó. Detuvo el motor y el Gato bajó. Esperame acá- dijo y comenzó a caminar hacia el fin de la calle principal. Su silueta se agrandaba con la sombra que proyectaba el sol. Parecía un gigante, pensó Lupus, un diablo gigante. Giró a la izquierda por un pasillo y no lo vio más.
Lupus, todavía sentado en la butaca de su automóvil con el stereo encendido “…su corazón no era un hotel (aunque corría ese rumor) y hoy tiene una entre otras cruces en este bosque siempre cruel…”
Apagó la música y bajó. Conocía muy bien lo que iba a pasar en el próximo lapso de tiempo. Había estado muchas veces en situaciones similares. A veces siendo él el que se bajaba a comprar y otras, como en esta oportunidad, el que se quedaba a esperar.
La cosa funcionaba así: el que tenía la línea, es decir, el que conocía al dealer, en este caso el Gato, dejaba al otro esperando en algún lugar que no pudiera ver ni conocer cuál era la casa a la que se dirigía. Por dos razones, la primera porque el dealer solamente dejaba que a su casa fueran a comprar las personas que él conocía y en las que tenía cierta confianza y estos compradores jamás podían llegar con alguien sin previa autorización. Esto último pasaba algunas veces cuando te presentaban la línea para poder ir a comprar solo, en forma directa. La otra razón que esto funcionara así, es que nadie quería presentar sus líneas para tener el poder de ir a comprar y con ello lograr un rescate, o sea, una ganancia sobre lo adquirido. Siempre una parte de lo que se compraba con dinero ajeno quedaba en el bolsillo del que hacía la transa.
Esta vez, Lupus era el que esperaba. Según le había dicho su amigo Germán, el Gato tenía una línea con la mejor merca recién llegada de Bolivia, lo cual hacía que valiera la pena la espera.
Otra cosa que conocía muy bien era que esto podía durar un rato largo porque si el dealer le ofrecía al Gato probarla, seguramente este accedería y el trámite se dilataría un poco más de lo pensado. Teniendo en cuenta esto, Lupus se dirigió al kiosco y compró un paquete de cigarrillos. Estuvo a punto de comprar también una cerveza pero prefirió no hacerlo. A la policía no le gustaba que se consumiera ningún tipo de alcohol en la vía pública y si pasaban los cobanis y lo veían tomando se exponía a muchas preguntas que no tenía ganas de contestar, como por ejemplo, qué hacía él, sólo, tomando una cerveza en el barrio Santa Evita, uno de los más populares y conflictivos barrios del Gran Mendoza.
Por eso subió nuevamente al auto, encendió un cigarrillo, bajó la ventanilla y fijó la mirada en la esquina por la que había doblado el Gato. No quería llamar la atención. Quería ser invisible en ese momento.
Esa espera era angustiante. La incertidumbre reinaba su mente. Podía pasar cualquier cosa. El Gato era un tipo malo, pesado. Conocido y respetado en el ambiente. Pero los tipos que son reconocidos y respetados en ese ambiente han llegado a ser así a fuerza de ganarse muchos enemigos y de pisar, literalmente, cabezas. Una posibilidad era que cualquier diferencia entre el Gato y el dealer terminara con tiros, con lo cual Lupus iba a tener que marcharse rápidamente para no quedar involucrado. Otra podía ser que justo en el momento que el Gato estuviera dentro llegara la policía y reventara la casa y Lupus iba a tener que escapar, tal vez más rápido, para tampoco quedar involucrado…. En fin, no era una espera saludable….Era angustiante. Y eso era lo que Lupus pensaba, pero la posibilidad de consumir una buena merca valía la pena. Además así era su vida, o en realidad, así llevaba viviendo el último tiempo. Había conocido tipos malos, que le habían permitido acceder a las mejores líneas del lugar, por lo cual gran parte de sus días los pasaba en barrios bajos y en villas miseria junto a gente sin destino alguno. Sin futuro.
Subió el volumen del stereo “…..Dejó un billete que pide a gritos que lo gasten
como una hoja derivo en tu mismo turbio río….”
Otra de las alternativas de esa tensa espera era la de irse sin el Gato. Si pasaba un tiempo prudencial y este no volvía significaba que algo malo podría haber pasado, o la policía o un entrevero dentro de la casa del dealer o lo que sea. Nada debía ser tan importante para no poder tomar la decisión de irse, aún con la pérdida del dinero. Y muchas veces el tiempo pasaba más lento de lo normal y el temor a ser sorprendido se agigantaba en la cabeza del que esperaba, porque no podía conocer lo que pasaba dentro.
La angustia crecía al mismo nivel que subía el calor en el auto. La sensación de ser mirado por infinitos ojos iba en aumento. Cada persona que pasara cerca, en auto, en bicicleta, caminando, podía ser un rati de civil, camuflado de vecino del barrio, en un operativo que tenía como objetivo la casa del dealer donde estaba el Gato y, obviamente, Lupus entraba en esa redada. Nada lo podía salvar.
Cuando comenzaba a hacerse insostenible la espera, cuando el sudor helado le cruzaba la espalda, cuando ya fumaba un cigarrillo atrás de otro, vio que, doblando la esquina de los monoblocks, aparecía la inmensa figura del Gato. Caminaba a paso firme, rápido. Se notaba que no quería llamar la atención. Esto era inútil porque mientras avanzaba miraba de un lado a otro sin cesar girando la cabeza mecánicamente como si fuera un robot en cortocircuito.
La distancia que los separaba era de unos cien metros. Para Lupus, esta caminata fue eterna y para el Gato seguramente también. Interminable. No llegaba más al lugar donde estaba estacionado. Cuando llegó, Lupus ya había arrancado y puesto primera. En un solo movimiento El Gato abrió la puerta-subió-se sentó-cerró la puerta y Lupus avanzó rápidamente siguiendo el camino que lo sacaría de ese lugar y lo llevaría a otro donde, supuestamente, estaría más tranquilo.
El Gato no hablaba.
Una vez que habían salido del barrio Santa Evita Lupus le preguntó cómo le había ido, si había podido hacer la transa. No contestó. Abrió la boca lentamente y sacó de allí una bolsa plástica, transparente, con unos 30 o 40 gramos. Le había ido bien. Mejor tragársela a que la policía se la encontraran encima. Una locura. Pero no iba a volver al penal, de eso estaba seguro.
“…Entre amuletos y talismanes su destino desafió, si su nariz crecía de tamaño prometía más…”.
Recorrieron el camino hacia la casa de Germán en silencio. La tarde comenzaba a tomar movimiento, la inerte siesta iba dejando paso a una cansina manada de trabajadores que, adormilados, marchaban hasta sus rutinas diarias. Despacio, como queriendo esquivar el calor, caminaban hacia la parada de colectivos a esperar el que los depositara en su trabajo.
Lupus notó cómo la fisonomía de las calles iba cambiando a medida que avanzaba. Dejaba atrás los grises barrios periféricos para ir ingresando a una zona de clase media todavía no desbastada. Aquí las casas ya eran más amplias, con jardines, de dos pisos y cochera para guardar el auto familiar.
Manejaba mirando de manera permanente hacia atrás. Usaba los tres espejos de su auto para cerciorarse de que nadie los seguía. Cualquier vehículo era sospechoso en ese momento. La angustia de la espera anterior no había terminado. En realidad, sabía que no iba a terminar nunca. Conducía al lado de uno de los delincuentes más conocidos de la ciudad, con un montón de cocaína encima. Imposible zafar. Si los agarraban estaba frito, lo sabía. (Estás frito angelito).
“No le robaba nunca a nadie, a nadie en especial, ganó un orzuelo de tercer ojo y su nariz sangró…”
Giraron hacia el Este para luego ingresar por una calle cortada a la que desembocaba en la casa de Germán. Era un atajo muy práctico. Lupus pensaba que, como ese camino, su vida transitaba por atajos. Siempre encontraba la manera más corta de llegar a donde quería.
Estacionó frente a la casa de Germán. Antes de parar el motor, miró por enésima vez hacia atrás. No había nadie. Nadie los había seguido y tampoco se veía a persona alguna que merodeara el lugar. Sintió alivio. No estaba seguro del todo, pero si con la idea que ya podía comenzar a disfrutar de una tarde que prometía alargarse hasta el otro día. Lo más atractivo de esas movidas era que nunca se sabía cómo, ni dónde, podían terminar.
Descendieron rápidamente e ingresaron en la casa. Germán los estaba esperando. Era un sujeto alto, de unos 30 años, muy delgado, desgarbado. Artista plástico, diseñador, escenógrafo e iluminador de varias bandas de rock del momento. A simple vista parecía débil, pero tenía una personalidad imponente lo que lo había convertido en un tipo muy respetado en el ambiente. Tenía muy buenos contactos con dealers lo que lo hacía más requerido. Su casa era frecuentada habitualmente por gente del mundo alternativo del arte, escritores, músicos, pintores, quienes pasaban largas horas escuchando música, hablando y obviamente consumiendo todo tipo de drogas.
Era inteligente al hablar, y sus conocimientos sobre arte lo hacían un tipo por demás interesante. Una mezcla rara de intelectualidad con actitud punk en una imagen apacible, un ser más violento de lo que aparentaba.
Apenas entró Lupus en la casa lo invadió el típico olor que despedían las máquinas que Germán usaba para su trabajo, ese olor a plástico, a calcomanía o a libro nuevo que impregnaba todas las habitaciones.
Además del dueño de casa, había dos sujetos más. Lupus los conocía, los había visto allí algunas otras veces y también se los había cruzado en algún otro lado. No sabía dónde. Ninguno de los dos le caía bien, tanto que ni siquiera recordaba sus nombres. Uno, de baja altura, canoso, de unos cuarenta años, con lentes culo de botella, vendedor de libros o algo así. El otro con manchas en la piel, desteñido, también más grande que Lupus y con la mirada ausente. No había nada en ellos que a Lupus le atrajera, pero esto no le preocupaba ya que en ese momento él era el protagonista más esperado.
El Gato ni siquiera saludó. Con sus ojos, abiertos por demás, miraba para un lado y otro como queriendo encontrar en algún rincón de esa casa la tranquilidad que necesitaba. Lupus a su vez lo miraba de reojo, presentía que algo no andaba bien. El Gato posó su vista en la puerta del baño ubicado bajo la escalera. La puerta era de madera pintada con varios colores, seguramente en una noche larga por alguno de los artistas amigos de Germán o tal vez por él mismo. El Gato caminó hasta allí, la abrió y entró. Con un golpe firme la cerró y se oyó el ruido metálico de la llave girando. Una vuelta, dos vueltas.
Lupus se dio cuenta de que se había quedado tildado siguiendo esa acción. Sacudió su cabeza como despertando e inmediatamente se unió a los otros tres que estaban totalmente ajenos a ello. Sobre un espejo que ocupaba gran parte de la mesa de trabajo de Germán habían volcado la merca, una montaña blanca se erigía en el centro y a su costado habían formado cuatro líneas de unos seis centímetros cada una. Germán con una mueca tiesa en la boca, extendió una birome bic a Lupus quien en un solo acto se la llevó a la nariz, bajó su cabeza hacia la mesa y aspiró de una sola vez una de la líneas.
El amargo sabor subió inmediatamente hasta en un solo paso instalarse en su garganta. Para Lupus esta era una de las sensaciones más excitantes. La sola presencia de la merca lo hacía sentirse fuerte, poderoso. Pasó su dedo índice por el espejo recogiendo algunas piedritas dispersas, luego frotó el dedo por las encías. Sabor único. Irreemplazable. Alcanzó la birome a uno de los otros desconocidos-conocidos, al de la enfermedad en la piel que vorazmente se abalanzó sobre el espejo y con un ruido desagradable snifó todo lo que pudo.
Los cuatro comenzaron a mantener una conversación en la que hablaban todos a la vez y se entrecruzaban los comentarios. Mientras seguían consumiendo, tomando cerveza y fumaban sin parar.
Así transcurrió un rato largo. Imposible saber cuánto tiempo pasó. La música de fondo, como un telón transparente, los envolvía y no los soltaba.
Ninguno parecía acordarse de la presencia del Gato hasta que de repente escucharon dos golpes secos que provenían del baño. Germán miró a Lupus quien cerró los ojos un instante como presintiendo que algo malo sucedía. Germán se hizo eco de esa sensación y con dos pasos llegó hasta el baño. Dio un golpe en la puerta, esa de los colores del arco iris que contrastaba con este momento negro que estaban viviendo, y no recibió respuesta.
Gritó: ¡Gato!…. ¿Qué pasa, Gato?
No contestaba.
Esta vez gritó más fuerte: ¡Gato! ¡La puta madre contestame!
Nada.
Germán pateó la puerta una y otra vez, no con la intención de que se abra, sino más bien de descargar su ira.
Lupus y los otros dos sujetos miraban absortos esta situación. Nada bueno podía pasar.
No se escuchaba ningún ruido desde adentro del baño. El silencio se apoderó de la casa. Los cuatro se quedaron estáticos, mudos. Los ojos enormes cruzaban miradas de terror. Ninguno emitía palabras porque nadie quería decir lo que había que hacer: abrir esa puerta.
Germán, decidido rompió el silencio. Pasame esa barreta– le dijo a Lupus. Este le alcanzó un hierro de un metro de largo aproximadamente que Germán utilizaba para trabar la puerta de entrada desde el lado de adentro.
Germán lo encajó entre la puerta del baño y el marco y con un solo movimiento en seco hizo palanca y pudo abrirla. Adentro, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, el Gato desmayado, inconsciente o muerto. De su brazo derecho colgaba una goma de esas que usan los bioquímicos para extraer sangre, con la que aprietan para hacer más visible las venas. Estaba anudada a la altura del bíceps. En el piso, una jeringa vacía. Usada y vacía. Chorreaba sangre.
Germán se acercó a El Gato mientras decía– ¡Se ha estado picando el hijo de puta!
Lupus llegó hasta la puerta del baño y vio esa imagen dantesca: el gigante recién salido de la cárcel, desnudo, tirado al lado del inodoro, con un hilo de vómito saliendo de la comisura de su boca. Al lado, Germán tomándole el pulso. Está vivo- dijo.
Para Lupus esa era una buena noticia. Aunque no sabía cómo iba a seguir ni qué podía pasar. Miró hacia atrás y los otros dos sujetos ya no estaban. El miedo pudo más que ellos y se fueron. Abandonaron. Escaparon sin saludar, como dos ratas, pensó. (El que abandona no tiene premio).
Germán lo miró y se dio cuenta de lo que estaba pensando. Inmediatamente Lupus preguntó– “¿Qué hacemos?”, no tanto para hacer algo, sino para que Germán supiera que él no se iba a marchar y que se quedaría haciéndole el aguante pasara lo que pasara.
Germán entendió. No era momento para hablar nada más. Solamente se limitó a decir “Hay que resucitarlo”.
Salió del baño y caminó hasta la cocina. Lupus lo perdió de vista. Miró una vez más al Gato. La imagen era aterradora y, luego del shock visual inicial, se percató del olor nauseabundo que esa imagen emanaba, mezcla de transpiración, vómito y demás supuraciones corporales junto al encierro.
Germán volvió con un foco color rojo que colocó en la lámpara del baño. Su idea era que cuando El Gato despertara lo hiciera de a poco y en un ambiente cálido. Cerró la puerta quedándose del lado de adentro.
Lupus quedó solo. Miró a todos lados y no había nadie. La música hacía un largo rato que se había apagado. Silencio total. Las ventanas que daban a la calle estaban cerradas con unas persianas que hacían imposible mirar para afuera. Calculó que debían ser como las cuatro de la mañana. No usaba reloj. Y tampoco sabía cuánto tiempo había pasado desde que llegó a la casa. Parecía que el tiempo se había detenido. Caminó hasta una de las ventanas y miró por una hendija, era de noche, el cielo estaba cubierto amenazando con una de esas típicas tormentas de verano mendocinas.
Volvió hacia la mesa donde habían estado reunidos y se sentó en una de las sillas. En el medio aún estaba el espejo con la pala que quedaba. Su primera reacción fue la de agarrar la birome y tomar una línea. Pero desistió. Dejó la bic sobre la mesa y se levantó a buscar una cerveza a la heladera. Se le había secado la garganta y notó que el pulso le temblaba más de la cuenta. Una cerveza le vendría bien. Tomó un vaso de un solo trago y fijó los ojos en la puerta del baño. El silencio era espantoso. Su incertidumbre total. No sabía qué hacer. Si el Gato despertaba y se ponía violento podía correr riesgo su vida y la de Germán. Era un asesino, un loco sin nada que perder. Si no despertaba no podían ir a un hospital ni llamar a un médico. Habría muchas preguntas que no iban a poder-querer contestar. Ni a Germán ni a Lupus le importaba mucho el Gato. En realidad a nadie le importaba qué le podía pasar. Pero estaba ahí, casi muerto en la casa, solo con Germán y Lupus.
Tomó otro vaso de cerveza y se levantó de la silla, no aguantaba estar sentado. Caminó hasta el baño, acercó la oreja a la puerta pero no pudo escuchar nada. Volvió a su lugar. Se sentó. Duró un segundo en esa posición. Se puso de pie y caminó hacia la cocina. Se sirvió un vaso con agua y lo bebió. La garganta seca. Volvió a la sala y una vez más se sentó. Y una vez más se levantó a los pocos segundos. No podía estar quieto, no podía pensar. No sabía qué hacer mientras esperaba que algo sucediera.
La puerta del baño se abrió y de adentro salió Germán, y tras de él, la enorme figura del Gato, tambaleándose, con paso dubitativo, la mirada ausente, perdida. Sus ojos inyectados en sangre se clavaron en los de Lupus durante un pequeño instante que para este fue eterno. Pero nada pasó, parecía que no lo hubiera visto ni reconocido, que nadie existiera en esa casa, que no hubiera nada que le llamara la atención. Que estuviera solo en el mundo.
Germán se dirigió a Lupus y le dijo– Lo voy a llevar a caminar para que baje un poco. Está bien, creo que zafó. Creo que zafamos. Nos cagó la noche nomás- Caminó junto al Gato hacia la calle y se marcharon lentamente por la vereda hasta llegar a la costanera, a ese sendero de cemento que bordea el zanjón.
La imagen era fantasmagórica. De la noche cerrada emergía esa dupla de zombis, Germán alto, muy flaco, demacrado, con un haz de luz de luna sobre su cara que remarcaba aún más sus huesudas facciones. A su lado el Gato, aquel delincuente todoterreno que esa noche quiso avanzar tres casilleros de un solo salto en el juego de recuperar su tiempo perdido.
Lupus los vio desaparecer. Ya no tenía nada para hacer. En un rato más iba a amanecer y el calor se hacía notar. No tenía ganas de seguir allí. Salió, subió a su automóvil, arrancó el motor y condujo por la soledad de la noche.
Al cruzar la costanera por el puente, giró su vista hacia la derecha y una imagen apareció mezclada con los rayos del amanecer: un sujeto flaco y alto que empujaba a un gigante al caudaloso canal.
Aceleró en dirección opuesta. Encendió el stereo, el Indio abría cicatrices, salaba heridas: “… No hubo caricias para su cielo moro…. Y ahora mira crecer las flores desde abajo….
SEGUNDO
TIC TAC EFÍMERO
En el departamento hacía calor. Mucho calor. Pero Ricky no quería abrir las ventanas. Un ventilador de pie, encendido permanentemente, ruidoso y medio destartalado, recirculaba el aire caliente, espeso y enrarecido por el humo. Llevaba dos días encerrado en ese lugar y la sola idea de abrir una ventana lo atemorizaba. La merca lo volvía paranoico últimamente. Las últimas doce horas las había pasado pegado a la ventada que daba a la calle, levantando levemente la cortina, para mirar hacia afuera, escondido, agazapado, esperando ver el auto de policía que lo venga a llevar detenido, un extraterrestre o cualquier otro peligro mortal que, seguramente, sin lugar a dudas, caería sobre él. Ni siquiera se alejaba de la ventana para tomar. Era Lupus el que se acercaba a él con una raya, servida en un espejo, y un vaso de whisky para que no tenga que abandonar su lugar de centinela. Ricky, mandíbula cerrada con fuerza, agradecía con un sonido gutural, imposible de identificar y continuaba mirando hacia la calle. Lupus volvía al sillón y se sentaba. Intentaba leer una revista (la Cerdos) pero solo llegaba al primer renglón del primer párrafo de la primera hoja. La dejaba. Agarraba otra. Lo mismo. Leía sin leer. La hojeaba de atrás hacia adelante. Miraba a su amigo pegado a la ventada. Era imposible intentar un diálogo. Ricky estaba más preocupado por lo que pasaba afuera (nada) que por interactuar con Lupus. Se servía otro trago. Encendía un cigarrillo. Ponía música. Apagaba la música. Se levantaba. Iba al baño. Tomaba una línea. Se sentaba. Le llevaba a Ricky un cigarrillo que fumaba, mirando hacia afuera, a través de la cortina levemente levantada, sin largar el humo, haciendo un esfuerzo para contenerlo en sus pulmones, para no llamar la atención.
TERCERO
UN GUISO MÁS
…….Un día el bote volcó
y el premio a pique se fue.
Todos te daban por muerto
y vos allí en mi remolque
sin luz, como un polizón.
Mirá qué tipo espeso
sumiso como un guiso más
un vago de mil caravanas
a punto de quedar a pie……
De “Salando las heridas”.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
La almohada y las sábanas tiradas en el suelo. La ventana que daba a la calle, abierta de par en par. Lupus en la cama con la vista fija en el techo donde días atrás había pintado con un aerosol negro Luca not dead. Era cerca del mediodía. Recién despertaba y le resultaba difícil darse cuenta qué parte había sido un sueño y cuál era la realidad de lo que había pasado la noche anterior. Le ardían los ojos y sentía un acero que le atravesaba la cabeza, desde la frente a la nuca, de ida y vuelta, sin compasión.
Ocupaba una habitación pequeña en el segundo piso de la casa que alquilaba su tía, con la cual vivía hacía ya varios años. Esta no se interesaba mucho por las actividades de Lupus, ni por su forma de vida, solamente le importaba que la acompañara alguna tarde de cada mes al cementerio.
Ahora en la cama intentaba volver a conciliar el sueño pero le resultaba difícil. El calor extremo del verano, la puntada que sentía en la cabeza y los recuerdos de la noche anterior no se lo permitían.
Se levantó-se vistió-salió.
La calle estaba igual que ayer y que antes de ayer y que mañana y que siempre. Nada cambiaba en su ciudad. Las acequias inundadas de basura como si formaran parte de un pueblo abandonado en el que todos huyeron dejando nada, solo la basura. O al revés, escaparon porque la basura los comenzó a tapar. Esta idea le produjo gracia. Miles de personas saliendo de entre la basura, como ratas corriendo por las calles, chocándose entre ellas, pisando y pasando por encima a los viejos y a los más débiles que no podían mantener el ritmo y llegando por fin a otra ciudad para echar a la gente del lugar y así poder generar más basura hasta que ésta los tape y por fin, tal vez morir asfixiados en un basural enorme instalado en el palacio municipal donde el intendente, desde la cima misma de la montaña de basura, fuma un puro mirando satisfecho por haber cumplido su labor.
Sonrió y encendió un cigarrillo.
Manejó su auto sin dirección. Recorría las calles por las que había pasado millones de veces sin mirar. Casi como si estuviera solo en el mundo, como si a su alrededor no hubiera nada, ni casas, ni árboles ni gente. Nada le llamaba la atención, nada distraía su mirada del frente. Otra vez la misma sensación. Como en sus sueños. Como en sus pesadillas. Correr para no llegar. La soledad en el medio del desierto. La gente que te rodea y mira pero que no te ve. El humo, el ruido, la sangre. Las traiciones. Siempre las traiciones.
El camino lo condujo hasta la casa de su amigo Ricky. Estacionó frente a la puerta, pero dudó en bajarse. No tenías ganas de hablar. Arrancó nuevamente. Otra vez sin rumbo. El stereo sonaba pero Lupus no escuchaba. Su mente estaba en blanco.
Manejó hasta llegar al barrio donde vivía El Gordo. Este lugar no era residencial. Acá no había una clase acomodada. Acá la única clase era la baja. Las casas eran chicas, viejas e iguales. Debían haber pertenecido a algún plan habitacional del Estado en épocas pasadas. Lo que se notaba a simple vista era la falta de cuidado, las veredas con las baldosas rotas desde hacía décadas, las paredes desgastadas y los árboles secos.
El Gordo tenía en el garaje de su casa una verdulería que funcionaba como velo para esconder su verdadero negocio, la venta de merca y faso. Pero cada día que pasaba vendía menos verdura y más drogas. Los cajones de tomates y lechugas estaban vacíos y las balanzas las usaba para pesar lo otro. Lupus sabía que esto pasaba casi siempre. Al dealer dejaba de importarle la pantalla porque se creía impune. A la vez el dealer consumía lo que vendía. Eran las dos reglas más importantes para hacer de esto un buen negocio: no consumir y cuidar la imagen. Nadie las cumplía. El Gordo cada vez estaba más desbocado. Cada vez le vendía a más gente y su casa ya parecía el Mercado Central un sábado a la mañana. Entraban y salían compradores todo el tiempo. Le vendía a gente que apenas conocía. Se estacionaban en la puerta, sin importar que alguien quedara dentro del auto y supiera la dirección y conociera la cara del vendedor. Ya todos sabían a que se dedicaba. (Dealer líder sin frenos). Esto iba a terminar mal. Muy mal.
Lupus miró hacia dentro de la verdulería y, como siempre, no había nadie. Ni para comprar ni para vender verduras. Caminó hasta el final del garaje oscuro en el que a los costados se apilaban cajas con algunas frutas de estación y atados de leña. El olor a banana demasiado madura le hizo dar arcadas. El calor sofocante de ese verano era capaz de hacer madurar hasta una piedra. Llegó a la cortina de plástico viejo que separaba el garaje del patio interno de la casa. El suelo era de tierra, no había ni una planta, solamente una churrasquera (mal) hecha con ladrillos en la que arriba una parrilla grasienta esperaba el próximo fuego. Por el piso, desparramadas varias botellas vacías de vino y cerveza y juguetes desvencijados y sucios que pertenecían a los hijos del Gordo. Las paredes de adobe. El Gordo estaba solo, sentado en un silla rota, que no tenía el respaldo. Era grande, robusto. No muy alto pero sí grande. Gordo. Vestido con una musculosa de esas que son abiertas desde las axilas hasta la cintura, que dejan a la vista no solo los brazos sino también la panza, en este caso, una inconmensurable panza, y un traje de baño hasta las rodillas estampado con flores y tablas de surf. El pelo largo, en la nuca atado, formando una colita. Le faltaban un par de dientes y su imagen en general era desafiante. Esto último contrarrestaba con su voz aguda, casi infantil y con su risa fácil. Era una mezcla rara, no concordaban esas facciones con esa voz y risa. Era como un monstro de una película clase B. Fiero, malo, pero querible.
Al ver a Lupus se levantó de la silla sin esfuerzo. Pese a sus dimensiones era ágil. Se abrazaron e inmediatamente el Gordo lo guio hasta una habitación a la que se accedía desde el patio. El Gordo sacó de su bolsillo un manojo de llaves y con la más grande de ellas, marcada con una cruz invertida, abrió la puerta. Entraron. Lupus ya conocía ese lugar. En varias oportunidades había estado allí. Era el cuarto reservado para hacer negocios, consumir y cualquier otra cosa necesaria vinculada. Oscuro. Increíblemente frío. Desangelado. El Gordo tenía confianza con Lupus, por ello, delante de éste, se agachó y del piso levantó dos ladrillos que tapaban un pozo del que extrajo una bolsa con merca. Un kilo y medio – dijo el Gordo con su voz aflautada, y se rio como siempre.
Cada vez que Lupus se enfrentaba a la merca sentía una adrenalina que lo invadía como si fuera una descarga de corriente que le recorría el cuerpo. Una mezcla de felicidad y nervios que lo ponía alerta. Expectante. Poderoso. Y esta vez no era la excepción. Esta vez era mejor. No era la primera vez que veía tanta junta. Pero tampoco era una cotidianeidad. Sabía que además era pura. Pura en serio. Y que luego de ser estirada por el Gordo se duplicaría su cantidad.
Como si el Gordo supiera que Lupus estaba pensando en eso, dijo: La vamos a patear, pero no acá. Hay muchos covanis dando vuelta. Está peligroso. Vamos a lo del Flaco Pablo. El Gordo, al igual que Lupus, sabía que desde un tiempo le estaban haciendo la iza. Si aún no lo habían reventado era solamente porque su padre era policía y existía un código no escrito entre ellos de no meterse con las familias de los otros ratis. Pero todos sabían que en cualquier momento le caían. Los códigos también tienen límites, esa era otra regla conocida.
El Gordo metió la bolsa en una mochila y tomó de arriba de la mesa el fierro, una 357 que guardó en la cintura. Salieron. Al subirse al auto Lupus le preguntó si iba a dejar la verdulería abierta. El Gordo lo miró y con la voz aguda y la sonrisa eterna dijo: ¿Quién se va a robar algo de acá? Tenía razón, pensó Lupus. Cuatro bananas podridas, medio cajón de tomates peritas, un poco de lechuga y alguna sandía…..No era un buen botín. Además, nadie que lo conociera intentaría robarle al Gordo, al menos nadie gastaría una vida en robarle verdura. Al Gordo se lo respetaba. Con los dealers pasaba eso, se los respetaba mientras duraba su condición de tales, una vez que caían en desgracia, presos o por alguna razón dejaban de vender, pasaban a ser unos seres insignificantes. Pero el Gordo estaba en su mejor momento. Manejaba grandes cantidades y buenas calidades. Su conexión con el Nene Regueiro le aseguraba eso. El Nene estaba un escalón más alto que el Gordo en la pirámide de la droga. Este vendía de a gramos, al por menor. El Nene hacía la venta al por mayor. De a kilos. Eran primos y juntos habían conocido el negocio. Pero el Nene era más inteligente, con mejores modales y gozaba de una presencia mucho más refinada que el Gordo y eso le habilitaba la entrada a muchos lugares. Así había podido conectarse con los que estaban en la punta de la pirámide. Que el Gordo anduviera tan zarpado le molestaba a su primo. Permanentemente le insistía en que debía mejorar el estado de la verdulería para aparentar que realmente le interesaba.
El Gordo no le hacía caso. Se reía. Siempre reía.
Compró una moto nueva, una Honda XR 650. No solo era cara sino que llamaba por demás la atención. Arriba de ella parecía un oso sobre una máquina infernal. Si la idea era pasar desapercibido, estaba lejos de lograrlo. Y al Nene esto no le gustaba para nada. Sabía que él podía salir perjudicado porque estaban muy ligados. Como también sabía que el Gordo era blanco de la yuta desde hacía un tiempo.
Y esto último también era perjudicial para Lupus. Entraba y salía de la casa del Gordo varias veces al día. Los veían juntos en la calle. Al Gordo la policía lo estaba siguiendo desde hacía un tiempo. De eso no quedaban dudas. Los ratis no lo intentaban disimular. Paraban frente a la casa en autos particulares, por lo general en muy mal estado o pasaban en bicicleta por la puerta una y otra vez. El Gordo los saludaba desde lejos y se les reía en la cara. Esto así, no iba bien. Y Lupus sabía que el que estaba cerca de alguien como el Gordo caía dentro de la misma bolsa. La policía lo tenía identificado también. Por eso varios de los amigos del Gordo lo dejaron de ver en su casa y para comprar mandaban a alguien así no quedaban quemados ellos. Lupus pensaba que eso era ser una mierda. Y él no era así. Él se mostraba en todos lados con el Gordo. Orgulloso. Como si su amigo, al que acompañaba por la calle, al que en este momento llevaba en su auto junto a un kilo y medio de merca y una 357, fuera un premio Novel. Un Novel de la venta de merca. Si existiera ese rubro, seguro lo ganaría el Gordo, pensó Lupus.
Manejaba tenso. Era contradictorio. Sabía en la que se había metido y conocía la salida. Pero le atraía mucho ese lugar al lado de un dealer importante y siempre relegaba un poco el distanciamiento y cada vez le resultaba más difícil alejarse. Se había convertido en una relación cotidiana en la que Lupus obtenía muchos privilegios y poder.
El Gordo con una tarjeta de crédito en la mano sacó de la bolsa una punta de merca y se la llevó de un solo movimiento a la nariz. Luego hizo lo mismo pero esta vez el destinatario fue Lupus. Rigidez total. Pisó el acelerador.
Las calles se hicieron interminables. A su lado el Gordo hablando de manera permanente, con su voz de flauta y su risa histérica. Una mano en la bolsa, la otra en la 357. Los ojos de Lupus, de manera frenética, tratando de abarcar lo que hacía su compañero y a la vez mirando hacia los costados y hacia atrás. Todo podía ser peligroso. Todo podía ser policía. Todo era seguro un final atroz. Cualquier auto que se moviera en su misma dirección, dos personas que estaban esperando el colectivo. El vendedor de helados. Todos eran policías de civil en ese momento en la cabeza de Lupus. Se detuvo en el semáforo de calle Paso de los Andes y Armani. Miró hacia atrás, nadie. Hacia la izquierda, solo una parejita caminando por la vereda, absolutamente ingenuos y fuera de cualquier realidad que tuviera que ver con Lupus, ajenos a la bomba atómica que este llevaba en su auto. En cualquier momento podía explotar. Todo se podía ir al carajo. A la derecha, frenado también en el semáforo, a su lado, a pocos centímetros, un móvil policial, blanco y azul. Con sirenas y balizas y dos policías dentro. Sabía que esos no eran los que buscaban a gente como el Gordo y como él. Sabía que los que iban tras él no se vestían de policías, se disfrazaban de personas. Podían aparecer vestidos con bermudas, remera, pelo largo y barba. Se mimetizaban en los bares, en los recitales, en los barrios, pero jamás usaban ese uniforme con olor a rancio. Lupus volvió rápidamente su mirada hacia adelante y respiró hondo, se sentía observado. Sentía que el Gordo llamaba la atención. No quería volver a mirar a la derecha pero lo hizo. Mirar como si nada pasara era una buena estrategia. Los ratis estaban en otra. Se reían y fumaban. Lupus y el Gordo no existían para ellos.
El semáforo dio verde y giró aliviado. Llegaron. Estacionó a unos cincuenta metros de la casa del Flaco Pablo. No era buena idea dejar el auto justo frente a la puerta. Antes de bajarse el Gordo sirvió nuevamente dos tiros, generosos, uno para cada uno. La mente alerta. Caminaron hasta lo del Flaco. La casa de Pablo no tenía frente. Sólo era la puerta, angosta, por donde se entraba a un pasillo igual de angosto que la puerta y por el que, luego de andar unos treinta metros se llegaba hasta la casa. Justo en el corazón de la manzana. Era un departamento interno, precedido de un pequeño patio embaldosado. Lupus y el Gordo en la puerta. No había casi movimiento en la zona. El Gordo tocó el timbre. Sonó lejos. Lupus no podía quedarse quieto en el lugar, se dio cuenta de eso e intentó contenerse. Miraba la bolsa del Gordo. Era una bolsa común y corriente a los ojos de cualquiera, pero Lupus veía a través de ella y lo que veía lo asustaba. Miró hacia la calle Paso de los Andes y girando hacia ellos, un auto, un Renault 9 blanco sin patente. La yuta, pensó. Típico auto de los de toxicomanía. Repintado mil veces, vidrios polarizados, imposible confundirlo. Aminoró la marcha. Lupus petrificado. El Gordo no miraba. Se tocaba la cintura donde tenía el fierro. El Flaco Pablo no atendía. El auto pasó despacio frente a ellos. Vidrios negros. No se veía nada para dentro. Pablo no llegaba a abrir la puerta. Lupus quería correr. Estacionó unos metros más adelante. Se abrieron las puertas delanteras. El Gordo y Lupus listos para lo que fuera. El Gordo con la mano en la 357. Salió una pareja con un bebé y sin siquiera mirarlos entraron a un negocio de comidas.
Lupus cerró los ojos. El Gordo se rio. El Flaco Pablo abrió la puerta. Pasen dijo.
Caminaron el pasillo. Adelante el Gordo cargando la bolsa, seguido por Lupus y atrás el Flaco Pablo. Era alto, metro noventa, delgado. Pelo muy largo y lacio. Metalero como pocos y gran dibujante de comics. Vestía bermudas de jeans recortado y una camisa de mangas cortas abierta, que dejaba ver la gran cantidad de tatuajes que tenía en su cuerpo.
Al final del pasillo, el patio de baldosas, cuadrado, sofocante, con un árbol añoso como único ser vivo del lugar, dando un poco de oxígeno con su sombra. Era raro que semejante árbol, de una altura superior al techo del departamento, pudiera subsistir ahí. Pero estaba, frondoso y verde.
Entraron al departamento. Dos habitaciones y una cocina comedor donde el Flaco tenía su mesa de trabajo llena de bosquejos de historietas. Miles. Empezadas y todas por terminar. Mezclas de superhéroes y tiras pornos. Personajes del hampa y del bajo mundo. Juntos sobre la mesa esperando la tinta china que les dé el toque final. Los apiló para luego meterlos en una caja de cartón que estaba a un costado en el suelo. Ahí pasarían mucho tiempo sin ser rescatados. Miles de historias dispuestas a ser contadas, pensó Lupus.
El Gordo, sin decir una palabra, abrió la bolsa y la dio vuelta sobre la mesa. Una hermosa montaña blanca se formó sobre las manchas secas de tinta negra. Los tres alrededor, en silencio, respetando la dominación que esa presencia ejercía sobre ellos. El poder que irradiaba la merca los encantaba.
El Gordo rompió el encanto. Son todas piedritas- dijo. Y con la tarjeta de crédito molió algunas para luego formar tres líneas. Enrolló un billete y se lo alcanzó al Flaco que tuvo que encorvarse demasiado para llegar a la mesa.
Tomaban cerveza y merca. Ninguno se sentaba. Conversaban parados alrededor de la montaña. Encendían cigarrillos que consumían en dos pitadas o los dejaban en el cenicero olvidados y encendían uno nuevo. El tiempo pasaba y parecía que el objetivo principal, estirar el kilo y medio, lo habían postergado hasta nuevo aviso.
Hablaban sin parar y sin escucharse. La cerveza se acabó. Había que salir a comprar más. Yo voy, dijo Lupus. Los otros le dieron algo de dinero y caminó por el estrecho pasillo hasta la puerta de salida. Salió. Sin darse cuenta había caminado la cuadra que separaba la casa del Flaco Pablo y el kiosco. Había caminado sin ver. Al pensar eso fue como si una campana gigante se agitara en su cabeza. Una alarma de alerta que le recordaba dónde estaba y qué era lo que estaba haciendo. El peligro se podía oler, se podía palpar. Compró tres botellas de cerveza de un litro y, ahora sí, deshizo el camino prestando atención. Alerta. Todo le resultaba peligroso y amenazante. Todos eran policías. Sentía que todos lo miraban. Lo incriminaban. No reconocía las caras que veía en el camino y apuraba el paso para llegar, como si el solo hecho de cruzar la puerta de entrada a la casa de su amigo le trajera tranquilidad y lo resguardara de una captura.
Llegó. Entró. Recorrió el pasillo en un segundo buscando salvaguardarse. Buscando seguridad. Abrió una cerveza y bebió un vaso sin respirar. Los otros dos habían comenzado la tarea de estirar la cocaína. A diferencia de un rato antes, el silencio reinaba en el lugar. Los movimientos nerviosos y las muecas duras retrataban el atardecer. La montaña blanca había crecido en tamaño y el Gordo armaba paquetes de un gramo en papeles glasé. Pese al temblor de sus manos, los hacía con gran destreza y los guardaba en una caja plástica. Parecía un niño en el jardín de infantes haciendo manualidades, pensó Lupus. Un niño feo, sucio y malo. Un niño perverso.
Lupus se sentía inseguro. Presagiaba algo malo. Sentía que esta vez el Gordo no iba poder zafar de la policía, y junto a él Lupus y el Flaco Pablo. Los tres terminarían presos y cagados a palos en el calabozo de la U 32. Se sentía acechado. Quería irse pero no podía. Sabía que en ese momento no podía abandonar. Ansiedad. Puños apretados. Los miraba trabajar. No le salían las palabras. Los otros concentrados en su tarea. Lupus subió a la terraza. Desde ahí avanzó por el techo de la casa vecina hasta donde veía la calle. Todo parecía en calma. Normal. No había nada que llamara la atención. Debía volver con los otros. Era solo paranoia. Todo era un mal juego de su mente. Cuando se daba vuelta para regresar, de la nada, del inframundo, dos autos blancos, sin patentes, vidrios oscuros, uno en el sentido de marcha de la calle y el otro en contra mano, llegaron a gran velocidad y frenaron abruptamente frente a la casa de Pablo. Uno frente al otro. Una milésima de segundo. El corazón de Lupus sin frenos. A mil. Se abrieron las ocho puertas a la vez y por cada una de ellas salió un policía. De civil. Disfrazados de civiles los muy putos. Armados. Como para ir a la guerra. Lupus corrió. Llegó al patio y desde arriba dio aviso. ¡La puta madre! ¡La yuta está en la puerta! ¡¿Qué mierda hacemos?!- gritó hasta casi no escucharse. Hasta casi no saber si las palabras habían salido de su boca. Pero sí, los otros lo habían escuchado. El Gordo sin siquiera meditar, salió al patio, con la 357 en la mano derecha, subió a la terraza. El Flaco tras él pero no subió y se quedó en el medio del patio, inmóvil. Una estatua de yeso en el medio del patio. Con una bolsa con merca en la mano. ¡Vamos, Pablo, la concha de tu madre, subí! Gritó el Gordo. Pablo quieto. Los brazos abiertos en cruz, como un Cristo. El pelo largo suelto. Con la merca en la mano, colgando la bolsa inerte, los brazos abiertos como un Cristo a punto de morir. Como queriendo enfrentar un tsunami con una minúscula tabla de surf. En ese momento, un estruendo ensordecedor. Habían tirado la puerta y disparado una ráfaga de balas. Lupus y el Gordo ya corrían por los techos del barrio alejándose lo más rápido posible. Sin mirar para atrás. Pisando firme. No estaban seguros si los perseguían y tampoco iban a frenar para averiguarlo. Tampoco se iban a dar vuelta. Así, por los techos y por las medianeras de las casas, llegaron hasta la otra calle de la manzana. Por un árbol descendieron sin importar qué les podía esperar abajo. No había nadie. Despejado.
Sin palabras, solo con un leve gesto, el Gordo le indicó que debían separarse. Escapar para diferentes lugares. Ambos corrieron. Lupus giró hacia la izquierda ya que si lo hacía hacia la derecha iría directo a la calle Paso de los Andes y era como meterse en la boca del lobo porque seguramente estaría llena de policías. Tenía que alejarse lo más posible de ahí. Corrió como nunca. El pecho le explotaba. La garganta seca. El sudor helado. Escuchaba disparos y sirenas. Perros que ladraban. A su paso la gente lo evitaba. Se hacían a un lado para dejarlo pasar. El mismo diablo huyendo por las calles de Godoy Cruz. Sentía que le tenían miedo. Él se tenía miedo. No era un buen momento. Debe haber andado unas siete u ocho cuadras a toda velocidad, como transportado por el mismo diablo, a través del infierno. No lo podía precisar. Se había alejado de la casa de Pablo. Ya no se escuchaban los ruidos que lo perturbaban. No lo habían seguido. Llegó a su casa. Entró. Miró a su tía que tejía sentada frente al televisor. Subió a su habitación y fue directo hasta el mueble donde guardaba los discos. Tomó Gulp, metió la mano en el sobre que contenía el vinilo, y sacó una bolsa con unos diez gramos de merca y unos porros. Fue al baño, tiró todo dentro del inodoro y apretó el botón. Vomitó una y otra vez mientras lloraba sin parar.
CUARTO
LOS OJOS CIEGOS BIEN ABIERTOS
Otra vez en la cama. Los ojos bien abiertos. No tiene sueño. Cree que si se duerme no despertará. Vueltas y vueltas sobre sí mismo. Sin poder dormir. Los minutos eternos pasan y está por amanecer. Transpira. Intenta dormir. No puede. No siente la necesidad de hacerlo, pero está cansado. Fue un día largo. Tiene que dormir. Intenta masturbarse pero no se le para. Se levanta. Camina hasta el baño y del botiquín saca un blíster de Rivotril. Se mete tres pastillas a la boca. Sin agua. Pasan a la fuerza, empujadas con la poca saliva que le queda. El pulso a ritmo frenético. Cree que las venas le van a explotar. Si no se calma explota. Tiene que dormir. Sigue dando vueltas en la cama. Las pastas no hacen efecto. Toma dos más. Va a mear. Vuelve. Piensa en levantarse. No. ¿Para qué?. Tiene que dormir. Amanece. Se tapa con las sábanas. Siente escalofríos. Le da calor, se destapa. Se levanta. Toma agua con la boca en la canilla del baño. Agua tibia. Asquerosa. La boca seca ahora tiene gusto a tierra. Vuelve a la cama. No tomo más merca se dice, nunca más. Sabe que es mentira. Sabe que mañana vuelve a tomar. Quiere matar a alguien. Tiene miedo. Se hace un bollo. Posición fetal. Feto. Se duerme. Profundo, el sueño lo conduce por espirales de humo negro y mucho ruido. Dentro de un lugar en el que casi no puede moverse, un bar, una bóveda tal vez, rodeado de otras personas que hablan-gritan a la vez mientras la música, a muy alto volumen, lo aturde. No logra reconocer a nadie pero todos lo saludan o al menos lo miran. En el fondo, un escenario. Una banda de rock de muchos integrantes. Cada uno toca una canción diferente. En el medio de ellos, su amigo Ricky con el bajo colgado a la espalda, parado mirando al frente, como hipnotizado, duro, tieso, con un hilo de sangre seca cayendo desde su nariz. Lupus camina entre la gente, con mucho esfuerzo, empujando a los demás, se dirige hacia adelante, rumbo al escenario, quiere llegar hasta Ricky. Lo quiere ayudar. Pero no puede, por más que acelera el paso, casi corriendo, cada vez se le aleja más y más. El escenario desaparece por completo y con él los músicos, la gente y Ricky. El espacio se agranda, las paredes se esfuman y Lupus queda solo en la cima de una montaña. Es de noche y no hay estrellas. El cielo oscuro atravesado por rayos que presagian una inminente tormenta eléctrica. Mucho viento, fuerte y cálido. A su alrededor un paisaje agreste, árido, seco, y un silencio sepulcral. Solamente un árbol en el medio de la nada. No ve ningún indicio de humanidad. No ve la ciudad, ni sus luces. No ve nada. Solo la noche y los rayos en el cielo y el árbol. De repente, como emergiendo desde esa misma nada, aparece una mujer caminando por atrás de Lupus. Alta, delgada, pálida. Muy pálida. Los ojos abiertos por demás y negros. El maquillaje manchando la cara. Vestida de blanco con un vestido de novia, tan largo que lo arrastra por el suelo, tan grande que se le caen los breteles, como si fuera una ropa prestada por un pariente tres talles mayor. Pero su estado es impecable, tan blanco, tan cuidado que contrasta con el resto de su imagen. El viento se calma en el acto. La mujer se detiene frente a Lupus, lo mira fijo unos-eternos-segundos, y continúa caminando rumbo a la pendiente de la montaña por donde desaparece. Lupus corre hacia ese lugar y, nuevamente, no ve nada. La mujer ya no está. Desapareció. La montaña parece habérsela tragado.
Gira, da media vuelta, mira hacia atrás, y desde la rama más alta del árbol, colgado, atado desde su cuello con una soga, el Flaco Pablo.
QUINTO
PEZÓN RADIACTIVO
Lupus estaciona el auto. Son las cinco de la mañana y no hay gente, al menos en esa zona. No está lejos del centro de la ciudad, tal vez a quinientos metros, pero la diferencia es tan contrastante como la luz y la oscuridad. La iluminación pública aquí no funciona desde hace tiempo y los pocos transeúntes que caminan lo hacen rápido, con los puños apretados y las miradas alertas.
Los negocios cerrados. Ninguno mantiene alguna luz encendida en sus vidrieras. La calle vacía. Apagada.
Bajan del auto. Comienzan a caminar, falta una cuadra para llegar. En la vereda de enfrente, en un primer piso, luces y música. Atrás del ventanal dos mujeres desnudas bailando para un público sediento vestido con elegantes ropas, acosándolas. Se detienen un instante a mirar. Encienden un cigarrillo y reanudan la marcha. Las veredas de baldosas rotas crujen bajo sus pies y el agua de una reciente tormenta moja sus zapatillas. No importa. Están mareados, creen que caminan sobre el mar, abriendo en dos las aguas. Lupus sonríe. Se cree el Mesías. Ricky va a su lado imaginando que camina por un tobogán y que al llegar a la punta se impulsará cuatro veces para luego saltar a una pileta llena de agua fría y nadará hasta una isla en el Caribe donde lo espera un caimán que será su mascota.
Llegan.
La casa es baja, de un solo piso y ha pasado mucho tiempo desde la última vez que fue pintada. Al frente, una ventana con rejas, por la que se divisa una tenue luz detrás de la cortina. No se ve ni escucha nada de lo que pasa dentro.
Ellos parados frente a la casa. Un micro sin pasajeros pasa a sus espaldas, el chofer desacelera, mira, vuelve a acelerar. El auto de Lupus quedó atrás, ya no se acuerdan donde lo dejaron. Las dos mujeres bailando desnudas parecen haber pertenecido a un sueño. Los cigarrillos se consumen en pocos segundos.
El centro con sus luces no conoce esta casa. Es como si no existiera. Como si no quedara a cinco cuadras, como si perteneciera a otro planeta. Entrar es pasar al otro lado. Como un triángulo de las Bermudas en el que nada es real. Lo que pasa ahí no puede ser contado y al salir se convierte en un recuerdo lejano, en una pesadilla.
Lupus y Ricky no piensan, actúan por instinto, por repetición. Sus cuerpos están allí pero sus mentes no. Sienten en la cabeza una maraña de venas entrelazadas por las que corre la sangre a mil kilómetros por hora. A veces sonríen. A veces una lágrima cae de sus ojos e inmediatamente gritan. En cualquier momento las venas estallan y llega la calma.
No saben cuánto tiempo ha pasado. Tienen los oídos tapados. No oyen, intentan hablar pero no se oyen. Lupus mira a Ricky que abre y cierra la boca pero no lo escucha. Ricky adelanta un paso y toca el timbre. Ansioso retorna al lado de Lupus. Miran la puerta. No se abre. Miran a los costados, fantasmas por todos lados, rodeándolos como siluetas que levitan a su alrededor, se mueven en torno a ellos sin tocarlos como jugando un juego infantil, miden más de dos metros y su cuerpo es angosto, están rapados y no tienen rostro. No tienen expresión. Su piel es transparente y deja ver los órganos que están resecos. Destilan olor fétido. Se les acercan cada vez más. Intentan abrazarlos, arrastrarlos, llevarlos con ellos.
La puerta se abre. Entran rápido. La puerta se cierra inmediatamente. Lupus mira hacia atrás, los fantasmas han quedado fuera. Dirige su mirada a la ventana y ve sombras en la vereda agolpándose sobre el vidrio, como queriendo no perderse nada de lo que adentro sucede.
El sujeto que está parado frente a ellos se llama Luis. Es el que abrió y cerró con llave la puerta de entrada y es el que la volverá a abrir para que salgan, cuando él lo decida, si es que quiere hacerlo.
Usa ojotas muy gastadas que denotan unos pies sucios con uñas largas. En la mano derecha un cigarrillo consumido, del que queda solo la colilla. El resto de su vestuario, como siempre, es negro. Remera y pantalón. Negros. No es alto, mide lo justo para mirar a los ojos con el ceño fruncido en el que se le juntan las dos cejas. Mira fijo. No pestañea. Habla con la mirada, dice: no te metás conmigo.
Y no dan ganas de meterse. Luis es tenebroso. Los que lo conocen dicen que no le tiembla el pulso a la hora terminar con un conflicto. Su vida es esa casa. Lupus piensa que Luis jamás debe salir de allí.
En la habitación sólo hay un sillón de tres cuerpos apoyado contra la pared que está al costado de la ventana y frente a la puerta que da a las otras habitaciones de la casa. Esa puerta está cerrada. Del techo cuelga un foco encendido permanentemente que da una luz tenue. Las cortinas no dejan pasar los rayos del sol. Todo el día es de noche. El olor rancio a encierro y a nicotina domina el ambiente. Sobre el sillón, un cuadro con una imagen de un paisaje de cualquier lugar del mundo, descolorido y con quemaduras de cigarrillo.
Intentan hablar con Luis pero las palabras salen en cámara lenta, al revés, invertidas. Necesitan un exorcismo. Lupus siente que su cabeza gira 180 grados. Tiene ganas de vomitar pero no quiere hacerlo. Le teme al color del vómito. Cree que será verde.
Escuchan risas histéricas detrás de la puerta entreabierta. Sienten que millones de ojos los están observando.
Lupus y Ricky por fin se sientan, se hunden en el sillón. Se introducen en un túnel oscuro, sin final. El sillón los devora. Pequeñas arañas suben por sus brazos y piernas. Corren muy rápido por todo el cuerpo y clavan sus dientes al unísono. El veneno atraviesa la carne y llega a las arterias que lo trasladan en medio segundo a la cabeza, ¡pum!… el estallido. Los ojos más abiertos que nunca. Los oídos escuchan y los ojos ven una nube de humo que invade todo. En el medio de la nube, Luis de pie frente a ellos. Desaparece.
Los dos van al baño. Necesitan una raya. Entran. Hay espacio suficiente para ambos. Allí no se escucha nada. Están solos. Parados frente al lavatorio. Dicen algunas palabras. Ricky abre el papel, se le cae un poco de merca al piso, no importa, tiene más. Snifan. Cae más al suelo. No importa. Escuchan algo que se mueve detrás, se dan vuelta rápidamente, no hay nada, solo la bañera tapada por una cortina de colores chillones. Ricky la corre de una sola vez con la mano derecha, en la izquierda el papel. En la tina, acostada, desnuda, una mujer, tapada por el agua, solo con la cabeza fuera, sonríe mientras acaricia a una serpiente. Cae toda la merca al piso.
Vuelven al sillón. Por la puerta que divide las habitaciones entran siete mujeres casi desnudas, grotescamente pintadas y con los ojos apenas abiertos, muy serias, tristes. Sonríen. En fila, a lo militar, caminan hacia ellos. Se les acercan. Huelen a perfume barato, a sexo barato. A sexo. Una por una los saludan, metódicamente, con un beso muy cerca de la boca y presentándose en voz baja: hola soy Camila, hola soy Karen….. Lupus pierde la cuenta, ya no recuerda ningún nombre. Sabe que tiene que elegir pero no puede distinguirlas. Dan media vuelta y en fila salen por donde entraron mostrando sus culos flácidos y su torpe caminar. (Drácula con tacones).
Ricky intenta levantarse. Le cuesta esfuerzo pero se levanta. Necesita aire. Va hacia la ventana pero no puede abrirla, está soldada. La puerta tampoco abre, Luis se llevó la llave. Vuelve al sillón. Los dos se miran y ríen a carcajadas un instante. Lupus camina hacia la pared de enfrente de donde cuelga un espejo. Se para frente a él y mira. No se ve. Entorna los ojos y esfuerza la vista para poder mirarse. Pero el espejo le devuelve sólo humo. Él no se ve. Aprieta los puños y levanta los brazos para golpear el espejo, lo va a destruir a piñas, lo va a golpear hasta que le devuelva su imagen. Está a punto de hacerlo. Siente un ruido detrás. Gira. Los fantasmas de afuera otra vez a su alrededor. Pero ahora tienen caras, tienen los rostros de su padre y de su madre, de sus hermanos y de alguien más que no conoce, alguien con un solo diente, con un colmillo. Ahora los órganos ya no están resecos, son de colores y se mueven por todo el cuerpo, llenos de vida. Lupus tira golpes al aire. Los fantasmas se van.
Se sienta. Ricky mira el techo. Hipnotizado. Mira sin mirar. La boca abierta, un hilo de baba por la comisura. Ha encendido un cigarrillo y lo ha dejado en el apoyabrazos. Quema. El tapizado sucio comienza a encenderse. Lupus se sienta a su lado y ve cómo las llamas crecen, envolviéndolos. La sensación no está mal. El calor lo abraza, lo cobija, se acomoda en el sillón. Le dan ganas de dormir. Se duerme.
SEXTO
VEINTE MINUTOS DE FELICIDAD
I
¡Que los cumplas feliz, que los cumplas feliz, que los cumplas Lupus, que los cumplas feliz!
Las luces se apagaron y la novia de Lupus le tapó los ojos con sus manos. Por la puerta de la cocina entró Jesús, caminando lento, haciendo equilibrio, con una vela encendida en una mano y en la otra una bandeja redonda, de esas en las que se sirven las tortas de cumpleaños, pero sin torta, en el centro una espiral de merca. La apoyó en la mesa.
La novia de Lupus le destapó los ojos y lo besó en la boca.
Feliz cumpleaños.
Jesús le alcanzó una birome.
La fiesta de cumpleaños empezaba.
Los invitados comenzaban a llegar.
II
En la puerta de la casa, José estaciona la Estanciera. Abre la compuerta de atrás. Sentados en el piso de la camioneta cinco habitantes de la Villa Ciudad Oculta. Uno de ellos, con un elástico en el brazo a la altura del bíceps, apretando fuerte, buscando venas, y en la otra mano una jeringa. Los otros miran, sin apuro, esperan la jeringa. Aguardan su turno. Nada los apura. El futuro ya los dejó atrás.
Al rato, como ganado, bajan de a uno, con paso firme, los habitantes de la Ciudad Oculta.
Lupus no los conoce a todos, sólo a José y a Adrián que se le acercan y saludan. Los otros pasan sin más.
Adrián mide más de un metro noventa. Usa el pelo muy largo y trabaja en un galpón cargando y descargando bolsas de cemento. Tiene brazos fuertes y mano dura.
José es igual de alto pero su aspecto es mucho menos saludable que el del otro. Ha pasado tiempo en la cárcel y está enfermo. Su andar es errático y da la impresión de que hasta un niño podría tumbarlo de un solo golpe.
Entran a la casa de la novia de Lupus donde se festeja el cumpleaños. Como si no estuvieran allí, como si el resto no existiera, se sientan alrededor de la mesa y fijan su mirada en un punto muy lejano, en silencio y sin moverse. Quietos. Duros.
La novia de Lupus es hospitalaria. Les ofrece torta. No la miran. No la ven. Ninguno contesta. La deja en el medio, sobre la mesa. Carola, la perra de la casa, se acerca y los huele, uno por uno (destilan olor a vino y miseria), desconfía, gira alrededor de ellos sin mover la cola, con las orejas paradas, inquieta. Uno de ellos, el que tiene los ojos más abiertos, toma la torta entera con su mano y se la arroja a la perra. Ésta, con temor, la mira, la olfatea, mancha sus mofletes con crema de chantilly, pero no se atreve a comer. Se va.
III
La noche va adelantando veloz, las conversaciones se entrecruzan y los tonos de voz son cada vez más altos. La música fuerte, los discos giran. Divididos acaricia lo áspero y las pelotas viajan a donde no haya dolor. En el jardín, Quique apoya una damajuana de tinto barato en la rama de un árbol, en una horqueta. Apunta el pico hacia abajo y avisa que el que quiera tomar tiene que hacerlo ahí. Los invitados se acercan y, obedientemente (a nadie se le ocurriría desobedecer a Quique), se colocan abajo y abren la boca mirando al cielo que llora lágrimas de vino rojo.
IV
Walter, sale del baño. Se detiene. Mira al piso, luego al techo. Se desvanece. Se arrodilla. Se levanta. Quiere otro trago. Mete la mano al bolsillo y saca un pequeño cartón, lo divide en cuatro y mete un cuarto bajo la lengua. Cree que es poco, que no pega, se lo mete entero en la boca. Millones de imágenes se superponen. Quiere nadar. No conoce el mar, quiere viajar hasta un mar turquesa. Se imagina nadando entre sirenas y peces de colores. El calor del agua lo reconforta. Cierra los ojos suavemente. El gusto a cartón desapareció de su boca. Ahora todo es placer. Los demás invitados son dibujos animados que se encienden en su televisor portátil. En colores la fiesta lo envuelve. Sigue nadando en un coral de luces y música. Camina por el pasillo, cruza por atrás de la mesa donde los de la Ciudad Oculta siguen sentados en silencio. Ninguno se da cuenta de que Walter está ahí. Walter cree que son rocas del mar donde rompen las olas. Llega al jardín. Una enorme cascada de vino al frente, nada mejor que eso. Llega hasta allí, con un golpe desplaza a alguien que intentaba beber del chorro y su boca se llena de tinto hasta rebalsarse y ensuciar su ropa. Quique ríe con ganas (cuando no toma pastillas, siempre ríe). Walter se incorpora nuevamente. Mira hacia el comedor pero nada lo atrae. Ve una silla en el medio del jardín y cree que lo mejor es sentarse un rato. Antes de dirigirse hacia allí, mira a su alrededor y la ve: una pileta, tal vez la más grande que haya visto, tal vez es el mar de aguas cálidas en el que nadaba hace un rato. Cruza el jardín de punta a punta. En diagonal. Zigzagueando. Llega a la pileta. El agua está mansa, casi no hay olas, todo es como en un sueño, pero es real, tiene el mar a sus pies. Está feliz. Hará el clavado más importante. Se elevará por el aire. Saltará hasta las estrellas para luego zambullirse en la marea salada y cálida, nadará entre peces de colores mientras toca su guitarra. Cruzará el océano. Nada lo detendrá. Se para en el borde, abre los brazos formando una cruz, toma aire profundamente, cierra la boca a presión, y vuela. La técnica es perfecta. Las piernas estiradas, sin doblar las rodillas y los brazos por delante de la cabeza, apenas arqueado el cuerpo a la altura de la cintura.
Es invierno, la pileta está vacía. Cae contra el piso. La cara golpea primero, la nariz se parte en pedazos y la mandíbula se desencaja.
V
La novia de Lupus en la cocina, mira sobre la mesada, el espacio que ocupaba la multiprocesadora de su madre está vacío. Su mirada es seria. La cara denota preocupación. Mira a Lupus y luego a Jesús. Los dos tienen los ojos achinados, rojos sangre y de sus bocas emana algo parecido a espuma. No pueden mantener fija la vista, Lupus se apoya en la pared para intentar estar a la altura de la seriedad que su novia impone a la situación, pero no puede, se tropieza con una silla. Cae sentado en ella, cree que ha sido una actuación brillante, que a los ojos de los demás está sobrio y que es capaz de dominar sus actos. Nada más lejos de eso. Jesús observa. Sus brazos fibrosos se tensan, las venas se marcan como rutas en un mapa. La novia de Lupus rompe el silencio: Adrián se robó la multiprocesadora de mi vieja– dice en tono dramático, y agrega: mañana vuelve de viaje. Y dirige su mirada a la mesada vacía, en la que ha quedado marcado con polvo el espacio que ocupaba el electrodoméstico.
Las palabras retumban sin misericordia en la cabeza de Jesús. Lo golpean y no lo dejan pensar. Un solo pensamiento lo envuelve todo: Adrián es su amigo, se siente responsable de lo que haga. Él debe solucionar el tema. Él tendrá que recuperar lo robado. Ese es su cometido, su obligación. Cree que no existe nada más importante en ese momento, cree que él ha nacido para ello. Cierra los puños, entre dientes apretados y con poca saliva dice algo inentendible, tal vez un grito de guerra, un conjuro o una arenga patriótica. Y, como si estuviera liderando un ejército de valientes soldados, sale hacia la calle, con el pecho inflado y la guardia en alto.
Afuera, emergiendo de abajo del puente de la acequia, Adrián. Su figura, cortada por un haz de luz de luna, pronuncia una sombra gigante que se alarga sobre la desolada calle. Son las cinco de la madrugada. No pasan autos y mucho menos personas. Jesús se le aproxima, dispuesto a la lucha. Lo enfrenta, Adrián termina de incorporarse. Jesús mira hacia abajo, en la acequia, su objetivo: la multiprocesadora. Piensa que todo terminó de una manera mucho más fácil de lo que creía. Que puede volver a la fiesta. Pero Adrián, en un solo movimiento, sorpresivo, ágil, gatuno, se agacha y toma entre sus mano la multiprocesadora y comienza a correr. Jesús siente que la sangre comienza a circular caliente por su cuerpo. La ira lo contrae y cruza los brazos en su pecho como si se estuviera abrazando, tan fuerte que llega a lastimarse. Tira un golpe de puño que pega en el portón de la casa. Ver correr la sangre que sale de su mano lo alivia un poco. La novia de Lupus sale, mira. No entiende la situación. No pregunta. Ha aprendido cuándo hay que callar. Lupus llega al lugar, entiende mucho menos y no pregunta, casi no puede hablar. Adrián corre a lo lejos con el artefacto bajo el brazo, cual jugador de rugby. Los tres lo ven, lo siguen con la mirada. Jesús reacciona, recuerda que es él el que tiene que recuperar lo robado. Ese es su cometido. Corre. Como nunca, corre veloz. Las luces de las casas están apagadas. Nadie sabe lo que ocurre, los vecinos, ingenuos, duermen en paz. Corren los dos. Jesús lo va a alcanzar, acelera, sus piernas casi ni se ven, el corazón bombea a un ritmo caótico. Lo alcanza. Logra arrebatarle la multiprocesadora y se la entrega a Lupus que corría, más despacio, atrás de él. Está agitado, respira por la boca, la siente seca como si hubiera tragado arena. Adrián está igual. Ambos con las manos en la cintura, inclinados hacia abajo como queriendo tomar aire, a una distancia de unos pocos metros. Se irguen, están de frente, uno frente al otro, se miran, se estudian, de arriba abajo, como dos vaqueros en un duelo en el lejano Oeste. Lupus en el medio, a un costado, como el padrino. El duelo va a comenzar.
Los dos son altos y delgados. Los dos son fuertes. Y los dos pelean como perros rabiosos, como perros de la calle (como lo que son). Se trenzan en una bruta batalla. Pero tratan de no hacer ruido. No quieren que algún vecino entrometido se despierte, llame a la policía y no puedan terminar con su ajuste de cuentas. Los golpes van y vienen. Cae sangre al piso. Lupus no sabe de quién es, cree que de los dos. Se abrazan, forcejean y caen ambos. Jesús arriba de Adrián golpeando fuerte. Se dan vuelta, ahora Jesús está en el piso y el otro lo golpea desde arriba. Esto no termina más, piensa Lupus. Se paran, ya las rodillas no los mantienen firmes, Jesús sangra por la nariz y Adrián por la boca. Los nudillos arden. Se alejan un poco, cruzan las miradas desafiantes una vez más, el grito de un gato invade la calle, uno pájaros, asustados, salen de su nido y vuelan sin rumbo, Jesús tira un derechazo directo a la mandíbula de su oponente, el golpe es seco, el ruido también. Algo se rompió. Adrián cae hacia atrás y da en el pavimento con su espalda. Queda tieso. Inmóvil. Jesús en su lugar, le tirita el cuerpo. Siente la sangre correr por su cara. Adrián en el suelo. Abre los ojos. Se miran fijo. Se conocen. Otra vez, como perros que se olfatean. Jesús se le acerca, lo ayuda a levantarse. Se levanta. Están a menos de un metro el uno del otro. Sangran. Están manchados de sangre. Pasa un instante que parece eterno. Jesús, al fin habla: sin rencor– dice y extiende su mano. Sin rencor– afirma Adrián y le da su derecha.
Desde la puerta de su casa, la novia de Lupus los ve regresar. Los tres, en silencio, caminan lento, uno al lado del otro. Lupus lleva bajo el brazo la multiprocesadora.
SÉPTIMO
DIOS NO ESTÁ EN LOS DETALLES
PRIMERA PARTE
CON EL HOCICO AFIEBRADO
I
En la ciudad que todos conocían estaba anocheciendo. En la ciudad que se disfrutaba, las tiendas comenzaban a cerrar sus puertas y las personas salían de sus casas a disfrutar de una bebida o un helado junto a sus familias o amigos. En la ciudad en la que se podía vivir, eran las vacaciones de verano y por las calles la gente tenía un ánimo diferente, más jovial, más distendido. Las luces se encendían y los comercios se llenaban de parloteos, música y risas.
Cerca, muy cerca, en la misma ciudad, la noche había caído hacía rato. Hacía años que el sol no salía para los habitantes de esos barrios cercanos al centro, pero lejanos a las luces. Diminutas casas construidas con chapas, maderas y nylon, en terrenos ocupados a la fuerza, que de apoco fueron generando poblaciones cada vez más grandes, donde a medida que crecían las familias, sin planificación alguna, crecía la villa y crecía la basura. Quienes allí vivían, subsistían al margen. Marginados. Ajenos. Sin parloteos, músicas ni risas. Comiendo de los restos. Robando. Cartoneando. Y vendiendo drogas. Ninguno tenía, ni iba a tener, la posibilidad de emerger, de cruzar la ruta que los separaba de las luces. Solo cruzaban para robar, cartonear o mendigar. E inmediatamente volvían a su agujero.
La villa Ciudad Oculta, así denominada porque se encontraba ubicada atrás de dos barrios que la tapaban y no podía ser vista desde ningún lado, era uno de esos guetos. Las pequeñas casas estaban ubicadas en calles de tierra, muy poceadas y angostas donde solamente podía pasar un auto por vez y, eran tan estrechas que resultaba imposible dar la vuelta en la misma calle. La sensación allí dentro era sofocante. Estaba escondida, no podía verse desde afuera, pero lo más asfixiante, era que desde adentro no se podía ver para afuera. Ni siquiera se veían las luces de la autopista más cercana.
Lupus vivía en la Ciudad de las Luces. Pero cruzaba a menudo la ruta que lo separaba de la Ciudad Oculta. Cruzaba esa línea real en varios sentidos, tanto en lo físico como en lo mental. Estando del otro lado experimentaba la mayor sensación de soledad y angustia que jamás sintiera.
Las fuerzas policiales no entraban a Ciudad Oculta, un poco por propia decisión y otro poco porque no eran bienvenidas. Había un acuerdo tácito entre unos y otros. Allí dentro la ley no era la misma que afuera. No había ningún manifiesto escrito pero todos sabían cómo debían comportarse. La regla principal, todos eran ciegos. Nadie debía hablar sobre lo que allí sucedía. Era un reino aparte. Un reino de latas y cartones. Un reino de basura. Quien lo “gobernaba” se llamaba, o le decían, Memermo. El poder lo había obtenido y lo conservaba gracias a su buena puntería con las armas y a manejar el tráfico de todo lo que pudiera ser vendido en el mercado negro y que saliera de Ciudad Oculta. Aunque no medía más de un metro sesenta y tenía una renguera pronunciada en una de sus piernas, se había hecho respetar. Nadie lo miraba a los ojos. Varios habían querido e intentado arrebatarle sus negocios, coparle la parada, pero habían terminado mal. Muy mal.
La casa de Memermo se encontraba al final del barrio. Era la última casa antes del zanjón que le ponía límite. Sobre una loma. Elevada sobre el resto. No era casualidad. Estaba estratégicamente ubicada para poder escapar si era necesario, cruzando el zanjón o a través de este. Como todas las otras casas del lugar era chica y construida con maderas y chapas. Tal vez la única diferencia radicaba en que adentro el Memermo tenía tres televisores, un equipo de música tan grande que resultaba desproporcionado en relación a la casa, un armario lleno de armas y una mesa. Sobre la mesa un espejo roto en forma de triángulo. Sobre el espejo la última línea de merca. Sobre la línea, Jesús con una birome usada de canuto, lentamente snifando hasta lo último, persiguiendo con la nariz las ínfimas piedras esparcidas por los costados. Toma el papel que envolvía la merca y se lo pasa por las encías. La rigidez es total. De los dientes hacia los pies. Casi un rigor mortis. Ya no hay palabras en la habitación. Lupus y el Memermo miran a Jesús que rompe el silencio con un tartamudeo casi inentendible, con la boca apenas abierta dice: “a este hijo de puta lo voy a matar”. Los tres miran al que está sentado en la única silla con respaldo. Los pies atados. Las manos maniatadas a la espalda. Amordazado con un pañuelo. El ojo derecho hinchado casi sin ver. El izquierdo apenas abierto. La nariz con signos de haber sangrado hasta hace unos instantes. Transpirado. Mojado. Los pantalones meados. Lupus y el Memermo miran a Jesús. A lo lejos se oyen algunos disparos. Nada raro en la zona. No llama la atención. El silencio regresa como una obligación. Silencio a la fuerza. Nadie quiere decir nada. Jesús se acerca al que está atado y de un solo golpe le clava la birome en el pómulo derecho. El que está atado cae al suelo. Gime, patalea y se retuerce de dolor. Emana sangre por el canuto como si fuera un adorno que simula una cascada.
II
Lupus hace un tiempo que piensa en límites. Se pregunta cuál será el suyo. En qué momento deberá decir que hasta acá llegó. Cuál será el hecho que no tiene que aceptar. Qué será lo que no tiene que ver. Hasta dónde sus ojos pueden mirar y no dar un paso atrás. Lleva dos días enteros, o eso cree al menos, encerrado en la Ciudad Oculta, en la casa del Memermo, con este y Jesús. Los tres y el que está atado. Es de noche y no han comido nada desde antes de llegar. Habían salido a tomar unas cervezas a un bar cercano, el Pico del Ganso, donde tocaba una banda de unos amigos. El lugar era conocido por Lupus y sus compañeros. Iban allí habitualmente. La cerveza era barata y había buenas bandas de rock. Y lo mejor de todo que el baño era cómodo para tomar merca. Tenía cierre por dentro, toda una garantía para la época. A Lupus le resultaba cómico haber llegado al momento de elegir los bares a los cuales ir según el baño. Si el baño tenía llave, era un buen bar. Una locura.
Esa noche en el Pico del Ganso todo parecía tranquilo. Casi las mismas caras de siempre. Saludos cruzados. La Mosca y la Sopa, recién salido, sonando permanente. La banda que tocaba, Los Feligreses, liderada por Pety, el mejor cantante de Ska jamás visto, hacían los últimos arreglos antes de subir al escenario. Lupus, Jesús y el Memermo sentados a una mesa, con una cerveza y tres vasos. Fumaban y esperaban. Memermo con una riñonera llena de papeles glasé doblados prolijamente y listos para ser vendidos. (Tu negocio es muy difícil de explicar y fácil de enseñar). Se les acercaba alguien a saludar, alguien que pasaba y les compraba un papel, alguno que pedía fiado. Otro que decía: ¿me convidás un tiro? Y Memermo si decía que sí, iba al baño con ese que pedía. Volvía, disimuladamente le pasaba a Jesús el papel, este iba al baño y hacía lo mismo luego con Lupus.
III
Jesús se levantó, caminó hacia la barra en busca de otra cerveza. De frente, alto, flaco, cabeza rapada y con los músculos marcados por una remera ceñida al cuerpo, el que ahora está atado. Cruzan miradas. Golpean al pasar hombro con hombro. Ninguno pide disculpas. Se conocen. Ambos gruñen. Siguen. Esto termina mal, piensa Lupus que mira la escena desde su lugar.
Unas semanas antes, a la madrugada, luego de una noche larga, Jesús se enteró de que su novia, la Nena, estaba en la casa del que ahora está atado. Fue hasta allí, sin saber a qué iba. Ni qué haría al llegar. Tocó el timbre. Nadie abrió. Aunque escuchó pasos y voces dentro. Escuchó la voz de ella. De eso estaba seguro, la que susurraba adentro era la que lo engañaba. Dio media vuelta y se sentó en el cordón de la vereda. Tan fuerte apretaba los dientes que sentía que no podía abrir la boca. Que no podía emitir palabras. No se podía ir de allí así nomás y dejar que todo acontezca. No se podía ir con ella ahí adentro, sin verla, sin que lo viera. Algo tenía que pasar. Siempre pasaba algo. Cuando las noches eran largas nunca los días empezaban sin más (el sol ya brillaba alto) y este día no sería la excepción. Se levantó, y de un salto llegó nuevamente a la puerta. La golpeó con todas sus fuerzas con los pies y con los puños hasta que los nudillos le sangraron a fuego, pero nadie salió de la casa. Ya no escuchaba palabras. Lloraba sin lágrimas, con angustia, con rencor y odio. El principio de este día marcaba un fin con su novia. Pero también marcaba el inicio de algo que no iba a quedar en la nada. Ese algo, venganza, revancha o como se llamara estaría latente y cada día de su vida se retroalimentaría hasta poder saciarlo. Los vecinos contiguos salían para ir a su trabajo. Su imagen no era la mejor. No quería más problemas. Dio media vuelta y se fue.
A la que lo traicionó no la veía desde entonces. Permanentemente, todos los días, a todas horas, cada segundo, en su cabeza, la imagen de la Nena atrás de esa puerta, llorando, culposa, abrazada por el que ahora está atado. (No te quedó sueño por vengar y ya no esperás que te jueguen limpio nunca más).
IV
La noche comenzaba a calentarse. La gente había colmado el lugar. Ahora sí había caras desconocidas y el volumen de la música era cada vez más fuerte. Se apagaron las luces del salón y las del escenario se encendieron. El Pety subió, como siempre con un cigarrillo en la comisura de los labios, y empezó la fiesta. El público bailaba, saltaba y pogueaba. Lupus, Jesús y el Memermo, a un costado, apoyados en una pared.
Jesús, como un animal salvaje, como lo que era en realidad, atento, agazapado, dispuesto a atacar, miraba fijo a el que está atado ahora en la casa del Memermo, que esa noche tampoco bailaba. Tieso miraba el show en primera fila. Duro, casi sin pestañear, los puños apretados. Los brazos rígidos pegados al cuerpo, las venas hinchadas latiendo a toda velocidad a lo largo, hasta casi explotar en el cuello.
Cruzaron miradas, se desafiaron. Lupus y Memermo que conocían la historia, se hablaron. Pero no se escucharon, la música sonaba demasiado fuerte. Ninguno dudaba en que Jesús no dejaría las cosas así. Y sabían que él solo se las podía arreglar bien. Pero por las dudas ambos cambiaron de lugar el foco de su atención. Ya no les interesaba el concierto. Ahora sólo miraban al Otro.
La tensión fue en aumento. La banda seguía tocando ajena a lo que pasaba abajo. El que ahora está atado giró su vista hasta Jesús y con un típico gesto, comprensible desde cualquier lugar del planeta, levantó la pera diciendo: ¿qué te pasa? Apenas medio segundo tardó Jesús en pasar por encima del público, como abriendo las aguas, atropellando a quien se le pusiera delante. El que ahora está atado no pudo siquiera acomodarse. Jesús lo había golpeado con su puño derecho haciéndolo volar sobre una mesa al costado del escenario. Alguien del público, amigo seguramente del que ahora está atado, tomó a Jesús por la espalda y comenzó a golpearlo en los riñones. Jesús enceguecido quería ir sobre el Otro. El cantante ya no cantaba. El Pety, de un salto, bajó del escenario, tomó una silla por el respaldo la levantó lo más alto que le daban sus largos brazos y se la partió en la cabeza al que agarraba a Jesús. El manager de la banda asió una cadena, la que usaban para atar algunos equipos, y entró en acción golpeando a los que defendían al que ahora está atado. El descontrol se apoderó del lugar.
El que ahora está atado intentó reincorporarse, pero ya tenía a Jesús encima pegándole con sus huesudas y duras manos. Le asestaba golpes en la cabeza, uno tras otro, no lo dejaba levantarse.
El público salía del bar. El Pety, Lupus, el Memermo y el manager echaban, literalmente, a patadas y cadenazos a los amigos del que ahora está atado.
No tardaría en llegar la policía y era sabido que antes de preguntar, por las dudas, la policía pegaba y aprehendía.
Lupus y el Memermo también lo sabían. Por eso, se acercaron a Jesús con la intención de que cesara en los golpes y que salieran rápidamente de allí. El otro estaba casi desmayado.
Tenían demasiada merca encima como para descartarla o para ser requisados. Pero Jesús estaba enceguecido. Como nunca. Como siempre. No lo podían frenar. El lugar estaba casi vacío. Las luces encendidas. En el medio del bar, en el suelo, Jesús arrodillado sobre el que ahora está atado, pegando una trompada tras otra. El otro no responde. Sangra. Ya no lucha. Ni siquiera lo intenta. Casi ni respira.
Memermo tomó fuertemente de los hombros a Jesús. Se dio vuelta y cruzó la vista con la de Memermo. La mirada de Memermo imperativa. Paró de golpear. Se levantó. Comenzaron a escucharse las sirenas. La policía estaba cerca. ¿Qué hacemos?– preguntó Lupus sumamente nervioso, el corazón latía como nunca, respiraba agitado, el pecho oprimido, casi sin aire. ¡Vámosnos al carajo! – gritó Memermo.
Llevémoslo– dijo Jesús señalando con la mirada al que estaba en el suelo. Los otros dos se miraron sin entender del todo lo que les quería decir su amigo, pero no era momento para entender. Memermo dijo: voy a buscar el auto- y salió. Lupus tomó de las piernas y Jesús de los brazos al que estaba en el suelo. Lo levantaron. Era pesado y largo. Las sirenas cada vez más cerca. Oyeron que el auto de Memermo frenaba frente a la puerta. Salieron. Memermo ya había abierto el baúl de su Peugeot 504 amarillo y estaba sentado al volante otra vez con el motor en marcha. Jesús y Lupus tiraron al que ahora está atado dentro del baúl y cerraron la puerta. Subieron. Memermo aceleró justo en el momento que la policía doblaba la esquina anterior al Pico del Ganso.
V
Lo voy a matar a este hijo de puta, dice Jesús.
Los tres miran al que está atado. Tirado en el piso de tierra de la casa de Memermo. Sangra y no mira. Quieto. No se mueve. Apenas respira. Jesús, Memermo y Lupus se paran alrededor como si fueran a bailar una danza siniestra. Un rayo de luz se cuela por un agujero en las chapas que hacen de pared, y los atraviesa. Las miradas desangeladas. Tres demonios vacíos. Sin retorno. El sol comienza a brillar avisando que será otro día de un calor infernal en ese infierno. Otra noche que termina así, como siempre, pasando algo.
Memermo va hacia la heladera, está vacía, no hay nada, solo una caja de vino tinto. La abre con un cuchillo y reparte en cada vaso. Se sientan cada uno en su silla. Apoyan las manos sobre la mesa, toman el vaso y beben el vino. En silencio. Todo al unísono, como una vieja película de mafia.
Lupus se levanta y camina nervioso de una punta a la otra. No hay mucho espacio en la casa de un solo ambiente. En el medio tiene que esquivar al que está atado. Sale. Mira alrededor y no ve gente. Todos deben estar durmiendo. Solo algunos perros sucios tirados a la sombra del único árbol. Uno de ellos lo ve y amaga con ladrar. Luego desiste. Camina unos pasos y llega hasta el zanjón. No tiene agua. Lupus jamás ha visto correr agua por ese zanjón. Recuerda un sueño reciente. Ha soñado con un lago, tal vez el lago del parque de su provincia, con agua muy sucia y en el que en el fondo viven ratas que se han convertido en anfibios y se alimentan de los peces y de la basura que tira la gente. Gracias a su inteligencia, las ratas han pasado a dominar el lago y mandan sobre los otros animales que lo habitan.
Lupus sale de su ensoñación. La mano de Memermo que lo toma desde atrás lo pone alerta. ¿Qué pasa?– pregunta. Creo que se nos va – dice Memermo. No hacen falta más palabras. Los dos saben de qué hablan.
Lupus una vez más no quiere estar donde está. Quiere correr. Salir de ahí. No volver nunca más. Y sobre todo olvidarse de las caras que ha visto en el último tiempo. Las caras. Le asustan las caras de la gente con la que anda. Las caras y las miradas. Pero no puede abandonar. El círculo siempre se cierra y no lo deja abandonar.
Jesús lo quiere cortar y tirar al zanjón. Que se lo coman los perros– dice Memermo. La imagen de su sueño vuelve inmediatamente. Pero ahora el que está atado es la comida de las ratas anfibias.
Lupus no quiere hacerlo. Busca una forma menos traumática de empezar el día.
¿Y si lo llevamos al hospital Central y lo dejamos tirado en la puerta? –dice Lupus, sabiendo que es una locura porque existen pocas posibilidades de que no los pare la policía a la media cuadra y ese sí sería un inicio del día poco feliz. Lupus tiene que pensar en él. En su futuro. Apenas tiene veinte años. Cerrar esta puerta de la forma más rápida y segura. Tratar de olvidar (imposible) y darse cuenta de que ese fue el último límite que atraviesa. Empezar de cero. Buscar nuevas caras.
Se les une Jesús que ha escuchado a Lupus. Ni ahí– dice. La voz le tiembla. Lupus había notado que cuando Jesús estaba merqueado tartamudeaba bastante. En ese momento casi no se le entiende lo que dice.
¿Cómo está?– pregunta Memermo.
Casi no respira. Hay que terminarlo ahora. Yo me encargo – tartamudea Jesús.
Busquemos a un médico. Conozco uno. ¿Te acordás del que le llevamos un papel el otro día, el que es pediatra?– habla Lupus dirigiéndose a Memermo en quien encuentra a un posible aliado en contra de Jesús y sus ganas de cortar en pedazos al que está atado.
Tal vez nos haga la onda y venga a verlo y él puede inventar algo para entrarlo al hospital– acota antes de que Memermo responda. De los tres Memermo es el jefe. Nadie lo ha nombrado como tal pero si él toma alguna decisión nadie lo va a contradecir. Es el dueño de la merca. El dueño de la pelota.
Los perros se levantan de su letargo y se les acercan ladrando. Memermo hace el ademán de levantar una piedra del suelo y salen corriendo en dirección contraria. A los pocos metros se detienen y se echan. El barrio, desde la altura, desde la pequeña loma donde está emplazada la casa de Memermo puede verse casi en su totalidad. Todo gris. Todo cuadrado. Nada tiene movimiento. Nada avanza. Lupus ve solo techos de chapas que dan resguardo a cientos de desgraciados.
Los tres, con la propuesta de Lupus flotando en el aire, entran a la casa. El que está atado sigue allí. Lupus apura su vaso de vino hasta vaciarlo y lo llena con agua. Le da de beber al del piso. Le abre la boca para que trague. Nota que no tiene los dientes de adelante. Bebe a tragos largos. Sediento. El agua se le escurre por los costados de la boca. Lupus se da cuenta en ese momento de que durante todo el tiempo que habían estado allí, desde aquella noche en el Pico del Ganso, jamás le han dado de beber. Lo acomoda en el piso, sentándolo para que la pared le haga de respaldo.
Lupus vuelve a darle agua al que está en el piso. Intenta tomarle el pulso como ha visto miles de veces en la tv, pero no siente nada. Le moja la cabeza y la nuca. Memermo le acerca a la boca el pedazo de espejo que les había servido de base para peinar la merca. Se empaña levemente.
Busquemos al médico– ordena Memermo.
VI
Memermo manejaba su auto, Jesús en el asiento del acompañante. Una vez más el silencio es determinante. Ninguno hablaba. Lupus en el asiento de atrás, apoyado contra la puerta. La pierna derecha se movía constantemente, no la podía detener. Tenía la mirada perdida, los ojos inexpresivos se fijaban en algún punto de la ruta que ahora transitaban alejándose de la villa y entrando a la ciudad iluminada. El médico no vivía cerca. El viaje sería largo. Lupus pensaba en el que está atado, esperando que sobreviva. No le importaba la vida del que está atado, casi seguro tiene merecido estar donde está, o al menos eso decía Jesús y él no lo iba a contradecir. En la calle el que las hace las paga, pensaba. Para Lupus, si sobrevivía el que está atado él cargaba con una culpa menos. A él no le interesaba la vida del otro en sí misma, le interesaba en relación a la suya propia. Si sobrevivía, él tenía una cara menos para cargar en su mente. Si moría, esa cara se iba a transformar en pesadilla. Y Lupus sabía que sus pesadillas eran reales. Sus fantasmas existían.
Memermo estacionó el auto frente a la casa del médico. Según las suposiciones debería estar ahí, ya que era día domingo y no llegaban a ser las 8 de la mañana.
No podemos bajar los tres, vamos a llamar la atención y la esposa del Doc se va a asustar – dijo Lupus. Estaba claro que los tres después de varias noches sin dormir, sin bañarse y con todo lo que habían pasado (y tomado) no daban una imagen muy confiable.
Voy yo solo y ya veo qué verso le meto para arrancarlo de la casa– dijo Lupus con una seguridad que no supo bien de dónde provenía. El médico pediatra era un conocido suyo al que habitualmente le hacía algunas transas de merca. Como este no quería exponerse, confiaba en Lupus para que le llevara lo que compraba a su consultorio y excepcionalmente a su casa. Estaba casado y no era buena idea ir a su casa un domingo a la mañana para llevarlo a una villa a que viera (y tratara de salvar) a un moribundo. Carlos, ese era su nombre, le debía varios favores a Lupus y por carácter transitivo a Memermo. Además, le gustaba mucho la cocaína, por lo cual, sumando esos dos factores, no podría negarse a ir con ellos.
Lupus bajó del auto. La casa estaba ubicada en un lindo barrio cercano al Centro Cívico, de dos plantas y en la superior reinaba un balcón, el que debía ser la habitación matrimonial. Lupus no pudo dejar de imaginarse a Carlos snifando ahí, escondido de su esposa acostada en la cama, esperándolo.
Tocó el timbre una vez, casi con miedo. Y se dio cuenta de que esa era la sensación que en ese momento lo poseía, el miedo. En su mente la cara del que está atado, los ojos cerrados e hinchados, la sangre seca en los pómulos, seguro varias costillas quebradas y quién sabe cuántas lesiones internas más. Esta vez a Jesús se le había ido la mano, en serio. No era la primera vez que actuaba como un animal indómito, pero siempre había podido frenar a tiempo. Esta vez no frenó y el tiempo había jugado en contra del que está atado. El que las hace las paga. Te metiste con la mujer equivocada. Te metiste con el animal equivocado.
Tocó el timbre otra vez. Ahora sí lo apretó más fuerte. Carlos abrió la puerta. Estaba vestido con pantalón corto y zapatillas y una remera con cuello, tipo chomba, como si estuviera listo para ir a jugar un partido de tenis. Tenía en la mano una taza de café. Al ver a Lupus entendió inmediatamente que algo estaba mal. Lupus estaba desaliñado, sucio, pero sobre todo, con la cara desfigurada por el miedo. No podía ocultar el terror en el que estaba inmerso. Intentó decir algo, saludar o comenzar una conversación más o menos coherente por si la esposa de Carlos escuchaba, pero no pudo. Sintió que las piernas se le aflojaban y su cuerpo se desvanecía. Quiso tragar saliva pero no tenía. La boca seca. La lengua gigante. Quería irse de allí, salir corriendo. Pero estaba inmovilizado. Carlos salió de la casa y se acercó a Lupus. Le extendió la taza de café para que este bebiera y en voz baja le dijo que la esposa dormía y que si hablaban bajo estaba todo bien. Esto pareció tranquilizar a Lupus que terminó el café de un trago y pudo comenzar a hablar.
A los pocos minutos, Carlos subió al auto y Memermo aceleró.
VII
El viaje de regreso a la Ciudad Oculta fue bastante más relajado. El médico iba hablando sobre la posibilidad de ingresar al que está atado a una clínica privada, cuyo dueño era su amigo, y donde nadie iba a hacer ningún tipo de preguntas. Obviamente a cambio de algún dinero.
Eso trajo tranquilidad a Lupus que ya pensaba en cómo continuaría su día una vez que abandonara el infierno en el que estaba. La cosa no parecía muy difícil. Carlos se contactaría con la clínica para que le envíen una ambulancia (Memermo daría la orden que la dejen entrar al barrio) y una vez que lo trasladaban ellos ya no tenían nada que ver y ni siquiera se iban a tener que enterar de la evolución.
Memermo también parecía más animado con esta decisión. Si bien cargaba con varios cuerpos en su haber, tener uno menos era un problema menos. Hasta Jesús ya no estaba tan nervioso, la mandíbula había aflojado y hablaba sin tartamudear.
Todo se iba a resolver. Y Lupus podría comenzar a olvidar las caras que no quería ver nunca más.
Entraron a la villa. Nada había cambiado desde que salieron. Solamente había un poco más de movimiento, algunos hombres sentados en las puertas de las casas tomando cerveza que saludaban a Memermo al pasar y miles de niños harapientos revoloteando alrededor.
El sol no tenía piedad, las chapas de los techos rechinaban como si estuvieran hirviendo.
Todo es como debe ser, todo va como tiene que ir, pensó Lupus y hasta se animó a sonreir.
VIII
Estacionó el auto frente a su casa. Los cuatro bajaron a la vez.
La puerta de la vivienda estaba abierta. Se escuchaban ruidos frenéticos que provenían desde adentro.
Algo estaba mal.
Subieron la loma velozmente.
Entraron.
Tres perros comían vorazmente al que estaba atado. Ya no tenía cara, sólo los huesos y una parte de la frente. Los ojos hinchados habían desaparecido. Todo era sangre y olor a sangre con tierra.
Los perros no se percataron de los que habían entrado, seguían entusiasmados con su desayuno, seducidos por la sangre, hasta que Memermo les gritó lo más fuerte que pudo: ¡Basta!– dijo. Y los animales cesaron. Inmóviles, parecían estudiar qué hacer, se sabían en un lugar ajeno. Se decidieron rápido, salieron corriendo por la puerta.
El Médico, Memermo, Lupus y Jesús estáticos, sin poder creer lo que veían.
Esto es demasiado, una locura– dijo Carlos y salió. Huyó. Escapó.
Ahora sí, una vez más, los tres parados en círculo, alrededor del que está atado, ahora muerto. Como si fueran a bailar una danza siniestra en ese infierno. Los puños apretados, tensos, las miradas perdidas fijas en un punto lejano. Desangelados.
Tres demonios vacíos.
SEGUNDA PARTE
JUGANDO A LOS GANSTERS
I
Las nubes repentinamente cierran el cielo, clausuran la luz del día, todo se oscurece. La mañana parece noche y la tormenta amenaza violenta. El viento arremete contra lo que se pone por delante haciendo temblar las casillas de chapa y nylon de la Ciudad Oculta, como si fueran a desprenderse del piso.
Lupus en la casa de Memermo, encerrado en sí mismo, no se da cuenta del cambio de clima ni de la lluvia que golpea incesante el techo ni de la oscuridad. Cierra sus ojos, con fuerza los presiona con los dedos tratando de borrar las imágenes que ha visto en las últimas horas. Sabe que no podrá hacerlo, sabe que convivirá con ellas, que nada cambiará. Frente suyo, en el piso, el que está atado (aún lo está), ahora es sólo un conjunto de huesos y carne maloliente bañado en sangre y mierda. Las moscas cargosas se hacen un festín. Está comenzando a endurecerse. Rigidez. La muerte hace su trabajo, de a poco, lo va convirtiendo en un cadáver. Todo comienza a oler a muerte (toda la recámara olía a muerte). Lupus otra vez quiere huir. Decide levantarse y salir corriendo. Va a correr a lo largo de la villa, por las calles de tierra estrechas, esquivará a los niños mugrientos que juegan desnudos y pasará al lado de los vagos que toman cerveza, sentados en el suelo acunando sus miserias y contando las hazañas de drogas y peleas, llegará hasta la ruta, donde debe haber luz, allí seguro no llueve, allí hay sol, allí puede ser feliz, la cruzará a toda velocidad y al llegar al otro lado se arrancará la ropa y la quemará para sacarse de encima el olor a muerte.
Pero no puede, sus piernas están dos metros bajo tierra, le pesan una tonelada, no las puede levantar. No podría dar un paso sin caerse. Siente que sus brazos son gigantes, desproporcionados, que llegan hasta las patas de la silla en la que está sentado, no los levanta. Intenta mover la cabeza, pero es como si el mentón estuviera pegado al pecho.
Abre los ojos, mira, Jesús y Memermo conversan en la otra punta de la habitación. No entiende lo que dicen. Sus miradas reflejan inquietud, incertidumbre, le producen terror.
Tiene la boca seca. Balbucea pidiendo algo que tomar. Los otros entienden y le acercan un vaso con vino y soda. Está caliente pero sirve. Lo bebe de un solo trago. Los músculos comienzan a responder, se reincorpora, apoya la espalda en el respaldo de la silla y se estira. Parece como si estuviera volviendo de una larga siesta. Siente que sus extremidades se desentumecen lentamente. Enciende un cigarrillo, da una bocanada larga, le da asco. Lo apaga en la palma de su mano. Aprieta fuerte. Quema. Ahora sí está despierto.
Escucha la lluvia y ve la oscuridad. No hay futuro más allá de ese día, piensa.
II
Unos fuertes golpes en la puerta de la casa interrumpen la escena. Alguien desde afuera grita el nombre de Memermo varias veces. Son gritos de guerra, de combate. Memermo no duda, abre y de un salto entra uno de sus soldados, empapado. Agitado se para frente al jefe. No saluda, tampoco mira a los costados, los que sobreviven allí han aprendido a ser ciegos, a no ver donde no se debe mirar.
Memermo, la yuta está en la entrada, los estamos frenando como podemos, te buscan- dice exaltado.
Tenía un acuerdo con la policía, en su barrio no se metían, ahí no lo molestaban. Pero sabe, conoce bien los códigos, que esos arreglos en algún momento se terminan. Un nuevo comisario, otro jefe policial, alguno que quiere sacar el premio del empleado del mes, alguien que alertó de la existencia del que está atado (y muerto), cualquier excusa es buena para caerle encima. El acuerdo se terminó. Ahora lo buscan a él. Él es la presa. La caza comenzó.
Memermo mira al que está atado, pareciera que recién se da cuenta de que está ahí.
Cáguenlos a tiros – le dice a su soldado mientras abre las puertas del armario donde guarda las armas. Saca varias, y se las da al otro que las toma y regresa urgido por donde vino.
Memermo cierra la puerta.
Lupus se pone de pie.
Jesús patea con todas sus fuerzas al que está atado. Algo se rompe. Las moscas salen volando.
III
La tormenta cae cada vez más intensa. A lo lejos se escucha el sonido de las balas que cruzan el aire. Entre los truenos resuenan las sirenas de más policías que llegan al lugar. No hay mucho tiempo, parece que esta vez sí están decididos, la gente de Memermo no podrá detenerlos mucho rato más.
Empuña una nueve milímetros, se cerciora de que esté cargada, mete un cargador completo en el bolsillo del pantalón. Camina nervioso de un lado a otro, dice algunas palabras. Putea. Se arrodilla frente a la imagen de una virgen y reza. Se para, vuelve al armario y saca otro cargador más que también guarda en su bolsillo. De uno de los cajones toma una bolsa con merca y otra con faso. Mira a Lupus y a Jesús que están atónitos. No reaccionan. Abre la bolsa apurado, la mano le tiembla, con una cuchara saca un poco y peina tres tiros sobre la mesa, desprolijo, como puede, desparramando el resto, toma el saque más largo con la birome y levanta las cejas señalando los otros dos a la vez que mira a sus compañeros. Lupus se acerca y, sin ganas snifa, Jesús hace lo propio.
La habitación es solo penumbras. Un rayo rompe esa oscuridad cruzándola de una punta a la otra. Como un faro ilumina de pasada el rostro del que está atado. Los cuencos vacíos de sus ojos emanan sangre cada vez más seca. Ya no miran. Ya no mirarán más a la novia de Jesús. La luz del rayo-faro se pierde.
Lupus desea que el próximo rayo caiga sobre él (rayos, truenos y centellas vengan a mí).
Lo tenemos que sacar de acá– dice Memermo. Lupus y Jesús se acercan al que está atado, luego de la patada que le dio Jesús ha quedado tirado a lo largo en el piso, con las piernas levemente dobladas. Despide un olor hediondo, una sucia mezcla de todas las emanaciones corporales juntas, además del olor propio de los sin alma.
Ya casi no se escuchan disparos, sólo algunos gritos de dolor e insultos. La defensa parece estar cediendo. La policía no tardará en llegar.
Entre los dos lo alzan, está más pesado que cuando lo entraron a la casa, la rigidez hace que sea más difícil maniobrar para salir por la pequeña puerta. Están nerviosos. Así todo cuesta más. Apuntan, pero fallan, golpean la cabeza del que está atado contra la pared de chapa. Lo giran, la cabeza sale pero ahora son las piernas las que traban el escape. Al fin salen. Memermo los espera afuera con el baúl del auto abierto y el motor en marcha. El 504 ruge. Cuesta introducirlo, forcejean. Jesús no tiene paciencia, con fuerza sobrehumana y dando un salvaje alarido logra quebrar la dureza que la muerte ha impuesto y lo mete produciendo un escalofriante ruido de huesos rotos.
Memermo tira una pala dentro y cierra el baúl.
IV
La lluvia es insoportable, cae como un telón y las calles de tierra se empantanan. Son demasiado angostas para el Peugeot que se desplaza a toda velocidad. Memermo apenas puede mantenerlo en línea recta, los baches y el barro mueven el auto de un lado a otro golpeando con los laterales las casas de chapa. El baúl parece una coctelera. Los pocos vecinos que están fuera corren evitando ser atropellados, se guardan, no quieren saber.
Lupus, sentado en el asiento trasero, siente que ha perdido algo que no sabe qué es, no sabría cómo definirlo, hay algo dentro suyo que ya no está (nada lo conmueve, ni los tiroteos). Mira, ve la gente correr, esconderse y escucha los disparos. Piensa en los soldados de Memermo que combaten contra la policía. Su lucha va más allá de proteger al Jefe, su lucha es la reivindicación de los débiles, de los oprimidos, de los excluidos, de los sin futuro contra un sistema repelente, un sistema que los repele como a mugrientos insectos. Eso es lo que los han hecho sentir, unos miserables bichos que molestan y que arruinan el paisaje. Son víctimas a las que han disfrazado de victimarios.
Son soldados sin uniforme. Con andrajos, perros flacos y armas caseras intentan lo imposible, detener al lobo más feroz. Caen muertos pero no rendidos. Caen heridos pero con el último aliento escupen las botas a su verdugo. Los cuerpos se confunden con el fango y la sangre se mezcla con la lluvia. Y él, en el medio. Agarrado con las dos manos de la manija de la puerta del auto, sacudiéndose con cada golpe. Con cada bache, su cabeza da contra el techo, golpea pero no siente nada.
Había imaginado que todo terminaría esa noche. Que cruzaría la ruta y volvería a la ciudad con luz. Recuerda que hasta llegó a sonreír unas horas antes.
Imposible. Ahora ni siquiera puede pensar.
V
Memermo dobla el volante y pisa el acelerador, el 504 sale de Ciudad Oculta. Las calles están pavimentadas y el andar es más suave. Lupus sigue tomado con fuerza a la puerta. Se da cuenta que ya no es necesario. Descomprime. Los brazos acalambrados. Su cuerpo es solo nervios, como esas carnes imposibles de masticar, tenso, un hormigueo incesante, cierra y abre los puños repetidamente. De a poco, vuelve a sentir que la sangre circula.
Maneja sin rumbo. Atento al tránsito, con la mano izquierda tocando la bolsa que tiene entre sus piernas para tener la certeza que está allí. Mira por los espejos, agudiza los oídos, conduce por calles con pocos vehículos. Se aleja de la ciudad. Va hacia el Oeste. El pedemonte le va ganando al valle. No han decidido qué van a hacer. Ni siquiera han hablado. Saben que los buscan y que si los encuentran con el que está en el baúl no tienen salida. Alguno debe pensar en algo. Queda poca nafta en el tanque. Toma una huella y se adentra a la montaña. Anda varios kilómetros hasta donde el auto ya no puede avanzar porque el camino no se lo permite. Se estaciona a un costado. Bajan. Se apaga el ruido del motor, no se habían dado cuenta pero los ensordecía. El olor a la jarilla húmeda por la lluvia que hasta hace poco cayó los invade. Respiran hondo. Caminan. Miran. Nadie los siguió. Están solos en esa postal mendocina, montaña, río seco, plantas que aguantan un infierno sin tomar agua, aves de rapiña y ellos y el que está en el baúl.
Memermo saca de la bolsa merca y con una tarjeta se sirve, toma un saque y otro y otro y otro más, groseramente, sin cuidado, apresurado, ansioso. La nariz y parte de su cara están blancas, parece un mimo pobre y decadente. Le gotea moco líquido. No se limpia. Deja la bolsa sobre el capot. Jesús se acerca y con la misma tarjeta toma un suculento tiro. La mano le tiembla pero es más prolijo. Casi no desperdicia nada. Moja la punta del dedo índice con saliva y la llena de merca, luego, en un gesto casi de reverencia y respeto, la mete en su boca y la pasa por las encías.
Lupus está sentado sobre una piedra. Mira hacia atrás. Esa huella lo lleva de regreso. Pero hacia dónde, se pregunta. Qué puede estar esperándolo si desanda ese camino?. Y si regresa y todo sigue igual y no puede salirse del círculo en el que está metido?. Quiere que el tiempo pase y que todo sea pasado. Eso, que el presente se convierta en pasado. Si vuelve por esa huella todo será futuro, podrá retomar las cosas que le hacían bien y las que dejó para meterse en un mundo que lo atrapó hasta llevarlo ahí. Cree que esa huella es el inicio de su futuro. Las nubes comienzan a abrirse y el sol penetra con rayos suaves. Presagio de buen clima y la idea de un día gris se aleja. Lupus tiene que entornar los ojos, la luz le molesta, se da vuelta para evitar el sol de frente, gira su cabeza y los ojos se clavan en el baúl del Peugeot. Todo el futuro se viene abajo. La imagen del que está en el baúl lo devuelve a la realidad. Comienza a temblar. Intenta tragar saliva pero no puede (no tiene). Por un momento había logrado olvidarse qué estaba haciendo allí. Como si estuviera viendo una película en retroceso, las imágenes de los últimos días le invaden la mente, en forma cruda y amontonadas, sin orden, desfiguradas, allí están, el Pico del Ganso, la novia de Jesús llorando abrazada al que está en el baúl, la villa, la merca, la sangre, policía, disparos, el médico que huye, los perros comiéndose al que está muerto, la imagen de la virgen y Memermo rezando de rodillas…….
Mira detrás del auto, Jesús y Memermo siguen en su voraz consumo. Están duros, hablan sin parar, como si hubieran despertado de repente, los movimientos son torpes, pareciera que no pueden mover un brazo sin mover el resto del cuerpo. Son robots en el medio de la montaña. Pero no tienen fuerza. El terror los domina. Paranoicos, miran buscando la policía que seguramente los encontrará. Cada sonido es una alerta, se miran como desconocidos, desconfían hasta de ellos mismos. Discuten. No se entienden. No se reconocen. Son dos extraños. Jesús comienza a correr por la huella hacia adelante, lo persiguen, está seguro que lo persiguen. Memermo va detrás, con su renguera a cuestas, le grita que vuelva. Lupus los sigue con la mirada. Jesús acelera. Tropieza y cae, el tobillo derecho se dobla como si fuera de goma y cruje. Se levanta y sigue arrastrando su pierna. Vuelve a caer, la cara contra el piso. Sangra. Está descontrolado. El camino cada vez más sinuoso le resulta difícil. Sigue, tropezando, pero sigue. Las sirenas que suenan en la cabeza no lo dejan detenerse, está aturdido, siente que lo acorralan, ve carceleros que, con redes en sus manos como cazadores tendiendo trampas, lo esperan en la puerta de una jaula, para meterlo ahí hasta que se seque por dentro con el viento de la montaña. No puede más, pero tiene que seguir. Memermo detrás. Apurado, corre también. Le grita. Pide que se detenga. Jesús no puede escuchar, tiene los oídos ocupados con las palabras de su novia que una y otra vez le repite: dejame en paz, dejame en paz, me hartaste, no te quiero ver más. Se tapa los oídos para no escucharla. Llega a una roca gigante. Frena. Si la sube va a estar a salvo. Cierra los ojos, como meditando. No tiene más tiempo. Comienza a escalar. Memermo hace lo mismo, le cuesta pero sube, quiere que su amigo vuelva. Jesús, casi gateando, hace cumbre. Se incorpora lentamente, seca la transpiración de la cara con el brazo y mira hacia abajo. Memermo está llegando, torpemente alarga la mano para agarrarse de una piedra y empujarse hacia la cima. Jesús se asusta, cree que es el enemigo y le tira una patada, Memermo lo esquiva. Está a punto de caer hacia atrás. Da un salto y llega hasta arriba. Jesús se le abalanza, no escucha a Memermo que le dice que es su amigo. Forcejean. Se pegan varias trompadas. Jesús es más fuerte y está enloquecido, está fuera de control, lo toma del cuello hasta casi asfixiarlo, Memermo logra zafarse doblándole una muñeca. Intentan golpearse pero los golpes van al aire, están cansados, doloridos, sangran, el tobillo de Jesús arde pero no le impide volver a ir contra el otro, está enceguecido. Memermo lo detiene abrazándolo como hacen los boxeadores, giran sobre si, una vuelta, dos, tres y caen al vacío.
El vuelo es corto, el golpe seco. Las cabezas chocan contra el piso y los dos quedan en el lugar. Inmóviles. Jesús ha dibujado un sonrisa en su boca como si las sirenas por fin se hubieran apagado y la tranquilidad hubiera llegado. (Ahora está contento, muerto). Memermo a su lado.
Ahora más que nunca, dos demonios vacíos.
Lupus ya no mira. Respira profundo y trata de aclarar sus ideas, la corrida de sus amigos duró unos pocos minutos pero parecieron horas. Está sólo con el que está en el baúl.
Se nubla otra vez, está oscureciendo. Tiene que apurarse, no puede anochecer y él en la montaña.
Mira la huella hacia atrás (su futuro) y se dirige al auto, abre el baúl, toma la pala y comienza a cavar.
OCTAVO
ASÍ ES ESTE AMOR
Deme dos jeringas de 5 mililitros – dice mirando fijo al farmacéutico que la atiende detrás del mostrador- y con tono seguro, sin bajar la vista, agrega: con agujas, por favor.
No es la primera vez que la Nena accede a comprar las jeringas para que su novio y algún amigo se piquen. Ellos, por paranoia, por miedo a que descubran para qué van a ser usadas, ni se acercan a la farmacia. Ellos van a comprar la merca a alguna villa, a transar con el dealer. Corren otros riesgos, distintos, en lugares raros para gente normal. En cambio, ella sí va. Quién podría desconfiar de una chica de no más de 24 años, bonita, bien vestida y con buenos modales, que espera su turno, con el número en la mano, pacientemente, distraída mirando los perfumes. Nadie. Su compra seguramente va destinada a una inyección para calmar los dolores de alguna abuela enferma.
A la Nena no le gusta que su novio se pique. Dice que queda inmóvil, sentado en el mismo lugar durante horas, que no habla, que no conecta con ella, que no se la coge, que no acciona. A ella le gusta la acción. Se toma uno, dos, tres, cuatro, mil saques y habla, habla, y habla, toma litros de alcohol, del que sea, whisky, cerveza, vino del peor y sigue hablando. Su novio y el amigo, sentados, con la mente en ninguna parte, la miran y las palabras (millones por segundo) son como reflejos de luces que dispara una bola de espejos y molestan la vista. Habla de su vida, de su padre-madre-hermano, del odio, de la universidad, de libros, películas, política, poesía, teatro. Abarca todo en una misma secuencia. En una misma escena. Fuma cigarrillo tras cigarrillo. Gira nerviosa el encendedor entre los dedos. Quiere salir. Quiere ir a un bar. Si pudiera, iría a varios a la vez. A todos los que existan. Pero los otros no se levantan. Se van a quedar ahí. Pone música a volumen alto. Sigue hablando, ahora casi a los gritos. Su novio y el amigo la miran.
A ella no le gusta que se piquen. Pero, obedientemente, los asiste. Les ata la goma alrededor del brazo, cuidadosa, para apretar justo allí donde las venas comienzan a marcarse. Calienta la merca en una cuchara poniendo el encendedor por debajo y con precaución, llena la jeringa. Introduce la aguja en la punta, la gira media vuelta hasta que traba. Se las entrega como quien entrega una joya costosa. Con cuidado. Delicada. El ritual es en silencio. Es el único momento en el que la Nena no habla. En ese momento nadie habla. La aguja toca la vena, se clava, sube una gota de sangre hasta la jeringa y se mezcla con el líquido blancuzco, se retrotrae para luego tomar envión y entrar al flujo sanguíneo. Menos de un segundo tarda en pegar, como trompada, como un boxeador descontrolado que ha quedado sólo en el medio del ring tirando piñas al aire, pega fuerte. Directo al cerebro. Ella sabe que a partir de allí pierde conexión con los dos. Que por horas no tendrá interlocutores, que monologará, una vez más.
A la farmacia llegan más clientes. Sacan número y observan con promiscua curiosidad qué es lo que está comprando el que está siendo atendido. Ninguno emite sonido para poder escuchar. El farmacéutico gira, media vuelta, se dirige hacia atrás. Abre un cajón y saca dos jeringas con sus agujas. Las mete en una bolsa. Vuelve a girar. Mira a la Nena. Silencio en el lugar. Las miradas y los oídos atentos. El farmacéutico, para que todos puedan escuchar, impostando la voz, imponiendo la autoridad que su guardapolvo irroga, como dirigiendo un interrogatorio a un peligroso criminal ante un auditorio colmado, pregunta: ¿para que necesita las jeringas?
-Para mi abuela, que está enferma – dice ella con el mismo tono de solemnidad y firmeza.
A la Nena no le gusta que su novio se pique.
Así es este amor.
NOVENO
EL DIABLO MÁS FEROZ
Cuánto tiempo más vas a estar hundido así, refugiado en tu soledad? Estás hundido a fondo, a fondo……Estás tomando de más…. Estás tolerando todo…. La mujercita que amás esa suave flor judoka, la va de maga zulú y combina tus venenos, haciéndose la ingeniosa, odiosa siempre fiel….Estás hundido a fondo…. Mientras la vida se va…. Ay! Mientras la vida pasa, sin darte cuenta ahí estás con tu cara de colgado… Tu ángel guardián es de todos el más tonto que hay….
De “La dicha no es una cosa alegre”.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota
La cabeza gacha.
Las manos apoyadas contra la pared de azulejos celestes descoloridos.
Los brazos semiflexionados sostienen el peso de su cuerpo, inclinado hacia adelante. El agua de la ducha cae suave y tibia sobre la nuca rapada. La cortina de plástico que cierra la pequeña bañera le roza apenas el cuerpo.
Una lámpara ilumina el baño con luz tenue.
Los ojos cerrados, apretados con fuerza. Quiere llorar. Algunas lágrimas se confunden con el agua que lo baña.
Es muy tarde ya. El agua adquiere el gusto salado de las lágrimas y entra por su boca.
(¿Cómo bancás este infierno?).
No puede detener su mente en un solo pensamiento. Demasiadas imágenes y hechos se mezclan, se entrecruzan, lo atormentan. No sabe cuándo sucedieron, si es que existieron. Parece una película de dibujos animados en cámara rápida donde los personajes de sus recuerdos pasan a toda velocidad. Y él ahí, bajo la ducha, con los ojos cerrados los mira, como un testigo involuntario.
Aprieta cada vez más fuerte los ojos y ve esa habitación de la casa de Germán donde ha estado miles de veces. La mesa de trabajo, las máquinas, el olor a libro nuevo. Hay mucha gente de pie con vasos en las manos, hablando, un murmullo constante, la música cada vez más fuerte, algunos bailan sin moverse envueltos en humo. Lupus camina entre ellos. No los mira. No lo miran. Se dirige hacia el fondo de la casa. Atraído por algo. Hay algo que lo atrae hacia la habitación de atrás. Qué hay de él en ese lugar, se pregunta.
Recorre el pasillo oscuro hasta llegar a la puerta. Está cerrada. La música ha pasado a ser solo un leve ruido casi imperceptible, como si la oscuridad la hubiera silenciado. La oscuridad tiene el don del silencio, piensa Lupus.
Abre la puerta. Camina dos pasos. Entra. La escena es una foto. Quietos, paralizados, detenidos en el espacio y en el tiempo, la Nena, Germán y Jesús.
La Nena de pie, al costado de una cama grande con las sábanas revueltas. Mira a Jesús que está sentado en la silla del otro costado, con el torso desnudo, la espalda recta apoyada en el respaldo, los brazos a lo largo, uno de cada lado, tensos, firmes. En la mano derecha sostiene un revólver.
Germán, parado, cerca de Jesús, con la vista fija en el arma.
La escena se completa con una mesa de luz sobre la que apoyan cuatro vasos a medio llenar, una lámpara encendida, una bolsa con merca, papel de armar, una caja de fósforos y varias balas sueltas.
Ninguno nota la presencia de Lupus. Lo han escuchado entrar pero no les importa. Siguen quietos, expectantes, atentos, tensos.
Jesús estira la mano libre hasta la mesa de luz y toma una bala. Abre el tambor del revólver. Cierra un ojo y con el que queda abierto se cerciora que esté vacío. Introduce la bala. Cierra el tambor. Lo hace girar con fuerza.
Da mil vueltas, tal vez dos mil en una milésima de segundo. Los otros, con la vista fija, hipnotizados, en esa ruleta sin números que gira en la noche. Con un golpe seco Jesús lo detiene. El ruido los sobresalta. Se miran entre sí.
Lleva el caño a la sien. Aprieta fuerte el revólver contra la cabeza. La mano le tiembla. Los ojos abiertos con fuerza. El dedo índice en el gatillo. Una gota de sudor baja rápida por la frente hasta la mejilla y de ahí al suelo. Lupus la sigue con la vista. Lo minúsculo llenó el espacio.
La mano tiembla cada vez más. La Nena hace el ademán de decir algo, abre la boca, la cierra. No dice nada. No puede o no quiere. Germán dibuja en su rostro una leve sonrisa, está disfrutando. La mano de Jesús tiembla. Desde la habitación de adelante no llega ningún sonido.
Jesús abre más los ojos, casi hasta lo imposible. El revólver en la cabeza. Lupus estático en la entrada de la habitación.
Jesús ahora cierra los ojos. Va a disparar.
La Nena otra vez intenta decir algo. No puede. No se anima. No quiere.
Jesús gatilla.
Se escucha el ruido del tambor vacío.
Jesús abre los ojos. La frente empapada de transpiración. Se levanta. Estira la mano. Le alcanza el revólver a Germán. Es su turno.
El agua de la ducha sigue cayendo sobre su espalda. Comienza a enfriarse pero a Lupus parece no importarle.
Las imágenes desaparecen. Sólo suena en su cabeza una canción que conoce de memoria. No puede dejar de sonar. La repite con la boca cerrada. Suena en su interior y no puede dejar de escucharla: incombustible no sos, ¿cómo bancás ese infierno? Soñás la hoguera donde siempre sos la leña.
Aprieta el puño de su mano derecha y golpea con todas sus fuerzas la pared de azulejos celestes descoloridos.
Una y otra vez.
Las lágrimas caen por su rostro.
Los azulejos se trisan y se tiñen de rojo.
DÉCIMO
LA ASUNCIÒN
Está dormido o finge que duerme.
El camino, un plano inclinado cada vez más pronunciado. Lupus camina sobre arena blanda. Los pies se hunden. Sube con dificultad. Cada paso, un esfuerzo gigante. Cada metro, lo desgasta más y más. Tiene que agacharse y gatear para poder avanzar. Transpira. Un sudor helado recorre la espalda. Siente frío. Los brazos entumecidos le cuelgan sin poder moverlos. Llega a la cima. Frena. Observa. Respira. Profundo. Ni casas, ni autos, ni gente, ni vegetación. Solo la calle de tierra desierta y un viento gélido en pleno verano que lo empuja hacia atrás. Y la pendiente. Igual de pronunciada que la subida. Toma aire. Los pulmones se llenan. Se impulsa. Comienza a descender. Las piernas caminan más rápido que su mente. Se tropieza. Cae. Despacio se incorpora. La calle es de tierra. Arena. Las casas bajas, de adobe. Un perfume conocido. A campo. Jarilla. Lo reconforta. Es de noche y no hay iluminación artificial, la luna y las estrellas aclaran el camino. Solo una calle, ancha, que termina en una casa más grande que las otras con una cruz en el techo. Una iglesia. Nada más. Solo el desierto. El pueblo más chico jamás visto. Sin plaza. Sin nada. Mira hacia atrás buscando alguna señal que lo ubique, que le diga dónde está. Un cartel, roto, desvencijado, yace en el lugar hace millones de años: Gracias por visitar La Asunción, Lavalle.
Camina hacia la iglesia. El silencio se escucha. Es tan fuerte el sonido de la soledad que le molesta. Siente un zumbido en los oídos. Llega. La puerta principal, desgastada por el paso del tiempo, está cerrada. Sobre ella, un cartel escrito con lápiz: si quiere entrar, pida la llave en la casa de don Sosa Azaguate.
Ahora mira desde la iglesia hacia el otro final de la calle. Las casas están a oscuras. Deshabitadas. Está solo. Dice algunas palabras en voz alta para escucharse, para escuchar algo, algún sonido. Pero es estéril, de su boca solo sale vapor que se funde con el aire helado del desierto. No salen palabras.
Suenan las campanas. De repente. Se sobresalta. Todo sigue oscuro. Mira hacia arriba, la cruz iluminada por la luna y el campanario detrás. Nadie. No hay nadie. Una, dos, tres…. Doce campanadas. Retumban. Lo ensordecen. Lo llenan.
Se tapa los oídos con ambas manos. Se arrodilla. Grita. Piensa que tiene que reaccionar. Reacciona. Se levanta. Mira. Siente un susurro. Como si miles de personas hablaran a la vez. Pero en voz muy baja. Casi a escondidas. Todos repitiendo lo mismo. Rezando al unísono. Cierra los ojos para intentar escuchar mejor, vuelve a abrirlos. Mira. Una procesión. Miles de personas caminan hacia la iglesia. Con velas en sus manos, la cabeza gacha, rezan. Al frente, dos niños, vestidos de impecable blanco, llevan una cruz. Les pesa. Crucificado, Lupus. Invertido, desnudo, con los pies hacia el cielo. Sangra y con su sangre macha el traje blanco de los niños y el suelo de tierra. Una madre llora detrás. Los peregrinos con sus cirios iluminan el desierto. Los animales se esconden en sus cuevas. El fuerte viento del norte apaga las velas. Todo es oscuridad. La sangre de Lupus toma brillo. El color rojo fluorescente marca el camino y es lo único que se puede ver en un fondo negro. Líneas rojas serpentean la negrura de la noche. Los niños plantan la cruz en el suelo. Los pies hacia arriba, los brazos abiertos. La sangre gotea. La gente tira las velas al piso y desaparece. En el medio de la calle, en soledad, la cruz clavada en el suelo. Lupus roto, sangrando con los pies apuntando a las estrellas. Lo niños con los vestidos blancos manchados de rojo corren hasta desaparecer.
Lupus mira la iglesia. La puerta está abierta. Adentro una tenue luz ilumina el atrio. Detrás, ataviado en una sotana negra, un payaso descolorido bebe de una copa de plata. Bebe la sangre de Lupus.
Lupus camina-corre hacia la cruz. Llega. No hay nadie más. Todos se han ido. Se han escondido. El crucificado está con la cabeza hacia abajo. La cruz clavada en el piso. Solo una madre, con un niño muerto hace años en sus brazos, sigue llorando a su lado.
Lupus se detiene unos segundos. Mira a la madre que llora y al crucificado que sangra. Ambos se miran entre sí. Como si nadie más existiera.
Ninguno le devuelve la mirada. Sigue.
Camina.
Recorre todo el pueblo (es solo una calle, empieza en la ruta y termina en la iglesia).
Llega a la ruta. Pasa por debajo del arco de entrada que dice: ASUNCIÒN.
Sale.
Entra al desierto.
Camina por la ruta.
Ama el desierto.
Pero rechaza lo que ama.
DÈCIMO PRIMERO
EL MONTAJE FINAL
I
Desde que dejó los cuerpos en posición de escena criminal, el 504 de Memermo ardiendo en llamas, al que ahora está enterrado y la bolsa de merca y faso entregada a la Pachamama, han pasado varios kilómetros.
Camina por el costado de la ruta hacia la Ciudad.
En dirección contraria, los autos de la policía, con las sirenas chillando, apuran el paso, para llegar antes que las aves carroñeras hagan su trabajo. Lupus no se preocupa. Siente que todo lo que lo rodea no lo comprende, no tiene nada que ver con él. Sólo es un actor de reparto en una película de bajo presupuesto donde no hay ningún héroe. Son todos villanos buscando el premio al más prontuariado. Compiten por la derrota. Es una carrera hacia atrás.
Él va hacia adelante.
Ha recorrido ese camino miles de veces. Pero es la primera vez que lo hace caminando. Con los pies en el suelo, las montañas toman su real dimensión y las distancias se alargan hasta el infinito. No le importa. Camina a buen ritmo como quien sabe con certeza cuál es su destino. Y Lupus lo sabe. Sabe hacia dónde se dirige. Fija la mirada delante y no se frena. Apenas reduce la velocidad de su caminar cuando va llegando a los primeros lugares poblados y algún vehículo o persona se interpone en su camino. No hace ningún gesto, no interactúa con nadie, solo camina hacia adelante.
Cae la noche.
II
El futuro llegó. Piensa en la huella, la que lo lleva al pasado, a esos recuerdos insensatos. No quiere darse vuelta. Pero algo lo llama. Siente una atracción. Mira hacia atrás. Ve el humo del auto, que se eleva hasta el cielo formando horribles siluetas siniestras. Descienden a la tierra y ahí están otra vez, los fantasmas que lo persiguen, sin rostro, altos y transparentes. Se le acercan rápido. Levitan tras de sí. Cierra los ojos y se dice que no puede ceder, tiene que abandonar esos pensamientos. Pero los fantasmas están ahí, otra vez. A su alrededor. Se le acerca uno, por detrás, toma a Lupus del hombro y lo gira, no puede hacer otra cosa que detener la marcha y mirarlo, ahora tiene rostro, es el del que está enterrado, los ojos vacíos. La imagen de los perros comiéndoselo viene de inmediato. Baja la vista y mira el cuerpo, la piel translúcida deja ver los huesos rotos, despedazados, tintinean cuando se mueve. Se zafa de un tirón. En el suelo, otro de los seres con la cabellera de Memermo se arrastra cojeando, intentando llegar a Lupus. Este duda, es su amigo, al final se decide y le da una patada. El golpe lo atraviesa. Pelea contra el aire. Esa batalla nunca la ganará. El aire es más poderoso. Todavía le queda algo de cordura. Tiene que salir de allí. Es sólo un mal momento. Comienza a correr.
Corre.
III
Corre cada vez más rápido.
No da más. Está cansado. Agotado. Cree que se desintegra. No siente los músculos, los brazos le cuelgan, flácidos, no los puede levantar. Flexiona las rodillas y baja la cabeza. Apoya las manos en el suelo. Cree que va a vomitar. Pero no tiene nada en el estómago. No recuerda cuando fue la última vez que comió. Vomita un líquido de color indescriptible. Levanta la vista y mira: una plaza. Está en el medio de una rueda. Una rueda de personas que hace girar un porro que va de mano en mano. Le toca a él. Lo agarra, es grueso, un troncho. Se lo lleva a la boca, aspira profundo. Guarda el humo. Rico, intenso y dulce. Sin semillas. Paraguayo. Lo larga de a poco. Mecánicamente estira la mano y se lo pasa al de al lado. La rueda gira. Todos vestidos de azul y blanco. Risas y más risas. Alrededor suenan redoblantes y se agitan banderas, la hinchada se prepara para alentar. El ascenso al Nacional B está cerca. La plaza es una fiesta. Pero él no puede quedarse mucho tiempo. Tiene que seguir su camino. Tiene un objetivo que cumplir. Una misión que alcanzar.
Camina. (Como un ciego en la bodega).
Atrás se escuchan las canciones. La banda comienza su peregrinaje hasta el estadio. Es una procesión de cinco cuadras al ritmo de los bombos. La liturgia más hermosa. (Como un ciego en la bodega). Alguien le alcanza una caja de vino. Bebe un trago largo. Pasa por la garganta que agradece algo de líquido.
Se separa de la gente, toma otro camino. Camina. Recorre calles. Los ecos de la barra se apagan.
IV
Las luces de un cartel le llaman la atención. Una farmacia abierta. Pasa caminando por delante. No puede dejar de mirar hacia dentro. Está la Nena, la novia de Jesús. Se miran. Una milésima de segundo se miran. Quiere detenerse pero no puede. Mantienen la mirada. Hay algo familiar. Ella se da vuelta y ya no lo mira, habla con el farmacéutico. Él sigue.
Camina.
V
Va por la calle oscura, sin detenerse.
Lupus no mira atrás. No se detiene. Acelera la marcha. Lleva buen ritmo. Se dirige a su destino. El futuro llegó, está ahí. Conoce los lugares por donde camina. Siente la necesidad volver sobre sus pasos. De sentirse parte de algo. De no sentir más este frío que le congela la espalda en el mes más caluroso del año.
Piensa que hace mucho tiempo (no sabe cuánto) cambió su futuro por un instante tras otro. Se detiene de repente. Frena su marcha y su mente también se detiene en ese pensamiento. Su vida ha sido eso, una sucesión de instantáneas, mal sincronizadas y en blanco y negro. Mira y solo ve fotos veladas, retratos rotos en los que los protagonistas han sido deliberadamente arrancados (este film velado, en blanca noche). Es él mismo el que ha cortado con violencia cada lazo que lo unía a algo-alguien. Sus relaciones son relatos sin final. No terminan de empezar que se destruyen. Y choca contra la pared cada vez que intenta salir del laberinto en el que está metido. Una mano invisible lo guía por las puertas equivocadas, las que son de utilería, en las que golpea su cabeza cada vez que intenta abrirlas.
El espiral no tiene fin.
VI
Sigue. Los ojos ciegos bien abiertos. Una fuerza extraña lo domina. Si quisiera cambiar el rumbo no podría. (Sabe a dónde va). Las piernas se mueven solas. Han tomado un envión impensado. Dos, tres, cuatro cuadras sin siquiera detenerse en las esquinas. Conoce los lugares por los que anda pero no los mira. No le importa que el semáforo esté en rojo, lo mismo cruza. (Quiero cruzar con la barrera). Nada lo detiene.
Llega a un bar. Le resulta conocido. Ha estado ahí muchas veces. Entra. La música fuerte llega desde abajo. Hay mucha gente. Todos lo saludan. Lo reconocen. Lo llaman por su nombre. Él no responde. Sigue caminando. Al pasar, golpea con el hombro con algunos, le piden disculpas. No contesta. El dueño sale de atrás de la barra y se acerca para abrazarlo. Se para al frente. Lo detiene y lo abraza. Lupus no reacciona. Los brazos al costado del cuerpo. La mirada perdida. Retoma su marcha. Baja la escalera. La música lo empuja hacia atrás. Llega. El lugar está colmado. Pogo. La banda suena en el escenario. Lupus intenta llegar. Como en su sueño, intenta llegar al escenario. Allí está Ricky con el bajo colgado. Es un zombi. No puede acercarse. La gente se lo impide. Lo mismo, como en un gesto instintivo, se introduce en la masa. La horda de gente lo lleva a una punta y a la otra. Se deja llevar. Levita. Al fin lo depositan frente al escenario. Ricky desde arriba lo mira. Deja de tocar. La banda sigue. El bajo ya no se escucha. A nadie le importa. Son segundos donde los dos han creado una conexión íntima. Un canal que los involucra a ellos solamente. El resto no se da cuenta. Todo sigue igual.
Lupus baja la mirada y se da vuelta. Retoma su camino. Ricky toma su instrumento por el mástil y se acopla a la banda. Lupus se introduce en el público y a los golpes llega a la escalera. Sube. El aire más fresco entra en sus pulmones. Alguien lo toma del brazo y lo lleva al baño que está apenas termina los escalones. Los dos en el baño. El otro saca de su bolsillo un papel. Con una tarjeta levanta el polvo blanco y se lo pone en la nariz a Lupus. Aspira profundo. Amargo. (Un gran remedio para un gran mal). Sale del baño. Choca con algunos en el camino.
Sale. Llega a la vereda.
VII
Hay varias personas. Un grupo sentado habla casi a los gritos, todos a la vez intentan hacer escuchar su relato. Ninguno escucha. Ninguno recordará mañana lo que escuchó. Tampoco recordará lo que dijo. Otros, de pie, en círculo, pasan el faso de mano en mano. Lo fuman rápido. Intentan terminar lo antes posible con la evidencia y así poder disfrutar el cuelgue. Lupus se detiene entre los dos grupos. No ha levantado la vista. Lo hace. Gira su cabeza y mira a un lado y luego al otro con los ojos rojos y muy abiertos. Fija su vista en los que hablan. Se callan. Silencio. Miran a Lupus con desconfianza, no lo conocen. Lupus los mira fijo. Desafiante. Los del círculo detienen la marcha giratoria y miran. Un auto pasa, frena unos segundos y sigue. No se escucha nada, solo un leve sonido que llega desde abajo, desde la cueva donde la banda toca. El viento ya no sopla. La escena es una fotografía, como si el tiempo se hubiese detenido. El clima, tenso. Los que hablaban y ahora están callados, se levantan. Son cuatro. Remeras negras y botas. Pelo largo y jeans rotos. Aprietan los dientes y los puños. Están parados frente a Lupus que no baja la vista. Lo increpan: qué mirás, la puta que te parió?. Lupus no contesta. Uno de ellos avanza y queda cara a cara. A un centímetro de distancia. Qué mirás? Y empuja a Lupus que recibe el golpe, trastabilla y vuelve a enderezarse. Otra vez de pie, firme con la mirada perdida en su oponente. Los otros lo han rodeado. La actitud desafiante de Lupus los encoleriza aún más. Desde atrás lo empujan, cae sobre el que está por delante que lo devuelve con un golpe. Lupus no siente nada. Le pagan duro. Cierra los ojos.
Los fantasmas que lo persiguen están ahí para salvarlo. Lo alzan y mecen. Lo sacan del medio y lo llevan hasta la esquina. Lo depositan en el jardín de una casa. Sentado en el pasto, apenas húmedo, mira alrededor: cuatro árboles, de cada uno de ellos, de sus ramas más altas, atados de los tobillos, con la cabeza hacia abajo, a punto de explotarles, en absoluto silencio, cuelgan los que hablaban sin parar en la puerta del bar.
(Cosas de hechicería desafortunada).
VIII
Se incorpora. Debe seguir su camino. Comienza a caminar. Bordea el canal. El agua ya no es una amenaza. Solo escucha el ruido, cada vez más lejos. Anda tranquilo pero sus pasos son firmes. Es de noche tarde. El futuro llegó y él está ahí, en el presente del futuro. Sabe que aquí y ahora empieza de nuevo. Siente que la intensidad de los últimos días-semanas-meses le ha quitado algo que jamás recuperará. Hay un vacío, le falta algo, no puede describir qué es, pero él ya no es el mismo. Dejó de serlo, no porque así lo haya querido, sino porque ese algo le fue arrebatado. Ya no puede mirar con los mismos ojos, su mirada ya no dice lo que antes decía. Sus ojos están vacíos.
Va en busca de su dirección. Camina con rumbo. La mente clara. El objetivo está cerca. Acelera el paso. Llega a la ruta que separa la Ciudad en dos, la que divide entre luz y oscuridad.
Cruza hacia el otro lado.
Entra a la Ciudad Oculta. Está amaneciendo. Los primeros rayos del sol pegan fuerte sobre los techos de latas que parecen sufrir el calor y crujen de dolor. No hay nadie por las calles de tierra. Todos están guardados.
Camina hasta el final de la villa. Sube la pequeña loma. Llega a la casa de Memermo. Los tres perros fieles están ahí, echados en el suelo, firmes en la entrada. Soldados sin amo. Los saluda con un gesto. Mueven la cola, lo reconocen. Siguen echados.
Hay un reino sin rey.
Hay un reino que recuperar, piensa.
Abre la puerta y entra a la casa.
FIN
PUBLICO RESPETABLE
Muchas veces, durante gran parte de mi vida, me he preguntado he imaginado, cómo un escritor escribe, es decir, cuales circunstancias lo rodean (o qué circunstancias deben rodearlo) y cómo se debe comportar en el momento de la escritura, de la creación. Es decir, cómo es (o debe ser) un escritor. Y siempre mi mente vuelve a una misma figura, la de Jack Torrance. Es tan fuerte su imagen abandonando su trabajo de profesor y la ciudad para confinarse junto a su familia en un hotel absolutamente desolado (aunque en realidad no estaba tan vacío…..) en el medio de la montaña, inaccesible durante todo el invierno por las fuertes nevadas, habiendo dejado de beber, para poder por fin, concentrase, sentado en el medio de una habitación enorme, amoblada solamente con una silla y un escritorio, frente a la máquina de escribir y pasar horas y horas mirando la hoja en blanco sin que ninguna palabra lo convenza para que por fin el momento del gran éxtasis de la inspiración llegue y la historia comience a tomar forma. Ese deseado momento no llega, el basurero va subiendo en altura lleno de papeles apenas manchados, vacíos, y la cabeza del profesor Torrance se colma de voces perturbadoras. El final es conocido.
Por suerte mi experiencia como escritor no terminó como Jack. Tampoco empezó como él. Las historias que integran este libro suceden y giran en mi mente desde hace veinte años, desde siempre he querido escribirlas, contarlas, darle forma a esa vorágine. Pensé que iba a necesitar largos momentos de introspección, lugares desolados para lograr que la inspiración nazca, retirarme a mi hotel Overlook. Pero no. Las historias tenían tanta fuerza que ejercieron un poder sobre mí, tanto que escribirlas resultó catártico, liberatorio. Una cura.
Y también ellas solas pusieron la banda de sonido. Se musicalizaron. Son parte de una época donde Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue la ventana para una generación que, ante tanta desilusión, encontraba en cada letra de sus canciones, la fuerza para salir, para seguir, para rebelarse y sobre todo para aguantar la opresión de un Estado que se achicaba agrandando las necesidades de la gente y dejando de lado a los jóvenes que naufragábamos en un sistema repelente. Y fueron los Redondos los que nos dieron una bandera, una religión. Y lo hicieron sin aprovecharse de nuestra debilidad, no nos golpearon bajo, no nos victimizaron, nos respetaron. Nos protegieron, pero no como se protege a un idiota, sino haciéndonos cargo de nuestra identidad. (…. Este asunto está ahora y para siempre en tus manos, nene. Por primera vez vas a robar algo más que puta guita.).
Por eso hay inexorables referencias a los Redonditos, desde el título principal, Lupus, y en cada texto de cada capítulo. Escribir sobre esos años noventa, sin referirlos, sería llenar un basurero de papeles en blanco. No podría hacerlo. No podría dejarlos fuera.
Fueron años oscuros y los Redondos pusieron el día en nuestros corazones.
Así como estas historias tuvieron desde el principio su propia música también se fueron ilustrando, pero no solas, sino que fue “El Gran Ilustrador” Semilla Bucciarelli el que se encargó de hacerlo. Mi agradecimiento no tiene límites, será eterno. Semilla, gracias otra vez.
Hay otros agradecimientos, igual de eternos, para tres personas que participaron de este proyecto, de onda, haciendo lo que saben hacer, con mucha alma. Gustavo Valdez, sacó las fotos e hizo el diseño. Genio.
Gustavo Tarantuviez